Mis amados hermanos y hermanas, ¡Alabemos
y glorifiquemos a nuestro Buen Padre Dios, porque nos ha enviado
a su Hijo envuelto en carne de pecado!
El Misterio de la Encarnación es una maravilla, nos extasía,
mis hermanos, en cierta forma se puede afirmar, que constituye el
momento cumbre de la historia de la Salvación. Esto es de la historia
que Dios ha venido preparando en relación con nosotros los hombres.
La historia del proceso de acercamiento de Dios al hombre. Es increíble
ir constatando en la Sagrada Escritura como se va dando este encuentro.
Historia que comienza con la elección por parte de Dios del pueblo
de Israel, y que continúa con el constante envío de profetas que
anunciaron la Palabra de Dios al pueblo. Que se cimentó sobre la
Alianza por la que Dios manifestaba su iniciativa amorosa con respecto
a todos los hombres. Iniciativa de la que Israel tenía que hacer
para todos los hombres de la tierra signo, sacramento. Por fin,
mis amados hermanos, Dios se hace hombre y desde el momento en que
esto sucede nosotros creyentes en Cristo Jesús, nosotros cristianos
no tenemos otro quehacer de mayor importancia que el de acercarnos
a ese Hombre-Dios para que todo se constituya, diríamos, en camino,
Él mismo, en camino, verdad y vida. Por medio del Señor Jesús, mis
amados hermanos, cada uno de nosotros puede constantemente reproducir
en su propia vida la maravilla de la Encarnación del Señor, porque
en ella se nos muestra increíblemente, mis amados hermanos, si a
uno no le es permitido hablar así, pues, el mecanismo de la unión
de Dios con el hombre, pero esto es realmente. El Señor Jesús para
nosotros es el verdadero ángel del Señor, que desea que la vida
de Dios se convierta en vida humana.
Mis amados hermanos, podemos afirmar que este misterio de la
Encarnación, es el sí de Dios al hombre. Dios ama al hombre desde
que lo crea a su imagen y semejanza. Dios ama al hombre desde siempre
y no lo abandona en sus errores y miserias, no. Dios ama al hombre
como amigo; ama al hombre como padre. Pero siempre, mis hermanos,
que increíble es esto, nos respeta, siempre. Hay a lo largo de los
siglos derroches de bendiciones y de gracias. En Jesucristo Dios
no sólo habla al hombre. Sino que en Jesucristo Dios busca al hombre
es una búsqueda que nace en lo íntimo de Dios y tiene su punto culminante
precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo.
Meditábamos, el domingo pasado: tanto, tanto amó Dios al
hombre; tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo para que se
hiciera hombre. Un misterio de amor, es más que un amor especial
porque se unirá con el hombre no de manera accidental, no de manera
pasajera, sino con unión substancial. Dios asumido la condición
humana, diríamos toda la dramática realidad humana, toda la historia
humana, toda la causa humana. Dios ha hecho una opción definitiva
por el hombre al humarse, al encarnarse. Y, miren, mis amados hermanos,
hay aquí toda una serie de consecuencias, pensemos, reflexionemos
lo que supone de abajamiento, de limitación para Dios, lo que supone
de la elevación y de dignificación para la creatura humana. Pablo
dirá: se anonadó, se abajó, se metió en nuestra humanidad, pero
para levantarnos a nosotros los hombres. Bastaría contemplar,
mis hermanos, esta bella estampa del Evangelio de san Lucas que
ha sido proclamada hoy: Dios convertido en embrión humano.
Pocas veces pensamos en esto Dios convertido, mis hermanos, en un
embrión humano imperceptible, milimétrico, vulnerable. Mil quinientos
años después vendrá la Señora del Cielo embarazada, aquí está. Trayendo
en sus benditas entrañas al Nahui ollin, al Ometeotl, al arraigadísimo,
al Dios por quien se vive. Ahí está el Verbo Eterno, en el vientre
virginal de María convertido en un embrión humano imperceptible,
vulnerable, milimétrico. Y la Santísima Virgen María convertida
en templo de Dios, empapada de Dios, diríamos divinizada.
Alcanza de algún modo, mis amados hermanos, los límites de
la divinidad o sea Dios hecho Hijo de una joven desconocida. Y Nazaret,
ni aparecía en los mapas, ¡qué increíble! Esto se realiza en un
pueblo desconocido, no en la gran Babilonia, no en la intelectual
Atenas, ni siquiera en el Santo Templo de Jerusalén, sino en un
pueblecillo de por allá olvidado: Nazaret. Va el ángel a Nazaret
con esta joven desconocida, y que increíble María hecha Madre de
Dios.
El Misterio de la Encarnación está envuelto, mis amados hermanos
en sencillez, en humildad, en anonimato, en pobreza, en respeto,
sobretodo en respecto hacia el hombre. Contemplemos esta bella estampa
del Evangelio de hoy: ¿cómo viene Dios? no viene apabullando, imponiéndose,
exigiendo, no. Se despoja de su gloria, se despoja de su grandeza,
de su poder y riqueza, incluso de su sabiduría. De lo que no se
despoja es de su misericordia, es de su amor misterioso, es de su
amor entregado.
Pero, también, mis amados hermanos, la Encarnación es el sí
de la creatura humana a Dios. Con el sí de María el hombre se eleva
a la condición divina, es una opción afirmativa que nace de un gran
amor y que supone una entrega total, que supone una entrega confiada.
La
Santísima Virgen María, la anahuim, la pobre Yahvé va a concentrar la respuesta de la raza
humana al proyecto de Dios. Dios necesita de Ella, para iniciar
esta historia, Dios necesita de su voluntad, de su cuerpo, de su
mente, de su vientre, de su corazón, de sus entrañas. María, mis
amados hermanos, tiene en su mano la posibilidad de aceptar la colaboración
pedida o tiene en sus manos también el rechazarla, claro es creatura.
Sin embargo, María responde: he aquí la esclava del Señor,
con una fe absoluta, con una fe total, con una fe generosa. María
dijo: sí, no es necesario pensar que fuera conciente de todo lo
que se le pedía y de todo lo que su aceptación significaba. Imposible
que captará todo el misterio, imposible. En los evangelios mismos
lo dice que María poco a poco iba captando, iba saboreando, iba
gustando, iba guardando estas cosas en su corazón. No entendía,
mis hermanos, siquiera lo que decían los pastores, como nos pasa
a nosotros cuando iniciamos una vocación, cuando se nos encomienda
una tarea, pero María dio el primer paso afirmativo, el primer sí
a la voluntad de Dios. Era el principio de toda una cadena de aceptaciones,
de toda una cadena de entregas hasta llegar a la entrega nuestra,
cada vez que el hombre dice: sí a Dios, Dios se humana. Dios se
encarna, Dios se hace uno de nosotros. Pero este sí nuestro debe
ser a la medida de la Santísima Virgen María a ejemplo de esta bendita
Señora. Miren, la respuesta afirmativa de María la eleva a la máxima
dignidad, se convierte en aliada de Dios, se convierte en Madre
de Dios. La persona humana alcanza de algún modo, como María, los
límites de la divinidad, diríamos sin temor a equivocarnos, nos
divinizamos.
Amados hermanos, miren, María no lo consigue con su esfuerzo,
sino con su fe, su fe absoluta, su fe total, su fe generosa, con
su acogida de la Palabra, con su apertura al misterio y al don,
diríamos: María se deja divinizar. Lo decíamos el domingo pasado:
el amor consiste no que amemos nosotros a Dios, sino en dejarnos
amar por Él. Miren, no la afecta a Ella sólo individualmente,
la afecta, también, en cuanto creatura humana. Y todo lo que sucede
en la Santísima Virgen María ese llamado a suceder en cada uno de
nosotros, esto es una gran consecuencia y con esto quiero terminar.
Todo lo que sucede en María está llamado a suceder en la Iglesia
y en cada creyente. Ella es anticipo, Ella es modelo, pero todos
podemos ser Madre de Dios. Y esta es nuestra misión aquí en la Basílica
para nosotros sacerdotes, canónigos y capellanes, ser Madre de Dios
para el peregrino, por eso nuestra pastoral lleva ese tinte materno.
Nuestra pastoral siempre tiene que ir marcada y sellada con la bondad,
con la alegría, con la sencillez, con la ternura, todos podemos
participar de la naturaleza divina. Cuando dice sí la persona humana
se entronca con Dios. Por un sí el Hijo de Dios se humanó, se humaniza,
lo hemos escuchado en la segunda Carta a los Hebreos: he aquí
que vengo Dios para hacer tu voluntad. Por un sí la Virgen,
la creatura humana, alcanza a Dios.
Amados hermanos, esa afirmación, ese sí arranca de un amor
muy grande y significa una entrega total, nace de alguien que se
ha despojado en sí mismo y pone toda su voluntad en otro, y es lo
que estamos haciendo en la Cuaresma, vaciarnos de nosotros mismos
para que Dios nos llene. Porque en eso consiste la auténtica conversión:
vaciarme de mí para que me llene Dios. Dar testimonio de Él que
es bueno y es santo, no de mi santidad, no de mi bondad, no, sino
de Él que es bueno, de Él que es santo. Tengo que creer menos en
mí para creerle más a Él y creerles más a mis hermanos. Tengo que
despojarme más de mí para estar más al servicio de mis hermanos.
Amados hermanos, es una respuesta incondicional enteramente
confiada la que se nos pide a diario. El “sí” de María debe alentarnos
e impulsarnos. El “sí” de María es una decisión llena de matices,
un fruto de vida muy bello, muy intenso, supone fe y confianza.
No entiende el misterio, pero se acepta. No se mide en los resultados,
pero pone su vida. Hermanos, y así lo hace María pone su vida en
otras manos, en las manos de Dios mismo. Miren, esto supone docilidad
creciente. Un “sí” que se irá renovando día a día, supone generosidad,
supone entrega, no se sabe lo que se va a exigir, pero la voluntad
ya está entregada
Al conjunto de todas estas actitudes, mis amados hermanos,
podemos llamarle con una sola AMOR. Que la Dulce Señora del Cielo
nos aliente, nos anime, nos impulse, nos promueva para saber decir,
también, nosotros siempre “sí” de esa manera Dios se encarna en
nuestras vidas y lo encarnemos en nuestro mundo y en nuestra realidad.
Que así sea.