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Homilía
pronunciada por
Mons. Georges M. Saab Abi Younes, Obispo de la Diócesis Maronita de México, en la V Peregrinación de la Comunidad Maronita Libanesa Eparquía de Nuestra Señora de los Mártires de Líbano, a la Basílica de Guadalupe.

6 de octubre de 2007

Libro del Eclesiástico (Sirácide): 24,23-31.
Carta de san Pablo a los gálatas: 4,4-7.
Evangelio según san Lucas: 1,39-48.

Amados Hermanos y Hermanas en Cristo Jesús,

Queridos hijos e hijas de la Comunidad Maronita Libanesa de México:

Peregrinos de la Eparquía de N. S. de los Mártires de Líbano que este día llegan felices para tener un momento de intimidad con la Madre de Dios: SANTA MARÍA DE GUADALUPE, quien gracias a Jesucristo, Salvador, es también, Madre nuestra.

¡Presten Atención! Pues, se trata, no solo, de una costumbre que cada, año nos obligamos a realizar; se trata, más bien, de un acto de amor, para dar gracias a Nuestra Madre de Guadalupe; primero, por haber sido acogidos como hijos e hijas de esta hermosa tierra mexicana; y segundo, porque en la advocación de Santa María de Guadalupe encontramos a la Madre, que ha acompañado a nuestro Pueblo Católico de Líbano, durante largos siglos, de sufrimiento y tribulación, pero también, de entereza y esperanza.

Por estas razones y por otras que cada miembro de nuestra Iglesia Ritual Maronita guarda en su corazón; esta Santa Misa debe ser una acción de gracias a Dios desde el fondo de nuestra alma, porque es gracias a Santa María de Guadalupe, que hemos conservado como inmigrantes, el mayor tesoro que nos legaron nuestros ancestros, padres y abuelos: nuestra fe en Jesucristo y nuestra pertenencia a su Santa Iglesia.

Así nuestra reflexión de hoy, basada en las lecturas y el Evangelio que acabamos de escuchar, debe convertirse en un compromiso de vida, por medio del cual, nuestra Comunidad Maronita Libanesa sea ejemplo y testimonio de las virtudes y valores de tantos santos, confesores, mártires, patriarcas, religiosos, sacerdotes y laicos que, a lo largo, de los siglos se pusieron bajo el amparo de Santa María Virgen, para dar gloria a Dios y a Jesucristo, su Divino Hijo: Verdadero Dios y Verdadero Hombre, quien con su vida, muerte y Resurrección dio nueva vida y salvación eterna al género humano.

Hermanos y Hermanas, hijos e hijas de la Iglesia Maronita de México, la Santísima Virgen de Guadalupe sigue hablándonos hoy desde su trono, en esta Insigne Basílica dedicada a Ella, y no cesa de decirnos:

"Yo soy la Madre del Amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. . . . Vengan a mí los que me aman y aliméntense de mis frutos. . . los que me escuchen, no tendrán de que avergonzarse y los que se dejen guiar por mí no pecarán"

En efecto, queridos hijos e hijas estas palabras tomadas del libro del Eclesiástico, y que se refieren a la sabiduría de Dios, convienen admirablemente, a María, cuya humildad y sabiduría se ponen de manifiesto en el pasaje del Evangelio que hoy hemos escuchado, cuando María se apresura a comunicar la gracia de Dios a Isabel; y no se piense que hablamos, únicamente, de la gracia espiritual, muy importante en sí misma, María se apresura con Jesús en su purísimo seno a asistir a Isabel, madre de Juan el Bautista; quien la recibe llena de gozo en el Espíritu Santo.

La oración de María en este episodio, debe ser nuestra oración, puesto que Ella, "Madre del Amor" es la medianera de todas las gracias, que copiosamente Jesucristo ha derramado en todos nosotros.

Y así como la Virgen Santa, un día hace 2000 años, fue la "Causa de nuestra alegría"; el Cedro de Líbano que nos cubrió con su sombra al pie de la Cruz. Así, en esta tierra mexicana, María es la primera y principal evangelizadora, la discípula perfecta que ha acompañado, no solo a México, sino a todos los pueblos de América, al conocimiento y adoración del "Verdadero Dios por quien se vive".

Ha sido Ella, la que nos ha mostrado con verdadero amor de Madre al "Fruto Bendito de su vientre": Jesucristo, el Señor, por quien podemos llamar a Dios, Abbá Padre, de tal manera, que ya no somos siervos sino hijos e hijas de Dios y herederos de su Reino de Amor.
Hermanos y hermanas, la única manera de agradecer a Santa María de Guadalupe todos sus favores y gracias es imitando sus virtudes: fe absoluta, humildad, silencio, oración constante, amor sin límites a Jesús y sobre todo, cumplimiento fiel y perseverante de su Palabra.

No nos confundamos, sí decimos que amamos a María, debemos adorar a Jesús y ser sus testigos con el ejemplo de nuestra vida, allí en el lugar donde Dios nos ha puesto, como verdaderos discípulos y apóstoles a ejemplo de Santa María de Guadalupe, la discípula perfecta de Jesús. "Santa María de Guadalupe ruega por las naciones Mexicana y Libanesa y conserva nuestra fe"

Que así sea.

 
 
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