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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Jorge Antonio Palencia Ramírez de Arellano, en la peregrinación del Club de Motociclistas los Dragones, en la Basílica de Guadalupe.

25 de febrero de 2007

Hermanos y hermanas, el miércoles pasado, el miércoles de ceniza, hemos comenzado nuestra santa Cuaresma, cuarenta días de preparación hacia la Pascua, y hoy, primer domingo de la Cuaresma, tenemos la alegría de recibir a nuestros hermanos del Club de Motociclistas los Dragones, en su peregrinación anual.

La palabra de Dios hoy, creo que es muy clara y nos recuerda exactamente qué hacer cuando el mal se presenta delante de nosotros, en este caso vemos en el santo Evangelio como el demonio, Satanás, se presenta delante de Jesús.

Quizás en la actualidad, hermanos, una de las cosas que nuestra cultura ha desfigurado más es al maligno, al diablo, a Satanás.  El Cine, la Televisión, lo presentan de una manera tan espantosa, tan horrible, al grado que sale uno despavorido. Pero sabemos muy bien, hermanos, que Satanás no busca espantarnos sino al contrario seducirnos, a través de esas tentaciones el maligno va atrayéndonos hacia él y apartándonos de Dios.

Quien de los aquí presentes no ha sentido esa presencia y no necesariamente nos hemos espantado como si estuviéramos viendo una película, sino al contrario, que hemos entrado en el juego de la seducción al grado que de la tentación hemos caído en pecado y cuando nos damos cuenta ya hemos rechazado la voluntad de Dios, la verdad, la justicia, hemos negado el perdón.

La soberbia, la egolatría nuestra nos ha envuelto casi como en una burbuja al grado de decir adórenme a mí para eso estoy.  Y eso, hermanos, es lo más serio y lo más triste que sucede en nuestro tiempo.

Llega el Evangelio de hoy, en este domingo que abre la Cuaresma a recordarnos que hacer cuando el maligno se presenta. Muy sencillo, Jesús empieza a colocarlo en su lugar, a rechazarlo, a decirle: Cállate, no tienes nada que ver en mi vida. Y va echando al maligno hacía atrás.  No sólo de pan vive el hombre.

No tentarás al Señor tu Dios. Jesús va respondiendo con la profundidad de la Palabra de Dios para ir ubicando nuevamente la realidad de que el mal puede retroceder.

Hermanos, hermanas, vivimos en tiempos difíciles, cuando las cosas están muy mezcladas y cuando el paganismo pareciera que nos envuelve. En la actualidad cuando el bien y el mal guerrean, pelean, empieza la duda, ¿quién va a ganar?, ¿el bien?, ¿el mal?  Hermanos, así piensan los paganos. Nosotros los cristianos, los discípulos de Jesús, de Cristo el salvador, cuando tenemos eso en nuestras vidas, esa pregunta tan radical, tan profunda: ¿quién va a ganar? ¿el bien o el mal?, el cristiano inmediatamente tiene que afirmar: Señor, Padre mio, sé que el bien siempre triunfará. Y esto es importante hermanos, porque si desde ese fundamento de nuestra fe vacilamos, caemos en paganismo, dándole poder a las situaciones y corrientes del mal que pueden desencadenar muchas cosas en nuestra vida, pueden desencadenar la idolatría, no que tengamos muchos idolitos, sino que ese ídolo podemos ser nosotros mismos, que nos subimos en un pedestal y decimos: aquí yo soy Dios.  Qué Papá o mamá, no hace eso en su casa o el hermano mayor, que dice aquí yo soy Dios. Y todos se callan, y todos me tributan un culto.

Hermanos, en la cultura actual, en nuestro tiempo estamos tan acostumbrados a que se nos rinda un culto a la persona, a nuestra persona, a la persona de ciertas entidades. Cuando Jesús nos dice: al Señor, sólo Dios adorarás. Que complejo es esto, hermanos, en nuestras vidas. Pero al inicio de nuestra Cuaresma nosotros tenemos que decidir si nosotros bajamos de esos tronos, de esos pedestales y decimos: ¡Señor perdón! Ese es tu lugar y nadie más, menos yo, menos mi egoísmo, menos mi idolatría tiene que ocupar este lugar, es tu lugar Señor, es tu voluntad la que debe regir precisamente nuestras vidas.

Y ante la situación de esa necesidad física que tuvo Cristo por haber ayunado cuarenta días, cuarenta noches, y sintió hambre. Caer en la tentación de decir: haber estas piedras conviértelas en pan. Jesús nos da la respuesta para dominar nuestras pasiones, hermanos, en nuestro tiempo pareciera que el cristiano es como una pequeña velita, una vela encendida ahí en medio de una tormenta, de un huracán, vientos fuertes que tratan de apagar la fe que nos hacen entonces ser dominados por nuestras pasiones. Pasiones desordenadas que van desde la lujuria, la gula, la soberbia, la mentira, todo aquello que desencadena en nosotros esa posibilidad de aplastar, de ofender, de interrumpir esa comunicación con el prójimo con Dios, y Jesús nos dice: espérate, domínate; Él sintió hambre pero no cedió.

Y esto hermanos, es lo que ennoblece al cristiano y es lo que necesariamente necesitamos empezar a colocar en nuestro corazón, tener esa satisfacción, poder ver a Dios a la cara, hoy que llegamos ante María Santísima poder ver a la Madre de Dios, así derechito a la cara y poder decir: sí, Señora, Niña y Señora Nuestra he vencido al mal, he empezado a dominar mis pasiones. Y si no lo hemos hecho, hermanos, creo que al llegar hoy a esta Basílica, casa de nuestra Madre Santísima de Guadalupe podemos empezar a planear que queremos hacer en nuestra Cuaresma. No convirtamos  nuestra Cuaresma en una caricatura, hay no voy a comer carne los viernes, me voy a tascar de camarones o de jaibas, voy ayunar así poquito y en la noche me atraganto todo, veinte tacos.

Hermanos, pensemos que queremos hacer en esta Cuaresma, como verdaderamente vivirla, como empezar a refrenar nuestras pasiones y cada uno de nosotros sabe exactamente, en es cuartito que tenemos dentro de nosotros, que se llama conciencia, y que nada, ni nadie,  pueda callar, exactamente cuales, esas pasiones muchas veces desordenadas que tenemos que empezar a dominar. Para poder presentarnos ante Dios, ante nuestra Madre Santísima y decirle con orgullo: Madre mía, Madre y Señora mía he vencido al mal, sí me ha costado trabajo, sí, pero lo he vencido.

Hermano, hermana, peregrino, has la prueba, avienta a Satanás para atrás, y sentirás entonces, si,  la paz. Una paz y una alegría como nadie en esté mundo te la puede dar y ver a Dios con la frente en alto y diciéndole: Señor con tu gracia, con tu ayuda he vencido, como lo hizo Jesús, gracias Señor, gracias Niña y Madre nuestra porque me lo has permitido con tu gran amor, con tu fuerza, con toda esa potencia y energía que nos da el saber que estamos haciendo lo que Jesús nos pide, lo que Jesús nos enseñó. Presentarnos como hombres, como mujeres de fe ante el mal y decirle: vete lejos, en mi vida no cabes.

Entonces, hermanos, nuestras vidas personales, de familia, de grupo, de ciudad, de país empezarán a cambiar.

Que así sea.   

 
 
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