Queridos Daniel y Felipe de Jesús con afecto los saludo, en
estos momentos en que van a ser ordenados sacerdotes, igualmente
saludo a la Congregación de los Misioneros y Misioneras Eucarísticos
Guadalupanos y de San José, así como también a sus familiares
y amigos, presbíteros, seminaristas y todo el pueblo cristiano
que nos acompaña.
Queridos consagrados y queridos hermanos laicos. Nuestros hermanos
van a ser ordenados presbíteros como ministros de la Eucaristía,
al servicio de la comunidad cristiana en este tiempo en que
celebramos con toda la Iglesia la Pascua del Señor. A la alegría
de la fiesta tan grande se le añade la de la ordenación estos
nuevos presbíteros. Felicito cordialmente a sus familias asegurándoles
que están presentes de modo especial en nuestras oraciones.
Pero también ustedes deben de rezar mucho por estos hermanos
nuestros que Dios eligió para ser sacerdotes: ahora necesitan
más que nunca su oración. Al mismo tiempo, demos gracias a Dios,
que no deja de suscitar ministros de Cristo, y supliquémosle
que sean más abundantes aún más en las vocaciones.
Dentro del carisma de ustedes queridos Felipe de Jesús y Daniel;
existen tres rasgos que precisamente coinciden con las dimensiones
que debe de vivir un sacerdote. Ustedes se llaman Misioneros
Eucarísticos, esta dimensión eucarística, están llamados a vivirla
en su plenitud en el sacerdocio.
Como tantas veces recordó el Papa Juan Pablo II, la Eucaristía
y el sacerdocio han nacido juntos en la Última Cena en el Jueves
Santo. Por esta razón, «la existencia sacerdotal, dice el Papa;
ha de tener, por título especial, "forma eucarística"»
(así lo escribió en la última de las cartas a los sacerdotes,
pocas semanas antes de su muerte). El cuerpo y la sangre del
sacerdote, a semejanza de la de Cristo en la Eucaristía, han
de ser cuerpo entregado y sangre derramada. Cuando el sacerdote
preside la Eucaristía y precede a sus fieles no lo hace como
quien domina, sino como quien sirve. Porque sólo así podrá comer
y beber en la mesa del Reino de Cristo. Entre los sacramentos
del Orden y de la Eucaristía existe un lazo indisoluble: el
sacerdote es para la Eucaristía y la Eucaristía para el sacerdote.
Ambos sacramentos, por tanto, son correlativos, de manera que
el ministerio sacerdotal está al servicio del ministerio eucarístico,
para asegurar perpetuamente su celebración en la comunidad cristiana.
El secreto y la clave de la vida sacerdotal, queridos diáconos,
es un amor apasionado a Cristo, y especialmente a Cristo Eucaristía.
El sacerdote reencuentra y vive profundamente su identidad si
decide no anteponer nada al amor de Cristo, y hacer de Él el
eje de la propia existencia. El Papa Benedicto XVI, al hablar
a los sacerdotes en la Diócesis de Roma, les invitaba a "volver
continuamente a la raíz del sacerdocio. Esta raíz, decía, es
una sola: Jesucristo Nuestro Señor", de manera que "el
tiempo de estar en la presencia de Dios es una verdadera prioridad
pastoral, que es, en último término, la más importante".
Nuestra relación con la Eucaristía, por otra parte, ha de fundamentar
también nuestra relación con los hermanos. No se pueden separar
el cuerpo eucarístico y el cuerpo místico de Cristo (cf. 1 Cor
10,16-17; 12,27). De la Eucaristía nace la fuerza de la caridad
pastoral que constituye nuestra primera actitud y nuestro principal
servicio, es decir, el "oficio del amor" que define,
con palabras de San Agustín, el ministerio que reciben en esta
celebración. La caridad pastoral no es, pues, un sentimiento
que nace de su temperamento afectivo, o de su talante servicial
o de su espíritu responsable. Todo esto le da cuerpo y encarnadura;
pero el origen es otro. Nuestra caridad pastoral tiene su fuente
en la caridad pastoral de Cristo que es transmitida por el Espíritu
Santo, a través de la ordenación sacerdotal. Con otras palabras
nosotros nos entregamos a los demás no desde nuestras propias
fuerzas, sino desde las fuerzas y no desde nuestro propio amor
o capacidad para amar, sino desde el amor a Cristo. De ahí que
nosotros tenemos que estar; en una continua unión con la Eucaristía.
Tenemos que celebrar todos los días la Eucaristía como parte
de nuestro ser, de tal manera que sino celebramos la Eucaristía
nuestro día queda como cortado, queda como incompleto. La Eucaristía
tiene que ser para ustedes la parte fundamental de su propia
consagración como sacerdotes.
Queridos ordenandos: tengan siempre presente que el don y la
tarea de consagrar la Eucaristía, ese don que hoy les concede
el Señor, y pues, que es responsabilidad muy grande para todos
ustedes.
Alguna vez les vendrá a la mente el pensamiento de que son
unos pobres hombres, y es verdad: todos lo somos. Pero no tengan
miedo. Dios les ha llamado, y también como vimos en el Evangelio
de hoy, Él les ha elegido y también les ofrece su ayuda para
ser sacerdotes santos; es decir, sacerdotes enamorados de Cristo,
dedicados a tiempo completo a los hombres, sus hermanos, y plenamente
disponibles ante las necesidades propias del anuncio del Evangelio.
No olviden que son ungidos por el Espíritu Santo para dar la
Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados,
para proclamar a los prisioneros de tantas esclavitudes la verdadera
libertad (Cf. Is 61,1-3).
San José, su patrono por otra parte, cuido a Jesús y a María
formando con ellos una verdadera comunidad de amor. Esta segunda
dimensión comunitaria, eclesiológica es la que están llamados
a potenciar dentro de su sacerdocio. El sacerdote está llamado
a ser un forjador de comunión, en eso pueden inspirarse mucho
a San José.
Si es cierto que la Iglesia "hace" la Eucaristía
por medio de sus sacerdotes, también es cierto que la Iglesia
misma "nace" de la Eucaristía, como subrayó Juan Pablo
II en su última encíclica que la dimensión eucarística del sacerdocio
deriva necesariamente su dimensión eclesiológica. El sacerdote
es para la Eucaristía en la Iglesia y al servicio de la Iglesia.
Sin una plena comunión con el Sucesor de Pedro y con los obispos,
el sacerdote no puede hacer un verdadero servicio eclesial.
Desde la más remota antigüedad, un importante testimonio de
este hecho se encuentra en la misma liturgia de la Misa, donde
siempre se hace mención del Papa que preside en la caridad la
Iglesia universal y del propio obispo, así como de todos los
demás obispos en comunión con el Sucesor de San Pedro.
Recordemos, así rápidamente, aquel suceso de la manifestación
de comunión que se verificó en Roma y en todo el mundo primero
en torno a Juan Pablo II, con un adiós lleno de conmoción, de
tristeza y luego en torno a Benedicto XVI. En aquellos días,
la Iglesia se mostró más viva que nunca, bajo el impulso del
Espíritu Santo. Es tarea de todos, y en primer lugar de los
sacerdotes, hacer que esta preciosa herencia no sólo no se deteriore,
sino que se refuerce en el futuro. De una comunión compacta
tan afectiva, como efectiva en hechos de los católicos en torno
al Vicario de Cristo, se seguirán necesariamente los grandes
bienes de la Iglesia y consecuentemente de la humanidad entera.
Ustedes, queridos hermanos, tienen de ahora en adelante en
sus manos nuevas posibilidades para forjar y fortalecer esta
comunión. Como presbíteros deben de ser hombres de comunión.
Su conformación con Cristo Sacerdote les capacita para enseñar
con autoridad la Palabra de Dios, que congrega a todo el pueblo
de Dios. Celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía,
construyen bajo la guía del Espíritu Santo la comunión en la
Iglesia, y se convierten en instrumentos de unidad en el seno
de la comunidad cristiana.
Un gran cometido les espera; ¡y qué eficaz será el servicio
que presentarán a la Iglesia! Otro modo específico de ser forjadores
de comunión, en cuanto presbíteros, es la entrega gozosa, aunque
a veces comporte fatiga, el ejercicio del ministerio de la Reconciliación
que hoy se les confía.
Este sacramento realiza la comunión con Dios y con los demás,
reconciliando con Dios y con la Iglesia a los fieles que se
reconocen pecadores y reforzando la vida cristiana de quienes
lo reciben dignamente. Ésta debe de ser una de sus más grandes
pasiones: y debe de acercar a muchas personas a Dios, especialmente
ustedes deben de procurar acercar a esas personas que se encuentran
alejadas de Dios, acercarlas a esa reconciliación consigo mismos,
con la comunidad cristiana.
Cuando prediquen háganlo con esmero, traten de preparar sus
homilías, traten de que esa homilía antes la hayan meditado,
que hayan meditado esa Palabra de Dios y hayan dejado que toque
su corazón; para que esa homilía salga del corazón y pueda llegar
al corazón de los fieles.
Un tercer aspecto que los caracteriza su consagración religiosa,
es que son guadalupanos, es decir marianos, este aspecto no
lo deben olvidar nunca en el ejercicio de su sacerdocio.
Cristo Redentor, de quien los sacerdotes hacemos la fe, no
es una abstracción, sino una persona concreta: es el Hijo eterno
de Dios, nacido en el tiempo de una mujer concreta, María de
Nazaret, cuya sangre lleva en las venas.
Siendo sacerdote precisamente en cuanto hombre, Jesús ha querido
asociar a su Madre a la obra redentora. Desde la Cruz se dirigió
al discípulo amado para revelarle a él y a todos nosotros que
nos hacia un último regalo: se dirigió a María para recomendarle:
ahí tienes a tu hijo (cfr. Jn 19,26-27) y luego le encareció
al discípulo amado: ahí tienes a tu Madre. Ciertamente todo
cristiano es con verdad hijo de María, pero el sacerdote lo
es además por un nuevo título. Efectivamente: cuando se dirigía
a Juan, Jesús hablaba a un hombre que había sido revestido de
la dignidad sacerdotal una tarde anterior, en el cenáculo.
«Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo
-enseñaba el Papa Juan Pablo II en la última encíclica implica
también recibir continuamente este don. Significa tomar con
nosotros, a ejemplo de Juan, a quien una vez nos fue entregada
como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso
de conformamos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos
acompañar por Ella. María está presente con la Iglesia, y como
Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas.
Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo
mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía».
Para terminar, quisiera transmitirles un pensamiento del Papa
Benedicto XVI, tomado de la homilía que pronunció en la toma
de posesión de la Basílica de San Juan de Letrán, que como ustedes
saben es la sede de Roma, del Papa. El Papa recuerda que del
sacrificio eucarístico nacen y crecen los anhelos apostólicos
del pueblo de Dios, y añade: «En este misterio, el amor de Cristo
se hace siempre tangible en medio de nosotros. Aquí Él se entrega
siempre de nuevo.
Aquí, se hace traspasar el corazón siempre de nuevo. Aquí mantiene
su promesa, la promesa según la cual, desde la Cruz, atraería
a todos a sí (...), gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace
siempre de nuevo. La Iglesia es la red, la comunidad eucarística,
en la que todos nosotros, al recibir al mismo Señor, nos transformamos
en un sólo cuerpo y abrazamos a todo el mundo».
Dice un Salmo: "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que
me ha hecho?", y ustedes hoy pueden contestar: "Alzaré
la copa de la salvación, invocando su nombre... Le ofreceré
al Señor un sacrificio de alabanza, cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo".
Queridos hermanos, continuemos alabando al Señor en esta Eucaristía.
Que toda su vida sacerdotal sea un canto de acción de gracias
porque el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.
Encomienden su sacerdocio a la intercesión de Nuestra Señora
de Guadalupe a cuyos pies estamos, que Ella les guié a vivir
unidos siempre a Jesús.
Que así sea. |
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