Cantando, bailando y llorando, llegan
las mujeres peregrinas, vistiendo colores claros de los que resalta
el color blanco, haciendo alusión al tema de la peregrinación, “La
defensa de la vida”.
Mientras los pies recorren los últimos
metros para estar a los pies de la Morenita, en las manos se agitan
globos de todos colores, grabados con la imagen de La Guadalupana,
banderas, arreglos frutales y las voces que se hacen escuchar hasta
el Trono de la Reina.
A las 10:20 a.m. ya una gran multitud
de gente se había dado cita en la puerta sur de la entrada a la
Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, que se prolongó hasta el
puente peatonal de la Calzada Misterios para hacer una valla a las
Peregrinas Queretanas.
El obispo de Querétaro Mario de Gasperín
Gasperín, junto con el rector de la Basílica Diego Monroy, estaban
también en espera y en el momento de hacer aparición la primera
columna encabezada, por la presidenta de la Asociación de Peregrinas
al Cerro del Tepeyac, Sandra Siliceo, juntos bajaron rápidamente
las escaleras para recibir con un abrazo y luego cruzaron una sonrisa,
por la emoción de tan esperado momento.
Filas y filas pasan por entre los espectadores
quienes se van evangelizando con el testimonio de fe, que es el
cual mueve a estas hermanas a enfilarse por los caminos hacia el
Tepeyac, sin importar las adversidades a enfrentar, como: el sol,
la lluvia, el cansancio, dejar a su familia, el trabajo y enfermedades.
Todos estos sacrificios tienen un porqué, algunas, gratitud por
favores recibidos, otras pidiendo algo para sus familias o la sociedad,
pero en cada par de pies caminando hay una intención de bendición.
Para algunas no sólo fue el sacrificio
del camino, sino que tratándose de la Madre del Dios de la vida,
quisieron llegar con los pies descalzos, otras cargando a sus hijos
pequeños y quienes con brazos ligeros traían hermosos arreglos de
frutas frescas para el encuentro con ella.
Pequeñas y mayores cargaron los estandartes
y banderillas, con la imagen de María de Guadalupe y el letrero
que las identificaba de su lugar de origen. Las pequeñitas desempeñando
su papel con toda seriedad y respeto, como si fueran personas mayores,
atendiendo a las indicaciones de sus animadoras; en una perfecta
armonía estaba todo su cuerpo al cantar, caminar, bailar y sonreír.
Las innumerables filas de peregrinas,
eran toda una fiesta compuesta de cantos, porras, danzas, instrumentos
musicales de viento y aplausos que en honor de “La Lupita” se alzaban
y cuando esto no lograba expresar todo lo que ella se merece, aparecían
las lágrimas al estar pisando la Casita del Tepeyac.
Quienes hacían la valla llegaron a
la conclusión de la hermandad que vive este grupo tan numeroso,
haciéndose nuevamente una realidad, la vivencia de las primeras
Comunidades Cristianas: “Mirad como se aman”.
Eran rostros de paz, armonía, felicidad,
tranquilidad y amigables los que se dirigían al encuentro de la
Morenita.