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Culmen de 17 días de camino al Tepeyac

15 de julio de 2007

Cantando, bailando y llorando, llegan las mujeres peregrinas, vistiendo colores claros de los que resalta el color blanco, haciendo alusión al tema de la peregrinación, “La defensa de la vida”.

Mientras los pies recorren los últimos metros para estar a los pies de la Morenita, en las manos se agitan globos de todos colores, grabados con la imagen de La Guadalupana, banderas, arreglos frutales y las voces que se hacen escuchar hasta el Trono de la Reina.

A las 10:20 a.m. ya una gran multitud de gente se había dado cita en la puerta sur de la entrada a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, que se prolongó hasta el puente peatonal de la Calzada Misterios para hacer una valla a las Peregrinas Queretanas.

El obispo de Querétaro Mario de Gasperín Gasperín, junto con el rector de la Basílica Diego Monroy, estaban también en espera y en el momento de hacer aparición la primera columna encabezada, por la presidenta de la Asociación de Peregrinas al Cerro del Tepeyac, Sandra Siliceo, juntos bajaron rápidamente las escaleras para recibir con un abrazo y luego cruzaron una sonrisa, por la emoción de tan esperado momento.

Filas y filas pasan por entre los espectadores quienes se van evangelizando con el testimonio de fe, que es el cual mueve a estas hermanas a enfilarse por los caminos hacia el Tepeyac, sin importar las adversidades a enfrentar, como: el sol, la lluvia, el cansancio, dejar a su familia, el trabajo y enfermedades. Todos estos sacrificios tienen un porqué, algunas, gratitud por favores recibidos, otras pidiendo algo para sus familias o la sociedad, pero en cada par de pies caminando hay una intención de bendición.

Para algunas no sólo fue el sacrificio del camino, sino que tratándose de la Madre del Dios de la vida, quisieron llegar con los pies descalzos, otras cargando a sus hijos pequeños y quienes con brazos ligeros traían hermosos arreglos de frutas frescas para el encuentro con ella.

Pequeñas y mayores cargaron los estandartes y banderillas, con la imagen de María de Guadalupe y el letrero que las identificaba de su lugar de origen. Las pequeñitas desempeñando su papel con toda seriedad y respeto, como si fueran personas mayores, atendiendo a las indicaciones de sus animadoras; en una perfecta armonía estaba todo su cuerpo al cantar, caminar, bailar y sonreír.

Las innumerables filas de peregrinas, eran toda una fiesta compuesta de cantos, porras, danzas, instrumentos musicales de viento y aplausos que en honor de “La Lupita” se alzaban y cuando esto no lograba expresar todo lo que ella se merece, aparecían las lágrimas al estar pisando la Casita del Tepeyac.

Quienes hacían la valla llegaron a la conclusión de la hermandad que vive este grupo tan numeroso, haciéndose nuevamente una realidad, la vivencia de las primeras Comunidades  Cristianas: “Mirad como se aman”.

Eran rostros de paz, armonía, felicidad, tranquilidad y amigables los que se dirigían al encuentro de la Morenita.

 
 
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