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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, a los peregrinos Ciclistas de Querétaro, en la Basílica de Guadalupe.

13 de julio de 2007

Amados hermanos, los invito a que en esta Eucaristía le demos gracias a Dios nuestro Padre, porque en medio de nuestras limitaciones nos ha confiado como Iglesia la Buena Noticia de la salvación. De esta manera mis hermanos, se hace evidente que la obra es suya y no nuestra, nosotros solamente cooperamos, y pobremente, en la obra que Él ha iniciado precisamente por medio de Jesucristo, a quien nos trajo Santa María de Guadalupe hace 475 años.

Miren mis hermanos, hoy, el trozo del Evangelio nos dice que nosotros cristianos, discípulos de Cristo, somos enviados a anunciar y a iniciar nuevas realidades, porque el Señor con su Muerte y Resurrección las ha hecho posibles, es éste el alegre anuncio de esperanza, es éste el alegre anuncio de optimismo que suscita en nosotros una gran alegría. Por eso vamos hacia el Tepeyac donde está aquella bendita Señora que nos trajo este Evangelio de la vida y esta gran noticia de Santa María de Guadalupe: “Yo soy la siempre Virgen Santa María, madre del verdaderísimo Dios por quien se vive; del arraigadísimo, el creador de las personas, el dueño del cerca y del junto, el Señor de cielo y de la tierra.

“Estoy aquí para mostrarles su amor, su comprensión, su ternura, su misericordia; quiero una casita, para mostrarlo a Él, para glorificarlo a Él, para entregárselos a ustedes”. Y amados hermanos, esa gran noticia de la presencia amorosa de la Virgen María de Guadalupe, contrasta con un mundo en el que vivimos sumergidos en la mentira, en el odio, en la violencia, en la inseguridad; una cultura de muerte que quiere atraparnos y que se resiste a creer en algo diferente, pues por su actitud fatalista, da por resultado que así tiene que ser.

Por eso, el cristiano, que se encuentra en medio del mundo, ha de aceptar que su manera de pensar, actuar y hablar, va contra corriente, con muchas oposiciones que lo pueden llevar incluso a la muerte.

Y miren, Jesús lo sabe muy bien, al grado de advertir, que Él, está enviándonos como corderos en medio de lobos rapaces. Así comienza el Evangelio: “Los envió como corderos en medio de lobos…”. Cuántas veces mis amados hermanos, nosotros mismos nos habremos comportado, o tal vez todavía nos seguimos comportando, como lobos.

Por ahí dice un filósofo, Juan Jacobo Russeau, que el hombre es lobo del hombre, y desgraciadamente le damos la razón, lo comprobamos diariamente y peor aún actuando de ese modo.

Por eso la peregrinación, en su ruta al Tepeyac, al ir por los caminos, por las carreteras, por las montañas, nos irá haciendo reflexionar, ¡caray!, ¿cómo está mi vida?, ¿cómo voy caminando por este mundo?, ¿qué soy para los demás?; ¿seré lobo?, cada quien piense.

¡Cuántas veces nosotros mismos nos habremos comportado, o tal vez todavía nos comportamos como lobos!. Pero Jesús envía a sus discípulos a desmentir ésta verdad que parece incontestable en este mundo que se distingue notablemente por la violencia, por la agresividad; los cristianos  tenemos la misión de anunciar un mundo diferente, de proyectar actitudes bíblicas.

Cristiano es el que se distingue por la humildad, por la sencillez, por la mansedumbre de los corderos; su sola presencia en la discreción debería de ser una condena al odio así como a la venganza porque eso no cabe en el corazón de nosotros creyentes, por eso acudimos al sacramento de la reconciliación.

“¿En la tarde de la vida fuiste hermano para tu hermano o fuiste lobo para tu hermano?”. ¿Quién sabrá responder eso?. Y todavía más mis hermanos, los discípulos de Cristo, dice el texto sagrado hoy, van desprovistos de poder, van desprovistos de seguridad necesaria, su equipaje para la comunión es su entrega generosa, es su entrega alegre, es su única riqueza la cual se expresa en la carencia de sentido que a los del mundo les da seguridad, les da confianza.

Dice el Señor Jesús: “Yo les mando como ovejas entre lobos”. Los apóstoles están bien advertidos, nosotros, discípulos, estamos bien advertidos, ¿parecemos entregados, mansos, sin defensas, como ovejas, a la brutalidad y a la fuerza de los adversarios?.

Amados hermanos, ciclistas peregrinos, el Reino de Dios se revela en la debilidad de Jesús y de su mensaje. San Pablo, una y otra vez nos dirá que la fortaleza de Dios se encuentra en el cumplimiento del mandamiento del amor, en la debilidad nuestra, en la fuerza que viene de Dios; llega incluso a decir que odiar es la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Toda la historia de la Iglesia confirma esa verdad, son los pequeños, los disponibles, los humildes, quienes han hecho las mayores obras. Veamos un poquito la historia de la Iglesia, si contemplamos las apariciones de la Virgen de Guadalupe, ¿a quién escogió  la Señora del cielo para ser su embajador?, ¿a un hombre de la gran Tenochtitlan?, ¿a un hijo de un hacendado y de un poderoso?, ¿a quién escogió?, al humilde y sencillo Juan Diego, a él escogió la Señora del cielo.

Juan Dieguito se sentía tan indigno, tan incapaz de tomar el mandato que le dice: “Señora mía, mi muchachita, manda a alguien más importante, yo soy escalerilla de tabla, yo soy cola, yo soy gente menuda, yo necesito ser cargado, -montado como dicen en mi tierra-, transportado, manda a alguien más importante”. ¿Y qué le contestó la Virgen, qué le dijo?: “Juanito, Juan Dieguito, tú eres mi máximo embajador”.

Vemos como la Virgen, la Virgencita, le hace partícipe de su grandeza. Tú serás mi embajador, en ti realizaré mi misión, mira que yo te lo pagaré puntualmente, yo te glorificaré. Y a aquel que es instrumento de Dios, que quiere el plan de Dios, colabora en la obra de Dios, igualmente el Señor le premiará, puntualmente le pagará.

En las apariciones de Lourdes, ¿a quién se le apareció, la Virgen de Lourdes?, ¿se acuerdan cómo se llamaba aquella mujercita?, ¿cómo se llamaba?. Bernardita, era la más débil de Lourdes cuando Dios la escogió para que transmitiera el mensaje de la Santísima Virgen María, la mujercita más sencilla.

Vamos más adelante, en el año de 1917 vino otra Aparición, la Virgen de Fátima, allá en Portugal. ¿A quién se le apareció, al principado, al senador, a un maestro?, ¿a quién se le apareció? A tres pastorcitos, Francisco, Jacinta y Lucia, estos eran tres humildes pastorcitos, miren como escoge el Señor, otra vez, al sencillo, al pequeño.

Hoy el Señor nos cuestiona fuertemente, ¿creo verdaderamente que la fuerza de Dios es capaz de hacer grandes cosas en mi debilidad, en mi pequeñez?. También nos dijo, “sean astutos como las serpientes e ingenuos como las palomas”; anuncia la persecución a sus apóstoles pero les pide que no se  expongan. Jesús nos pide ser cautos, y hábiles con las serpientes, ¿será fácil coger las serpientes?, no es fácil, pero si nos refugiamos en Él, nos ayuda.

La serpiente anda por ahí arrastrándose y cuando menos acordamos, ya nos picó, pero quien está atento, hábil, para huir ante el peligro, así dice Jesús, no andemos buscando que nos sacrifiquen, de ninguna manera, Jesús dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Busquemos esta mansedumbre de Jesús, por eso dice, hemos de conservar la ingenuidad de vivir, la candidez, la simplicidad, como las palomas, sencillos, ingenuos.

Mis amados hermanos, qué mensaje recibieron los discípulos de Jesús, ya que les dice, “los llevarán a los tribunales, los conducirán ante reyes y gobernadores por mi causa a fin de dar testimonio ante ellos de mí”.

Miren como se responde a la verdad de sus apóstoles, de sus discípulos, el Evangelio; provoca a veces la oposición, la persecución, ante la cual nos pide mantenernos valientes como Él, no dar la vuelta. Él mismo fue acusado ante el tribunal de Pilato, y  dice, “no se preocupen por lo que van a decir, será el Espíritu de mi Padre quien hable por medio de ustedes”. Los apóstoles, mis hermanos, no han de inquietarse, no han de contar sólo con su propia inteligencia, de ninguna manera, para encontrar las palabras oportunas; el Espíritu Santo vendrá en tu ayuda. Cuántas veces no preguntamos “¿por qué se me ocurrió hacer esto? yo no los había pensado”.

El Espíritu Santo te iluminó, te indujo a tomar tal actitud.

No, no fue por tu fuerza, fue el Espíritu Santo el que te iluminó, es Dios mismo el que te hace capaz de saber perdonar, de saber acoger siempre a los demás; es el Espíritu de Dios que habita en tu corazón, es el que nos mueve siempre a la misericordia, a la fortaleza. Mis amados peregrinos, el Señor termina diciendo “todos los odiarán por causa mía, pero quien resista hasta el final, se salvará”.

Miren la oposición, las persecuciones vienen a veces de la propia familia, dice: “…el hermano, entregará al hermano, el padre a su hijo…”. Confesando a las mujeres el martes pasado, me decían, “oiga Monseñor, yo estoy muy triste porque tuve conflictos para venir a la peregrinación, tuve conflictos con mi suegra, no con mi marido, tengo dos chiquitos; mi suegra me empezó a atacar, a ofender, porque dejaba a mis dos hijos, pero no los estoy abandonando, de acuerdo con mi marido, me voy a la peregrinación, mi marido pidió vacaciones en el trabajo, él va a cuidar a los niños”.

¡Que maravilloso!, esta mujer sufría persecución, ataque de su suegra, porque venía a la peregrinación, cuando el problema lo tenía solucionado, ¡no había tal problema!. Así pasa cuando optamos por Cristo, a veces somos perseguidos. ¿A cuántos de ustedes que viajan en bicicleta de Querétaro a México, les dijeron, ‘si no trabajas, no vas a percibir tu salario, mira nomás que tonto eres’.

Díganme hermanos, ¿vale la pena venir o no en bicicleta al Tepeyac?, ¿vale la pena el trabajo y el esfuerzo?, ¿vale la pena luchar por el Evangelio?, ¿vale la pena testificar a Cristo?. Este es el tema que he tratado con ustedes y con las mujeres. Respetar, promover, impulsar, trabajar por el don de la vida, nunca sumarnos a esa corriente de la cultura de la muerte, que es delito.

Miren, el primer derecho de una persona, es la vida, que cada persona puede tener otros bienes, pero el de la vida es de fundamental condición para todos los demás derechos. Si no me han respetado el derecho de la vida, entonces para qué quiero el derecho de la salud física, el de la alimentación. El derecho fundamental de la vida,  que es un derecho legal, se posee por el solo hecho de existir y por eso el Estado y la sociedad deben reconocer éste derecho y protegerlo, y por eso el cristiano, el discípulo de Cristo, el seguidor del Señor de la vida, debe defender, proteger e impulsar la vida.

Mis amados peregrinos, vamos al Tepeyac donde está la Madre de la Vida, la mujer que acogió en su seno, desde los albores de América Latina, al Dios de la vida y lo hizo en nombre y en beneficio de todos. De ella debemos aprender el cuidado y la defensa de la vida, suplicándole que entre la lucha de la vida y la muerte, triunfe siempre Él, el Señor de la vida. Que la Niña,  nuestra madrecita, Santa María de Guadalupe, sea para esta Iglesia de Querétaro que peregrina, signo de esperanza, consuelo y de vida. Así sea.   

 
 
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