Amados hermanos, los
invito a que en esta Eucaristía le demos gracias a Dios nuestro
Padre, porque en medio de nuestras limitaciones nos ha confiado
como Iglesia la Buena Noticia de la salvación. De esta manera
mis hermanos, se hace evidente que la obra es suya y no nuestra,
nosotros solamente cooperamos, y pobremente, en la obra que
Él ha iniciado precisamente por medio de Jesucristo, a quien
nos trajo Santa María de Guadalupe hace 475 años.
Miren mis hermanos, hoy, el trozo del
Evangelio nos dice que nosotros cristianos, discípulos de Cristo,
somos enviados a anunciar y a iniciar nuevas realidades, porque
el Señor con su Muerte y Resurrección las ha hecho posibles,
es éste el alegre anuncio de esperanza, es éste el alegre anuncio
de optimismo que suscita en nosotros una gran alegría. Por eso
vamos hacia el Tepeyac donde está aquella bendita Señora que
nos trajo este Evangelio de la vida y esta gran noticia de Santa
María de Guadalupe: “Yo soy la siempre Virgen Santa María, madre
del verdaderísimo Dios por quien se vive; del arraigadísimo,
el creador de las personas, el dueño del cerca y del junto,
el Señor de cielo y de la tierra.
“Estoy aquí para mostrarles su amor,
su comprensión, su ternura, su misericordia; quiero una casita,
para mostrarlo a Él, para glorificarlo a Él, para entregárselos
a ustedes”. Y amados hermanos, esa gran noticia de la presencia
amorosa de la Virgen María de Guadalupe, contrasta con un mundo
en el que vivimos sumergidos en la mentira, en el odio, en la
violencia, en la inseguridad; una cultura de muerte que quiere
atraparnos y que se resiste a creer en algo diferente, pues
por su actitud fatalista, da por resultado que así tiene que
ser.
Por eso, el cristiano, que se encuentra
en medio del mundo, ha de aceptar que su manera de pensar, actuar
y hablar, va contra corriente, con muchas oposiciones que lo
pueden llevar incluso a la muerte.
Y miren, Jesús lo sabe muy bien, al
grado de advertir, que Él, está enviándonos como corderos en
medio de lobos rapaces. Así comienza el Evangelio: “Los envió
como corderos en medio de lobos…”. Cuántas veces mis amados
hermanos, nosotros mismos nos habremos comportado, o tal vez
todavía nos seguimos comportando, como lobos.
Por ahí dice un filósofo, Juan Jacobo
Russeau, que el hombre es lobo del hombre, y desgraciadamente
le damos la razón, lo comprobamos diariamente y peor aún actuando
de ese modo.
Por eso la peregrinación, en su ruta
al Tepeyac, al ir por los caminos, por las carreteras, por las
montañas, nos irá haciendo reflexionar, ¡caray!, ¿cómo está
mi vida?, ¿cómo voy caminando por este mundo?, ¿qué soy para
los demás?; ¿seré lobo?, cada quien piense.
¡Cuántas veces nosotros mismos nos
habremos comportado, o tal vez todavía nos comportamos como
lobos!. Pero Jesús envía a sus discípulos a desmentir ésta verdad
que parece incontestable en este mundo que se distingue notablemente
por la violencia, por la agresividad; los cristianos tenemos
la misión de anunciar un mundo diferente, de proyectar actitudes
bíblicas.
Cristiano es el que se distingue por
la humildad, por la sencillez, por la mansedumbre de los corderos;
su sola presencia en la discreción debería de ser una condena
al odio así como a la venganza porque eso no cabe en el corazón
de nosotros creyentes, por eso acudimos al sacramento de la
reconciliación.
“¿En la tarde de la vida fuiste hermano
para tu hermano o fuiste lobo para tu hermano?”. ¿Quién sabrá
responder eso?. Y todavía más mis hermanos, los discípulos de
Cristo, dice el texto sagrado hoy, van desprovistos de poder,
van desprovistos de seguridad necesaria, su equipaje para la
comunión es su entrega generosa, es su entrega alegre, es su
única riqueza la cual se expresa en la carencia de sentido que
a los del mundo les da seguridad, les da confianza.
Dice el Señor Jesús: “Yo les mando
como ovejas entre lobos”. Los apóstoles están bien advertidos,
nosotros, discípulos, estamos bien advertidos, ¿parecemos entregados,
mansos, sin defensas, como ovejas, a la brutalidad y a la fuerza
de los adversarios?.
Amados hermanos, ciclistas peregrinos,
el Reino de Dios se revela en la debilidad de Jesús y de su
mensaje. San Pablo, una y otra vez nos dirá que la fortaleza
de Dios se encuentra en el cumplimiento del mandamiento del
amor, en la debilidad nuestra, en la fuerza que viene de Dios;
llega incluso a decir que odiar es la cruz de nuestro Señor
Jesucristo.
Toda la historia de la Iglesia confirma
esa verdad, son los pequeños, los disponibles, los humildes,
quienes han hecho las mayores obras. Veamos un poquito la historia
de la Iglesia, si contemplamos las apariciones de la Virgen
de Guadalupe, ¿a quién escogió la Señora del cielo para ser
su embajador?, ¿a un hombre de la gran Tenochtitlan?, ¿a un
hijo de un hacendado y de un poderoso?, ¿a quién escogió?, al
humilde y sencillo Juan Diego, a él escogió la Señora del cielo.
Juan Dieguito se sentía tan indigno,
tan incapaz de tomar el mandato que le dice: “Señora mía, mi
muchachita, manda a alguien más importante, yo soy escalerilla
de tabla, yo soy cola, yo soy gente menuda, yo necesito ser
cargado, -montado como dicen en mi tierra-, transportado, manda
a alguien más importante”. ¿Y qué le contestó la Virgen, qué
le dijo?: “Juanito, Juan Dieguito, tú eres mi máximo embajador”.
Vemos como la Virgen, la Virgencita,
le hace partícipe de su grandeza. Tú serás mi embajador, en
ti realizaré mi misión, mira que yo te lo pagaré puntualmente,
yo te glorificaré. Y a aquel que es instrumento de Dios, que
quiere el plan de Dios, colabora en la obra de Dios, igualmente
el Señor le premiará, puntualmente le pagará.
En las apariciones de Lourdes, ¿a quién
se le apareció, la Virgen de Lourdes?, ¿se acuerdan cómo se
llamaba aquella mujercita?, ¿cómo se llamaba?. Bernardita, era
la más débil de Lourdes cuando Dios la escogió para que transmitiera
el mensaje de la Santísima Virgen María, la mujercita más sencilla.
Vamos más adelante, en el año de 1917
vino otra Aparición, la Virgen de Fátima, allá en Portugal.
¿A quién se le apareció, al principado, al senador, a un maestro?,
¿a quién se le apareció? A tres pastorcitos, Francisco, Jacinta
y Lucia, estos eran tres humildes pastorcitos, miren como escoge
el Señor, otra vez, al sencillo, al pequeño.
Hoy el Señor nos cuestiona fuertemente,
¿creo verdaderamente que la fuerza de Dios es capaz de hacer
grandes cosas en mi debilidad, en mi pequeñez?. También nos dijo, “sean astutos como
las serpientes e ingenuos como las palomas”; anuncia la persecución
a sus apóstoles pero les pide que no se expongan. Jesús nos
pide ser cautos, y hábiles con las serpientes, ¿será fácil coger
las serpientes?, no es fácil, pero si nos refugiamos en Él,
nos ayuda.
La serpiente anda por ahí arrastrándose
y cuando menos acordamos, ya nos picó, pero quien está atento,
hábil, para huir ante el peligro, así dice Jesús, no andemos
buscando que nos sacrifiquen, de ninguna manera, Jesús dice:
“Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Busquemos esta mansedumbre de Jesús,
por eso dice, hemos de conservar la ingenuidad de vivir, la
candidez, la simplicidad, como las palomas, sencillos, ingenuos.
Mis amados hermanos, qué mensaje recibieron los discípulos de
Jesús, ya que les dice, “los llevarán a los tribunales, los
conducirán ante reyes y gobernadores por mi causa a fin de dar
testimonio ante ellos de mí”.
Miren como se responde a la verdad
de sus apóstoles, de sus discípulos, el Evangelio; provoca a
veces la oposición, la persecución, ante la cual nos pide mantenernos
valientes como Él, no dar la vuelta. Él mismo fue acusado ante
el tribunal de Pilato, y dice, “no se preocupen por lo que
van a decir, será el Espíritu de mi Padre quien hable por medio
de ustedes”. Los apóstoles, mis hermanos, no han
de inquietarse, no han de contar sólo con su propia inteligencia,
de ninguna manera, para encontrar las palabras oportunas; el
Espíritu Santo vendrá en tu ayuda. Cuántas veces no preguntamos
“¿por qué se me ocurrió hacer esto? yo no los había pensado”.
El Espíritu Santo te iluminó, te indujo
a tomar tal actitud.
No, no fue por tu fuerza, fue el Espíritu
Santo el que te iluminó, es Dios mismo el que te hace capaz
de saber perdonar, de saber acoger siempre a los demás; es el
Espíritu de Dios que habita en tu corazón, es el que nos mueve
siempre a la misericordia, a la fortaleza. Mis amados peregrinos, el Señor termina
diciendo “todos los odiarán por causa mía, pero quien resista
hasta el final, se salvará”.
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