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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en su encuentro con los Peregrinos de Querétaro al Tepeyac

13 de julio de 2007

EL DON PRECIOSO DE LA VIDA

Mis amados hermanos peregrinos, ¿qué leemos en la parte baja de sus gafetes? Amo la Vida. ¿Por qué amo la vida? Porque el Señor de la vida, el que amo, es el mismo que nos trajo nuestra Muchachita Guadalupe hace 475 años. La meditación que hoy comparto con ustedes queridas hermanos y hermanas que peregrinan a la Casita Sagrada de nuestra Señora de Guadalupe allá en el Tepeyac, quiere centrar su atención en el mensaje cristiano de la vida.

Comenzaré diciendo que la vida está en el centro del mensaje de Jesús, pues Él es la Vida. De esto constantemente encontramos testimonios en las Sagradas Escrituras. La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto (Jn 1, 2). Y continúa sobre todo san Juan en su Evangelio presentándonos a Jesús como a la vida misma: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que no quiere creerle no conocerá la vida. (Jn 3,36). Jamás ningún profeta había pedido creer en su persona como lo hace Jesús. Incluso Moisés, sólo pedía que creyeran en Yahvé. Jesús, en cambio pretende algo exorbitante y radical: se presenta como la fuente suprema de la vida, es decir, de la salvación, en múltiples formas que evocan con el "Yo soy el que soy" del mismo Dios. Yo soy el Pan de Vida (Jn 6, 35-48) Yo soy la Luz del mundo (Jn 8, 12; 9,5) Yo soy la Puerta de las ovejas (Jn 107,9) Yo soy el Buen Pastor (Jn 10, 11-14) Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11, 25) Yo soy la verdadera Viña (Jn 15, 1~5) Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6) Esta es la buena nueva: el hombre y la historia tienen un sentido, todo está destinado a vivir en plenitud.

Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo contemporáneo, el Pueblo de Dios y en él cada creyente, está llamado a defender con valentía el don sagrado e inalienable de la vida y con ella la fe en Jesucristo, Palabra de Vida. El mensaje por la vida debe ser acogido con amor cada día por la Iglesia, anunciándolo con fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.

1. La proclamación del Evangelio de la Vida

En la encíclica Evangelium Vitae publicada por el Papa Juan Pablo 11 en 1995 encontramos como desde los tiempos apostólicos la Iglesia ha proclamado constantemente el valor de la vida humana, esforzándose hasta nuestros días con mayor intensidad por defenderla y atenderla. En este servicio a la vida, la referida encíclica ha supuesto un hito importante.

En continuidad con estas enseñanzas, nosotros, los pastores del "pueblo de la vida", damos gracias a Dios Padre por el don de la misma. En la plenitud de los tiempos nos envío Dios a su Hijo nacido de la Virgen María, para que los hombres tengamos vida en abundancia; "una vida nueva y eterna", que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santo (E. V. 1)

2. Valor de la vida humana Universalmente

Todas las culturas han reconocido el valor y la dignidad de la vida humana. El precepto de "no matarás", que custodia el don de la vida humana, es una norma que toda cultura sana ha reconocido como principio fundamental.

El derecho a la vida y el respeto a la dignidad de la persona son valores que la Declaración Universal de los Derechos Humanos propone como fundamento para la convivencia.

Este reconocimiento universal encuentra su plena confirmación en la revelación del Evangelio de la vida con el misterio de Cristo. La vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable. «La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término. Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (EV 53). Por ello todo atentado contra la vida del hombre es también un atentado contra la razón, contra la justicia y constituye una grave ofensa a Dios.

3. Continuidad fundamental

El proceso embrionario es un proceso continuo en el que ya desde el principio estamos ante una vida humana. El embrión no es un mero agregado de células vivas, sino el primer estadio de la existencia de un ser humano. Todos hemos sido también embriones.

Desde el momento de la fecundación hay vida humana, y por tanto dignidad personal. Es una vida humana que se va desarrollando, va experimentando cambios morfológicos importantes, pero es siempre el mismo proceso continuo que va desde el principio de la vida con la fecundación hasta la muerte. «El cuerpo, naturalmente, se desarrolla, pero dentro de una continuidad fundamental que no permite calificar de pre-humana ni de post-humana ninguna de las fases de su desarrollo. Donde hay cuerpo humano vivo, hay persona humana y, por tanto, dignidad humana inviolable» [3].

En consecuencia, «el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida» (EV 60). Esta verdad del Evangelio de la vida es ampliamente compartida por muchas personas e instituciones.

4. Al servicio de la vida

En el reconocimiento y respeto de la vida humana y en su promoción, la ciencia alcanza su más alto fin: el servicio a la vida y a la dignidad de la persona. A doce años desde la publicación de la encíclica Evangelium Vitae han sido grandes los avances de la ciencia, los cuales han abierto nuevas y esperanzadoras posibilidades de prevención y curación.

Gracias a estos avances hoy son posibles terapias e incluso operaciones intrauterinas en beneficio del no nacido. Cada vez se rebaja más el tiempo de gestación necesario para que un niño prematuro sea viable fuera del seno materno. Por otra parte, la aplicación terapéutica de las células madre procedentes de tejido de adulto consiguen resultados esperanzadores. Estas son las auténticas terapias: las que curan sin dañar ni eliminar la vida de nadie.

No podemos olvidar que estos avances son potentes herramientas que deben ser usadas al servicio del hombre, teniendo en cuenta los principios éticos. La ciencia y la técnica requieren la ética para no degradar, sino promover la dignidad humana. Por ello pedimos a todos los investigadores y centros de formación que procuren inculcar a todos el respeto a la vida humana tanto como procuran avanzar en sus conocimientos para ponerlos al servicio de las personas.

A todos apremia promover siempre la vida frente a tantas amenazas por parte de una "cultura de la muerte" que se manifiesta de muchas maneras: la anticoncepción, la extensión' de las esterilizaciones, la disminución preocupante de la natalidad, el aborto, la píldora "del día después" -que además de anticonceptiva puede ser abortiva, la manipulación del lenguaje al hablar de "preembriones" como si no fueran ya plenamente personas humanas, la selección y reducción embrionarias, la manipulación y destrucción de embriones para obtener células madre para la investigación, y la cada vez más amenazante práctica de la clonación.

Estas manifestaciones de la cultura anti-vida son una insidiosa ideología del mal que Juan Pablo 11 el Grande, denunció constantemente: «Se puede, es más, se debe, plantear la cuestión sobre la presencia en este caso de otra ideología del mal tal vez más insidiosa y celada, que intenta instrumentalizar incluso los derechos del hombre contra el hombre y contra la familia» [5].

5. La familia, santuario de la vida

«Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó, y los bendijo diciendo: creced y multiplicaos») (Gen 1,27-28). Por eso la familia es fuente de vida lleva en sus entrañas este imperativo del Creador: "Creced y multiplicaos y poblad la tierra". El evangelio de la vida comienza león la creación de Adán y Eva, llamados al amor conyugal, y a través de su amor, a ser padres cooperando así de manera singular con la obra creadora de Dios.

La familia nace del amor, por eso aunque esta se vea bombardeada por el amor libre, por el divorcio, por una mal entendida plantación familiar, por el aborto, por el infanticidio, por una desviada liberación femenina, porque nace del amor es indestructible, al contrario tiende siempre a eternizarse.

El amor conyugal entre el hombre y la mujer, fundamento de la familia, es el lugar santo donde la persona es concebida dignamente. El hijo nace del amor de los padres y es invitado a participar en su comunión de amor. La familia es también el santuario donde la vida es acogida con alegría y celebrada en la vida cotidiana, enriquecida, por las ricas relaciones entre los padres, los hijos, los abuelos, etc. Estas familias son una magnífica proclamación del Evangelio de la vida y un motivo para dar gracias a Dios: familias que a pesar de las crisis y momentos difíciles saben permanecer unidas en el amor, familias que a pesar de las dificultades viven generosamente abiertas a la vida, familias que sostienen a sus miembros más débiles o necesitados con su tiempo y sus mejores energías, etc.

Todas estas familias -tantas de ellas cristianas- son un magnífico testimonio del valor de la vida y realizan un precioso servicio a la sociedad. Que triste, que terrible que hayan hombres y mujeres egoístas y ciegos del placer, que quieran liberarse de los lazos sagrados que Dios les puso.

Este testimonio generoso de tantas familias es la mejor escuela para que los niños aprendan el valor sagrado de la vida humana y aprendan a respetar y promover la vida de todos, especialmente la de los más débiles. El gozo de la familia al acoger una nueva vida es la mejor proclamación ante los niños del valor sagrado de la vida concebida y aún por nacer de un nuevo hijo. Un niño aprende y comprende el "Padre Nuestro" cuaf1do experimenta el amor, el cuidado, la responsabilidad del padre visible.

6. Educación afectivo-sexual

Dios hizo el sexo. Dios fue quien separó en dos sexos la familia humana y le asigno una finalidad creadora, por eso este no tiene una finalidad de mera autocomplacencia. El sexo no es simplemente para divertirse, ni un medio de escape a las presiones, sino más bien un modo de realizarse.

La familia es también el ámbito donde los hijos aprenden el significado de la sexualidad al servicio del amor y la vida. Muchas veces nosotros sus pastores hemos recordado la necesidad y urgencia de una educación afectivo-sexual adecuada. Esta tiene un lugar privilegiado en la Pastoral Familiar, porque «la vocación al amor, que es el hilo conductor de toda pastoral matrimonial, requiere un cuidado esmerado de la educación al amor» [6].

Los padres son los primeros responsables para llevar a cabo esta educación de la sexualidad, ya en los años de la niñez como luego en la adolescencia. Han de saber ofrecer a sus hijos, en un marco de confianza, las explicaciones adecuadas a su edad para que adquieran el conocimiento y respeto de la propia sexualidad en un camino de personalización. Siempre se logra más persuadiendo que prohibiendo, especialmente cuando de educar se trata.

En el momento adecuado, la catequesis también deberá afrontar el tema de la sexualidad y el discernimiento vocacional. En el proceso catequético, durante los distintos momentos que afectan a esta etapa, estará presente una catequesis completa y profunda sobre la sexualidad en sus distintas dimensiones: antropológica, moral, espiritual, social, psicológica, etc.

También las escuelas tienen un importante cometido en esta labor: «Como complemento y ayuda a la tarea de los padres, es absolutamente necesario que todos los colegios católicos preparen un programa de educación afectivo-sexual, a partir de métodos suficientemente comprobados y con la supervisión del Obispo.

Todos somos conscientes de la urgente necesidad de esta educación afectivo-sexual y de su relación con el Evangelio de la vida. Por ello exhortamos a todos a poner en práctica estas indicaciones cuidando especialmente la formación integral de personas expertas para realizar esta tarea.

7. Por una cultura de la familia y de la vida

Educando a los jóvenes para el amor y la vida estaremos poniendo los cimientos más sólidos para una cultura de la familia y de la vida. Pero esta tarea requiere el compromiso de todos.

A los científicos se les ha confiado de modo especial conservar el valor de la vida en la "conciencia" de los investigadores y de la sociedad. Como personas expertas son escuchadas por la sociedad, los medios de comunicación y los políticos. Por ello les pedimos que proclamación con valentía el valor sagrado de la vida humana desde el momento de la concepción y que nunca se dejen seducir por posibilidades contrarias a la ética.

Los profesionales de la salud tienen también un importante cometido. A los profesionales de la salud corresponde apoyar siempre la Vida, y rechazar e incluso denunciar toda práctica que atente contra la integridad o la vida de las personas, singularmente la de aquellas más débiles como los embriones, los no nacidos, los disminuidos, los ancianos y los enfermos terminales. A este respecto vale nuevamente la pena recordar la conveniencia de promover los procesos de adopción y recomendar esta posibilidad a las personas que consideran la posibilidad de abortar. Hay instituciones que atienden eficazmente estas situaciones.

Los medios de comunicación tienen un papel fundamental no sólo en la información sino también en la formación pues a través de ellos debe hacerse resonar el hermoso Evangelio de la vida.

Mis queridos hermanos y hermanas, todos los profesionales cristianos, personalmente o asociados, han de influir responsablemente en la sociedad y en las leyes. Es un signo de esperanza comprobar cómo las asociaciones familiares se hacen presentes en el debate social promoviendo los valores de la familia y de la vida. Estas asociaciones contribuyen eficazmente a la elaboración de una política familiar adecuada, de tan urgente necesidad, que facilite el acceso a la vivienda, unas condiciones laborales y económicas compatibles con la paternidad y maternidad, así como disponibilidad del tiempo necesario para atender a la familia y a la educación de los hijos.

Que no haya ninguna familia cristiana que no se implique activamente en estas acciones que promueven una visión cristiana de la familia y de la vida como don de Dios. Señores, amados peregrinos, vivimos una crisis espantosa en todos los órdenes, no sólo en el orden económico. Simplemente no alcanzan los sueldos para vivir desahogadamente.

¡Se come poco y se trabaja mucho! Vivimos angustiados por las carencias, por la pobreza, por la miseria, por la desnutrición, Por la injusticia, por la inseguridad. Tal parece que todo anda mal. Más debe preocupamos que el amor está en banca rota ¿Verdad qué eso ni siquiera aflige? Está en quiebra, está en crisis, en inflación el amor, en amor en el matrimonio, la familia: maridos viciosos y despreocupados, irresponsables e infieles ¡muy machos! Esposas ligeras y desobligadas, enleladas en telenovelas ¡muy liberadas! Hijos rebeldes, holgazanes, perdidos en los vicios y sin deseos de superarse, muy de onda y modismos y lo que es peor, sin sentido de la vida.

Queridos peregrinos, miremos a nuestra Dulce Señora, nuestra Madrecita Guadalupe, a su esposo San José y desde luego a su Hijo Jesús. Esta santa familia es para todos una pregunta y una respuesta. La pregunta: ¿Marido qué haz hecho de tu esposa y de tus hijos? ¿Alguna vez haz decidido tener o no tener hijos movidos por el egoísmo? ¿Claro, que por egoísmo de dos, en contra de la vida, llegando incluso al aborto, al asesinato? ¿Haz hecho de tus hijos hombres honrados?

Esposa: ¿qué haz hecho de tu hogar, mantienes encendido el fuego del amor que calienta a todos los miembros de tu familia? ¿No está soplando sobre ella una gran masa polar de aire que congela los corazones de tu esposo y de tus hijos? Hijos: ¿dónde está la santidad de sus vidas, el respeto y el amor a sus padres, la convivencia y la armonía entre hermanos? A todas estas preguntas, la respuesta debe de ser de cada quien.

Aprovechemos esta manifestación religiosa, que es nuestra peregrinación al Tepeyac para optar decididamente por la vida, para orar por nuestras familias. ¡Dios lo quiere, Querétaro, México lo necesita!

En este sentido nos exhortaba el Papa Juan Pablo 11 en la Evangelium Vitae: «Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida debemos, con constancia y valentía, proponer estos contenidos desde el primer anuncio del Evangelio y, posteriormente, en la catequesis y en las diversas formas de predicación, en el diálogo personal y en cada actividad educativa.

8. Oración a María Inmaculada por la vida

Terminemos, mis queridos hermanos y hermanas esta reflexión invocando a santa María de Guadalupe, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, para que por su poderosa intercesión cada causa de la vida, encuentre caminos de auténtica realización. Bajo su protección ponemos a las familias, a los enfermos, a los más débiles y amenazados, a los migrantes, muchos de ellos aquí presentes; a la vez que invitamos a todos los cristianos, y singularmente a las familias, a elevar con frecuencia a Ella, la Madre de la vida, la siguiente invocación:

Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.

Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.

Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad.
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida (EV 105).
 
 
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