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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Card. Don Norberto Rivera Carrera, en la Solemne Misa de las Rosas, en la Basílica de Guadalupe.

12 de octubre de 2008

XXXII Aniversario de la Dedicación de la Nueva Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y Traslado del Sagrado Original.

516º  aniversario del inicio de la evangelización de América
113° aniversario de la Coronación Pontificia de la Imagen de santa María de Guadalupe
32º  aniversario de la dedicación de esta Nueva Basílica

Muy queridos hermanos y hermanas en este día 12, este Domingo día del Señor, realmente estamos de fiesta. Al inicio de nuestra celebración recordábamos tres acontecimientos especiales por los cuales nosotros celebramos fiesta, nosotros damos gracias a Dios con esta eucaristía.

Estamos de fiesta, como sabemos, el día de hoy estamos celebrando el 516º  aniversario del inicio de la evangelización de América, que comenzó en el año de 1492. Además el 113° aniversario de la Coronación Pontificia de la Imagen de santa María de Guadalupe, en el año de 1895. Y finalmente, celebramos el 32º  aniversario de la dedicación de esta Nueva Basílica de santa María de Guadalupe, que tuvo lugar en el año de 1976.

Nuestra Madre del cielo pidió que se edificara una casita sagrada, un templo, en este llano del Tepeyac y que fuera aprobado por mi dignísimo antecesor, fray Juan de Zumárraga. Casita sagrada en donde Ella quiere ofrecer todo su amor que es su propio Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor.

El hecho de que la Madre de Dios pidiera se edificara un templo, para los indígenas era sumamente importante; ya que el templo para nuestros ancestros significaba el edificar un nuevo pueblo, una nueva civilización; pues el templo era lo primero que se construía y era el fundamento sagrado para crear una nueva comunidad; por lo tanto, los indígenas entendieron perfectamente que lo que María venía a realizar como una misión vital era el construir una nueva civilización teniendo como raíz y verdad el templo en donde daría lo más sagrado y fundamental que era su propio Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Como lo expresa directamente al humilde san Juan Diego, su fiel mensajero: "Mucho quiero, mucho deseo, que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto, lo entregaré a las gentes en todo mi amor personal, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxi1io, a Él que es mi salvación”.[1] Queda claro pues, que el punto central del mensaje de la Virgen de Guadalupe no era Ella, sino su Hijo Jesucristo.

Además, esta connotación que usa María de desear se construya el templo nombrándolo: "casita sagrada", significa también el lugar de encuentro donde se da la relación familiar, el compartir una misma sangre que nos une como hermanos. ¡Somos familia de Dios! Santa María de Guadalupe, al presentarse como la Madre de Dios y madre nuestra, nos está confirmando que somos verdaderos hijos de Dios y precisamente ahí se encuentra lo más profundo de nuestra dignidad.

Con cuanta belleza el profeta nos ha narrado de esa agua que sale del templo, de esa agua que todo purifica, que todo a le da vida, que todo lo trasforma.

Las lecturas del día de hoy nos iluminan sobre la importancia y la trascendencia del “templo”, lugar sagrado, donde Dios se encuentra con sus hijos. El templo es el lugar donde la historia humana se transforma en historia de salvación en el amor de Dios; ya que nos hace partícipes de su amor y nos encomienda la misión de ser instrumentos en sus manos amorosas para que todo ser humano encuentre esta maravillosa identidad de ser hijos del Altísimo, del Dueño del cielo y de la tierra, y así tener parte en la vida eterna; instrumentos como san Juan Diego, quien fue el humilde laico portador del inmenso amor de Dios por medio de Santa María de Guadalupe y nos ha hecho a todos partícipes de este inmenso amor divino; que llega a su entrega, precisamente en el templo, es aquí donde el amor de Dios se ofrece hasta dar la vida por cada uno de nosotros, que somos sus hijos; especialmente, en la Eucaristía.

Santa María de Guadalupe pidió que este templo fuera aprobado por el obispo, el consagrado, el humilde fraile franciscano, fray Juan de Zumárraga, quien en ese momento era cabeza de la Iglesia; por lo que es claro que la Madre de Dios, la Madre del Dueño del cielo y de la tierra, se somete a la autoridad del obispo, ya que éste es cabeza de la Iglesia; en otras palabras, María es madre y modelo de la Iglesia, María forma Iglesia, hace Iglesia.

Para lograr la aprobación del obispo; María eligió a san Juan Diego como su mensajero para que le describiera a Zumárraga todo lo que había admirado y escuchado, y no sólo eso, sino que además, la Virgen no escatimó ningún esfuerzo para que el obispo recibiera la señal que pedía, para confirmar que todo lo que le transmitía san Juan Diego era verdad; una señal maravillosa: flores; flores que se habían enraizado en lo alto del cerro del Tepeyac; flores que habían surgido en un cerro pedregoso, salitroso, donde sólo habían espinos y abrojos, signos de muerte. La vida había brotado en un cerro muerto; la vida triunfó encima de la muerte; una vida que sólo puede venir de Aquel que es el dueño de la vida, del verdaderísimo Dios por quien se vive.

San Juan Diego al entregar la señal de las flores, jamás se imaginó que delante del obispo la Imagen de la Madre de Dios se estamparía en su humilde tilma, siendo esta portentosa Imagen complemento maravilloso de la señal que él llevaba. Pero si reflexionamos un poco más, comprenderemos que la Imagen de Santa María de Guadalupe en la tilma del humilde laico hace que éste forme parte de esa misma señal, ya que la tilma, entre los indígenas, significaba la misma persona, en este caso de Juan Diego; por lo tanto, el laico es también parte de la señal de la Virgen de Guadalupe para el obispo; en otras palabras: ¡El laico forma parte de la señal del amor de Dios, dentro de la Iglesia y desde la Iglesia, para el mundo entero!

Ahora entendemos más la profundidad del Acontecimiento Guadalupano, ya que es el encuentro entre Dios y los hombres, por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe; éste es un encuentro que se da en un corazón humilde y sencillo, que abre sus puertas a Dios y en donde Santa María de Guadalupe hace su hogar, forma la familia de Dios; es un acontecimiento maravilloso que desde los indígenas es para el mundo entero. Por ello, la Virgen María envía a un macehual, san Juan Diego y habla en su lengua náhuatl, y todavía elige su humilde tilma para estampar su bendita Imagen y así lanzar el mensaje de amor para todos los seres humanos, que de igual forma sean capaces de construir este templo en su propio corazón y así iniciar la construcción de la civilización del Amor.

Como san Pablo nos lo confirma de una manera clara y firme, como hemos escuchado en la segunda lectura, cuando el apóstol dice: "Ustedes son la casa que Dios edifica" (1 Cor  3, 9)

Además, Santa María de Guadalupe confirma que venía a entregar el Amor, que es su propio Hijo, no sólo a los indígenas ni a los españoles, sino a todo ser humano: "a las más variadas estirpes"; Ella nos integra a todos en la armonía y en la unidad que se da sólo en el amor, formando una sola familia, un sólo pueblo, una cultura de la vida, una civilización del amor. De hecho, esto es lo que representa también su rostro mestizo, la integración de todo ser humano como una verdadera familia de Dios que sabe construir un nuevo hogar en este lugar de encuentro con lo más sagrado: el templo.

Por ello, toda esta gran alegría de estar ahora aquí, en el templo de Dios, celebrando esta Eucaristía, con el gozo de tener este encuentro con nuestro Dios y Señor, por medio de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, nos convoca a una gran responsabilidad ya que también nos toca a todos procurar, con todas nuestras fuerzas, que este hogar sagrado, esta familia, este templo, esta cultura de la vida, esta civilización del amor, se continúe construyendo desde nuestro corazón; que este lugar sea respetado, encontrando en ello nuestra máxima dignidad: ser hijo de Dios.

Debemos de ser conscientes que todos tenemos esta misma dignidad, pues todos somos hermanos, la sangre que corrió en esa cruz, signo de la entrega y del amor máximo de Jesús, nuestro Dios, corre por nuestras venas. Por ello todos y cada uno de nosotros somos Templos del Espíritu Santo el cual tiene que ser respetado y dignificado.

Por ello, es necesario pedirle a Jesucristo Nuestro Señor que entre en nuestro corazón como personas individuales, pero también a nuestro corazón como comunidad, y que con toda fuerza y energía saque de él todo pecado, todo robo e injusticia, que derribe las mesas de todos aquellos que han convertido su templo en cueva de ladrones, que purifique el corazón humano de todo robo e injusticia, de todo secuestro y corrupción, de todo asesinato y destrucción. Urge un encuentro profundo con Dios, lo necesitamos en nuestra sociedad, en nuestro pueblo, en nuestra familia, en nuestro corazón. Como dijo el amado y recordado Siervo de Dios, Juan Pablo II, ¡no tengan miedo, abran las puertas a Cristo!, y asimismo, nos sigue repitiendo nuestra Madre Santísima de Guadalupe por medio de las palabras que dirigió al humilde san Juan Diego: no tengas miedo ¿no estoy yo aquí que tengo el honor y la dicha de ser tu madre?"

Sí, Santa María de Guadalupe ha querido que el templo donde Ella nos dará a su propio Hijo, que es el amor, haya sido construido aquí en el Tepeyac, donde han florecido rosas, donde se han escuchado cantos, donde la verdad de su amor ha puesto su pie y ha convertido un cerro pedregoso, polvoso, lleno de espinos y abrojos, en un vergel de flor y canto, en un jardín de la verdad de Dios, en donde las rosas llenas del rocío de la mañana han plantado su raíz convirtiéndolo en el lugar pleno de la vida y de la verdad de Dios; lo ha convertido en un lugar sagrado donde se da el encuentro profundo y trascendental de Dios con sus hijos, que somos todos nosotros, por medio de Santa María de Guadalupe; por lo tanto, lo que ha hecho aquí, es lo que queremos que realice en cada uno de nuestros corazones, en cada uno de los mexicanos, en cada una de las más variadas estirpes. Por lo que nuestra responsabilidad está aquí y ahora, abramos nuestro corazón a Dios, no dejemos perder a nuestro México a nuestro amado país, a nuestra comunidad, a nuestra sociedad, a nuestra familia, a nuestra persona, en medio de la violencia, la injusticia y la muerte.

Y este mensaje de vida no es solamente para nosotros, sino para que México lo trasmita a América y al  mundo entero.  

Para Dios, no hay imposible, tenemos que abrir las puertas de nuestro templo, Templo del Espíritu Santo, que Dios Padre, por medio de Jesucristo lo purifiquen, lo libren de todo error y pecado, y lo lleven a la plenitud de su amor, como dice san Pablo: "¿No saben acaso ustedes que son e1 templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo. “Que Santa María de Guadalupe encauce todo nuestro ser en ese amor pleno de Dios y nos de fuerza a todos para cumplir con nuestra responsabilidad, como Ella misma nos dice por medio de San Juan Diego: "«Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte»".[2] 


Notas

[1] Nican Mopohua, vv 26-28.
[2] Nican Mopohua,  v.37.
 
 
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