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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, en ocasión de la Asamblea de la Comisión Nacional Indígena, en la Basílica de Guadalupe.

16 de enero de 2008

Desde, anteayer, lunes, la Liturgia de la Iglesia nos invita a un tiempo que se llama Ordinario, una vez que concluimos el tiempo de Navidad y durante este tiempo usamos el color verde de los ornamentos, que significa un tiempo en que no hay una fiesta en especial, sino que se nos invita a ir creciendo,  como lo que está verde que tiene vida, para que tengamos vida, la vida de Dios con nosotros.

Y la Palabra de Dios que es vida, que es fuente de vida, nos habla hoy de unos aspectos muy importantes de lo que significa ser cristianos, de la vida de Dios en nosotros.

En la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel, capítulo III, se nos dice como Dios llamó a Samuel, siendo él todavía, pues, relativamente niño, muy joven, casi un adolescente. Y Samuel no había oído, no sabía percibir la voz de Dios y un anciano llamado Elí le ayudó a discernir, a descubrir, lo que era la voz de Dios.

Lo importante es la actitud de Samuel cuando responde, enseñado por el anciano, responde de esta manera: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”. Es la actitud de Samuel “Habla Señor tu siervo te escucha”. Por eso cantábamos en el Salmo Responsorial: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

¿Cuál es, pues, la actitud de un cristiano? La misma: “Habla, Señor, tu siervo te escucha”, “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

Es la actitud de Jesús que dice: “Yo no he venido hacer mi voluntad, sino la voluntad de mi Padre” o en el huerto de los olivos: “Padre, si es posible pase todo este sufrimiento, pero que se haga tu voluntad”.

La Virgen María igualmente cuando el ángel le anuncia que Dios quiere que Ella sea la Madre del Salvador, Ella pone primero sus preguntas, pero después dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra. Juan Diego lo mismo le dice a la Virgen: “¿Quién soy yo Señora y Niña mía? Yo soy cola, soy paja, soy escalerilla, yo no soy nada, soy un hombrecillo” y la Virgen María le dice: “Es merecer que tú seas mi embajador más digno de confianza” y Juan Diego obedece.

¿Qué significa todo esto para nosotros hermanas y hermanos? Ser cristiano es seguir el ejemplo de Jesús, de la Virgen María, de Juan Diego, del profeta Samuel: “Señor, aquí estoy, que se haga tu voluntad, soy tu siervo, tu sierva que se haga tu voluntad”.

Traemos aquí a las plantas de la Virgen y del Señor nuestras historias, nuestros sufrimientos, nuestras alegrías, nuestras preocupaciones, nuestras enfermedades y le decimos: Señor, Señora y Niña mía, Señora y Madre nuestra que se me quite esta enfermedad, que pase este problema, bendice mi familia; pero que sea haga tu voluntad. Estoy dispuesto, dispuesta a aceptar tu voluntad, aunque a veces esta voluntad esté mezclada con el dolor, con el sufrimiento, con la cruz, con la pasión, con el sufrimiento.

“Aquí esto, Señor, para hacer tu voluntad” como nos enseña a decir la Virgen María, como nos enseña san Juan Diego. ¿Cuántas veces esto tiene implicaciones muy prácticas para nosotros, para mí como obispo o para ustedes hermanos sacerdotes? Hacer la voluntad de Dios se manifiesta en las disposiciones de sus superiores, quizás quisieran estar en otro trabajo, en otro lugar: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Quisiéramos que las cosas se hicieran como yo pienso, como yo deseo, que se haga la voluntad de Dios. Uno propone, Juan Diego habla, la Virgen María dice, Jesús, también, le dice a su Padre, todos tenemos que hablar, decir y exponer nuestros deseos y necesidades, pero decir: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Para una religiosa lo mismo a veces quisiera estar en un o  otro, en un lugar o en  otro “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Y para todos nosotros quisiéramos que las cosas cambiaran; tener más dinero, tener más salud, que en nuestra familia no hubiera problemas, pero “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad, que se haga tu voluntad”, porque la voluntad es para nosotros lo que nos guía, lo que nos salva.

Por otra parte en el Evangelio, estamos empezando entre semana a proclamar el Evangelio de san Marcos, ahora estamos concluyendo ya el capítulo I. Se nos dice como Jesús fue a la casa de san Pedro y san Andrés, su suegra estaba enferma, con fiebre en cama, le avisaron a Jesús se le acercó, la tomó de la mano, la levantó y en ese momento se le quitó la fiebre y ella se puso a servir. Después se dice como a Jesús le llevaron muchos enfermos y poseídos por el demonio, los curó, expulsó a muchos demonios. Después se levantó muy temprano, se fue a un lugar solitario para hacer oración, lo andaba buscando y dice como fueron por muchas partes, recorría Galilea, predicando en las Sinagogas y expulsando a los demonios. Esta es la misión de Jesús, predicar la Palabra de Dios, sanar a los enfermos, expulsar a los demonios, hacer el bien. Como san Pedro va a resumir toda la vida de Jesús diciendo que pasó su vida haciendo el bien.

La Virgen María igual, Ella está siempre al pendiente de los demás, a penas le dicen que va a ser la Madre del Salvador e inmediatamente se va a ayudar a su prima Isabel, ya anciana, le faltaban tres meses de su embarazo, ayudar ahí en los quehaceres de la casa, la Virgen María una mujer servidora. Juan Diego igualmente, no sólo obediente a la Virgen, se preocupa por su tío que está enfermo y un momento determinado prescinde, quiere hacer a un lado a la Virgen para no encóstrasela, porque él está preocupado por su tío. Todo esto para nosotros es muy importante. ¿Cuál es la actitud de un cristiano, de la Virgen, de san Juan Diego? Servir y ayudar a los demás, proclamar la Palabra de Dios, ayudar a los que están sufriendo sea en su cuerpo o sea en su espíritu, eso nos identifica como cristianos.

En la Pastoral Indígena, cuya asamblea estamos realizando en estos días, una de las preocupaciones es esa, que la Palabra de Dios llegue a todos, que descubramos todo lo que Dios ha hecho en estas comunidades, todo lo que Dios ha sembrado en estos pueblos, pero, también, que nos preocupemos por la situación de pobreza, de marginación en que viven muchísimos de ellos, casi la mayoría. Despreciados, ahora obligados a emigrar puesto que sus tierras ya no dejan, el maíz no deja. Con muchos problemas, situaciones difíciles y no podemos nosotros prescindir de ello, cuando hablamos de estos temas, no es meterse en lo que no nos interesa, no es que eso son cosas del gobierno, cosas de la política, es puro Evangelio. Es preocuparse por lo demás,  por los que tienen hambre, como Jesús dice “denles de comer por los que están enfermos, por los que están poseídos por el demonio, es preocuparse por lo demás”. Esta dimensión de la Virgen, de san Juan Diego, de Jesucristo, no la podemos hacer a un lado, si nos desinteresáramos de los que sufren, no seríamos discípulos de Jesús, no seríamos cristianos, no seríamos humanos siquiera.

Que la Virgen María nos ayude y nos enseñe a vernos como hermanos y a preocuparnos por los que sufren, que tengamos este corazón, que de la Eucaristía que estamos celebrando brote esta dimensión de amor, de servicio a los demás, sobretodo a los que sufren. La Virgen María lo aprendió de Jesús, el Espíritu Santo le proyectó siempre al servicio de los demás, como lo hacía, por ejemplo, en las Bodas de Caná o lo hizo en el Calvario siempre cerca del que está necesitado, que la Virgen María nos ayude.

Traemos a sus plantas nuestras intenciones, deseos y necesidades, pero Ella también que nos ayude a ver las necesidades de los demás a proyectarnos a los que más sufren como lo hizo Ella, como lo hizo Jesucristo nuestro Señor.

Que así sea.

 
 
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