Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Mis
amados hermanos y hermanas de la Vida Consagrada, muy queridos
hermanos en ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.
El día de ayer el Señor Jesús en el trozo del Evangelio reprochaba
a sus conciudadanos no saber interpretar los signos de los tiempos,
cuando son perfectamente capaces de interpretar los signos meteriológicos.
Mis amados hermanos, la Iglesia de nuestros días cuida y ha cuidado
siempre especialmente ser fiel a esta invitación del Señor Jesús:
saber discernir, saber interpretar el paso de Dios por nuestra
historia. El Señor Jesús es el Señor de la historia, se ha hecho
historia, está con nosotros. Y nosotros tenemos la gracia y el
privilegio de experimentar y vivir la presencia permanente de
Santa María de Guadalupe, desde hace 477 años Ella camina a nuestro
lado, Ella está junto a nosotros.
El Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium Et Spes, decía:
“Es deber permanente de la Iglesia escrutar a
fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda
la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad
sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura.
Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en
que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el rasgo dramático
que con frecuencia le caracteriza.”
Mis amados hermanos y hermanas, analizando el estado
actual del mundo ¡cuántos signos tenemos que nos hablan de la
presencia del Señor! El mismo Concilio ha reconocido algunos
de estos signos de los tiempos. Hace 43 años, en 1965 termina
el Concilio, tenemos 43 años de Concilio Vaticano II. Seguramente
es urgente celebrar otro, no sé. Es el Espíritu el que suscita
esto, porque han aparecido nuevos signos, que estamos tratando
de interpretar, dice el mismo Concilio que son signos de los tiempos,
que son esenciales y señala: la solidaridad creciente de los pueblos,
el ecumenismo, la preocupación por la libertad religiosa, la necesidad
del apostolado de los laicos. Estamos en el siglo de los laicos.
El mismo Concilio dice: “Movidos por la fe,
que le impulsa a creer que quien le conduce es el Espíritu del
Señor, que llena el universo, el pueblo de Dios se esfuerza en
discernir en los acontecimientos, las exigencias y los deseos
que le son comunes con los demás hombres de nuestro tiempo y cuáles
son en ellos las señales de la presencia o de los designios de
Dios.”
Mis amados hermanos, démonos cuenta del momento
en que nos encontramos. El Señor de la historia, Dios, conduce
la historia. Dios sigue actuando hoy, y es preciso según la invitación
de Jesús darnos cuenta en el momento en que nos encontramos.
Sus contemporáneos allá en Palestina en aquella época, no supieron
aprovechar las actitudes prodigios del tiempo excepcional que
estaban viviendo. Y nosotros hoy en el tercer milenio, hermanos,
que estamos viviendo ¿la estamos aprovechando? ¿Aprovechamos esta
presencia amorosa de Santa María de Guadalupe? ¿Esta presencia
promotora, esta presencia que nos anima, que nos alienta?
Recuerdo un día, una persona me dice: Monseñor
quiero regalarle un reloj, pero quiero que me de una frase para
el reloj, una frase suya, algún pensamiento de usted. Y ese reloj
tiene está frase: “mi tiempo vivido en Cristo, por Cristo y
con Cristo alentado por la Santísima Virgen María es un tiempo
de plenitud”.
Y es cierto, hermanos, cuando vivimos nuestro tiempo
enraizados y cimentados en Cristo, como decía Pablo hace dos días
nuestro tiempo es de plenitud, saboreamos de alguna manera ya
la eternidad. En Grecia se designaba el tiempo de dos maneras.
El Khronos o sea el tiempo que transcurre minuto a minuto,
día a día, de la cual podemos llevar un control por medio del
reloj, por medio del calendario, por medio de nuestras agendas,
ahora por medio de la computadora, del celular. Es el tiempo cuantitativo
y el que más determina nuestra vida. La otra expresión que se
refiere al tiempo es: Kairós, palabrita rara, pero que
puede entenderse como coyuntura especial que sucede en el Khronos,
que sucede en el tiempo. Pero que tiene la virtud de transformar
la vida; que tiene la virtud de darle dimensiones nuevas a la
experiencia de la cotidianidad. El kairós no tiene en cuenta
el número de días o de años, sino como vivimos cada instante.
Este instante, este día, este año ¿realmente lo vivimos intensamente?
¿En qué medida nos hizo crecer este tiempo? Sólo se crece desde
Jesús; sólo se va madurando desde el aliento del Espíritu de Jesús
que está en nosotros, hermanos. ¿En qué medida nos hizo crecer
el tiempo? preguntémonos, este que estamos viviendo. Miren, Jesús
crítica su generación porque se ha dejado dominar completamente
por el Khronos, ahí la van pasando y a veces así somos
nosotros la vamos pasando y por lo tanto no vamos más allá de
nuestros afanes para perseguir la experiencia de la presencia
del Reino de Dios entre nosotros.
Hoy el Señor Jesús a través de dos acontecimientos
muy sencillos continúa invitándonos a vivir en plenitud nuestro
tiempo; a darle sentido y razón de ser a nuestro tiempo. La mayor
parte de las enseñanzas evangélicas llevando los soportes tanto
de la vida real. A veces simplemente datos cotidianos; otras veces
casos excepcionales. Miren, aquí se trata de la ejecución de unos
galileos por Pilato, donde interviene la maldad del hombre y los
muertos por accidente al derrumbarse la Torre de Siloé una desgracia
natural. Aquí están dos acontecimientos: el uno es el resultado
de una voluntad humana. Pilato gobernador romano dominaba una
revuelta de zelotes, que querían derribar el poder establecido.
La represión política, mis amados hermanos, es
de todas las épocas y de todos los tiempos. El otro suceso es
puramente fortuito se desploma una torre de Jerusalén, es un accidente
material, todo lo que a caerse puede ser, mis hermanos, portador
de un mensaje, es un signo si sabemos hacer su lectura desde la
fe, desde el Evangelio, desde la presencia amorosa de Dios en
nuestras vidas.
Pensemos ¿cómo nos habla Dios hoy en día? Tal la
enfermedad, tal los frascazos, tal el éxito, tal solicitud, tal
amistad, tal responsabilidad, tal accidente, tal hijo que nos
da preocupaciones, dolores de cabeza: que ya cayó en la droga,
que ya cayó en el alcoholismo, que no ha encontrado el sentido
a la vida, que se ha dejado llevar por estas corrientes niquilistas,
destructoras, absurdas.
Mis amados hermanos y hermanas, todo es signo.
¿qué quiere Dios decirnos a través de estas cosas? ¿qué quiere
decirnos hoy cuando la familia es atacada y destruida? Hay intentos
de destruirla, de acabarla ¿qué quiere decirnos el Señor cuando
hay leyes que se oponen a la vida, que destruyen la vida desde
su comienzo? ¿qué quiere decirnos el Señor ante tanta violencia,
ante tanta inseguridad, ante tanta corrupción, ante esta crisis
económica? ¿qué nos está diciendo el Señor? ¿Piensan ustedes que
aquellos galileos eran más pecadores que los demás?, pues yo les
digo que no, dice Jesús, si no se convierten, aquí está la enseñanza
que quiere darnos el Señor, sino se convierten todos ustedes perecerán
de la misma manera. Podemos equivocarnos en la interpretación
de los signos de los tiempos, hermanos, pidámosle al Señor las
luces del Espíritu, para saber vivir cada momento, cada día, cada
instante enraizados y cimentados en Cristo.
En tiempos de Jesús, hoy también por desgracia,
es corriente esa interpretación, se creía que las víctimas de
una desgracia recibían un castigo por sus pecados. Es una manera
fácil de justificarse, es una manera fácil de acallar la conciencia,
ya estamos al final de los tiempos, ya está todo por acabarse.
Bendice unas velas, bendice los alimentos, guárdalos, mira que
ya viene el fin del mundo. Cuidado, no nos dejemos engañar.
Que el Señor Jesús, mis hermanos, da otra interpretación
a las catástrofes, a las desgracias. No son un castigo divino,
Jesús lo afirma sin equívoco alguno. No obstante, mis amados hermanos,
son para todos una invitación a la conversión; una invitación
al cambio de vida; una invitación a dar frutos. El pecado, los
apetitos desordenados, la codicia; en definitiva el irrespeto
a la vida, son actitudes que nos juzgan y condenan y pueden producir
un desenlace peor, que si nos cayera encima la misma Torre de
Siloé o de la Torre de Pemex o la Torre Latinoamericana.
Mis amados hermanos, el creyente, nosotros, hemos
de vivir según los criterios de Jesús; según la inspiración de
Jesús en actitud constante de producir buenos frutos, eso es lo
quiere decir con la Parábola de la higuera y el labrador. Dios
nos ha dado a cada uno la capacidad de hacer el bien, de cultivar
la justicia, de mantener unas relaciones sanas con los demás y
con Dios mismo. Pero, como dueño y señor de esas higueras, que
somos nosotros. El Señor puede exigirnos, puede pedirnos cuentas,
mis hermanos, soy una higuera estéril para Dios, para mis hermanos.
Tenemos aquí un elemento capital de apreciación de los signos
de los tiempos: la paciencia de Dios. La intercesión de ese viñador
es una línea de conducta para nosotros. La intercesión de la Señora
del Cielo permanentemente, mis hermanos, es una línea de conducta
para nosotros. Ella no va a dejar que se nos quiebre este país,
este continente, definitivamente. Ella sigue intercediendo definitivamente
por nosotros.
Es necesario, pues, no perder un minuto en trabajar
en nuestra propia conversión. Como Dios es paciente con nosotros,
nosotros debemos ser pacientes con los demás e interceder, también,
a favor de los demás, pensemos en esto.
Que la Señora del Cielo a quien hoy festejamos
en este sábado nos anime. Anime a estos niños que hoy reciben
la medalla de la Virgen de Guadalupe, para que experimenten su
protección, su auxilio, su defensa y sobretodo una medalla es
para que nos recuerde que tenemos que vestirnos de las virtudes
de quien llevamos esa medalla. Que nuestros niños, como nosotros
lo intentamos los adultos, nos revistamos cada día de las virtudes,
de los sentimientos, de las actitudes de la misma Señora del Cielo
Santa María de Guadalupe.
Que el Señor bendiga a los profesores que tiene
estos niños, a los hermanos la sallistas que con tanto cariño
desde hace ya casi sesenta años van guiando, conduciendo, llevando
a nuestros niños por los caminos del Señor.
Pensando en esto, viviendo nuestro Khronos,
nuestro tiempo en Cristo, por Cristo y desde Cristo lleguemos,
mis hermanos a un Kairós, a una plenitud.
Que así sea.