Versión
estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Pbro. José Antonio Méndez,
en representación de los directores de los Colegios
de los Legionarios de Cristo, en su peregrinación a la Basílica
de Guadalupe.
3 de marzo de 2008
Estamos aquí todos los colegios legionarios y del Regnum
Christi masculinos. Somos alrededor de tres mil alumnos, más profesores
y padres de familia.
Venimos aquí a los pies de la Santísima Virgen de Guadalupe
porque queremos amarla, porque queremos reconocerle, porque sabemos
que es nuestra Madre y por eso todos en nuestro corazón lo abrimos para
consagrarnos. Consagrarnos como hijos de la Santísima Virgen de Guadalupe,
y en esa consagración, comprometernos cada uno, en particular y libremente,
a vivir de forma seria, concreta, todos los principios del Evangelio
de nuestro Señor Jesucristo. A no ser uno más del montón; a dar la cara
por Cristo; a dar la cara por la Iglesia; a dar la cara por la Santísima
Virgen de Guadalupe.
Hace algunos días estaba yo en el sur y visité una parroquia
cerca de Chetumal, que todavía hasta ahora sigue pesando sobre sus muros,
sobre su techo, sobre todas sus paredes, el terremoto Elvimar. Todavía
no está reconstruida, a penas han podido rehacerla un poco, para que
las personas se acerquen a la Eucaristía y puedan ahí, también, acercarse
a la Santísima Virgen. La madera que cubre esas bancas, pues, es una
madera corriente, disforme, sus bancos y todo está bruscamente hecho.
Todo me hablaba ahí de una gran pobreza, sin embargo, la capillita o
la iglesia estaba llena, a rebozar. Era una misa de una muchacha que
cumplía quince años, para consagrarse igual que nosotros a la Santísima
Virgen. Antes de comenzar la Santa Misa fui a la sacristía. La sacristía
se podrán ustedes imaginar toda desecha y escuche que allá en el otro
lado de la pared había mucha risa, mucha alegría, y entonces metí las
narices para ver que pasaba ahí, era el grupo de los catequistas, un
grupo de jóvenes; que entorno a una religiosa, a una monja iban aprendiendo
a como transmitir la Palabra de Dios a sus hermanos. Entonces, a voleo,
escogió uno por ahí, y le dije oye ¿y qué le enseñas a los niños y a
los jóvenes? Él me contestó con mucha seguridad lo siguiente: les enseño
a que conozcan y amen a Dios y se quedó callado. Conozcan y amen a Dios,
esas palabras cayeron en el fondo de mi corazón: para que conozcan
y amen a Dios.
Precisamente, hoy estamos aquí para que la Santísima Virgen
nos enseñe a conocer y amar a Dios; para que cada uno de nosotros reavive
ese conocimiento que da la fe y el amor a Cristo. Hoy, la Santísima
Virgen nos mueve a consagrarnos en este amor y en este conocimiento.
Conocer y amar a Cristo. Esto es lo que hay que pedirle a la Santísima
Virgen, hoy, aquí en su Santuario, que cada uno de nosotros desde los
mayores de la preparatoria hasta los más pequeños conozcan y amen a
Jesucristo.
Ahora, quisiera transportarnos con nuestra imaginación a esos
patios, a esas clases que los reciben a ustedes durante todo el año,
tal o cual colegio, tal o cual preparatoria, tal o cual primaria allá
donde pasan ustedes horas completas estudiando, también, divirtiéndose,
también jugando, en todos esos patios, en todos esos edificios hay una
capilla. Una capilla que siempre invariablemente será el centro de nuestros
colegios. Una capilla que si abres la puerta y entras en ella, sea grande
o pequeña, encontraras en Sagrario en medio y la Santísima Virgen a
un lado. Porque la Santísima Virgen, hoy, en ese conocer y en ese amar,
nos quiere invitar a dar pasos concretos en nuestra vida espiritual.
Hace algunos años ya, muchísimos tal vez, yo era director de
una secundaria que esta aquí gratamente representada, y recibí una llamada
telefónica de nuestro padre fundador, el Padre Marcial Maciel, yo cogí
todo ilusionado el teléfono, y nuestro padre me hizo una pregunta, nada
más una pregunta, de las miles de posibilidades que había de preguntas.
Y una pregunta que yo también se las haría a ustedes y a todos nuestros
hermanos legionarios. Me dijo nuestro padre ¿cuántos alumnos comulgan
cada día? Esa pregunta se las quisiera yo hacer a ustedes, ¿cuántos
de ustedes teniendo la facilidad de la comunión todos los días en sus
colegios están comulgando todos los días? Están haciendo construyendo
en su alma al Cristo como centro y criterio de sus vidas ¿cuántos de
ustedes profesores? ¿cuántos de ustedes alumnos aprovechan esa inmensa
gracia? Yo conozco muchos colegios donde no está Cristo, no porque no
quieran, sino porque no alcanzan los sacerdotes para tener ahí a Cristo,
pero lo que sí les puedo asegurar que en cualquier colegio legionario
lo que se busca ante todo es que se pueda repartir todos los días la
sagrada forma.
¡Qué dolor tan grande para la Santísima Virgen, para su corazón,
para estos hijos tan amados que son ustedes! ¡Qué dolor tan grande tener
la Eucaristía, ahí en su colegio y no frecuentarla! ¡Qué dolor más grande!
Hagamos hoy ese compromiso de vivir la Eucaristía en nuestro colegio
como nos lo enseñó siempre nuestro padre fundador: Cerca de Cristo,
como centro y criterio de todo nuestro actuar y hacer.
Es impresionante si tú vas a cualquier santuario mariano del
mundo: llámese Lourdes, llámese Medjugorje, Guadalupe, encontraras aquí
mismo muchísimos confesionarios, que abren sus puertas para dar el perdón
de Dios a todos aquellos que con humildad se acercan a Dios nuestro
Señor, basta eso, basta ser humilde. Y me viene a mi memoria en una
de estas peregrinaciones de los colegios, yo me puse a confesar, termine
de confesar dos o tres horas, y al final vi que una persona se metía
al confesionario. Ahí mi ángel bueno me dijo: vuélvete a meter al confesionario
para seguir atendiendo a las personas que sean y a esta persona que
se ha metido ahí. El ángel malo me dijo, bueno tú ya cumpliste, a ti
te mandaron venir a confesar a los muchachos a los padres de familia,
a los profesores de nuestros colegios, y ya se han ido todos, que ya
venga el padre que tiene que venir. Pues, me metí al confesionario y
ha sido la confesión más dramática que he escuchado en mi vida, y al
terminar de oír esa confesión y al terminar de dar el perdón y al terminar
de aconsejar a la persona, le pregunté: oiga señora ¿y por qué vino
hoy a confesarse? Y dice: padre yo vivo aquí cerca de la Villa y he
venido una y mil veces, y he hecho la cola para la confesión, pero en
tanto, cuando me iba yo acercando al confesor de la vergüenza que tenía
para confesar el pecado, que usted ha escuchado, me salía y me iba una
y otra vez y me volvía a salir de vergüenza, y le dije: ¿y por qué hoy
se ha metido? Porque sentí un impulso que me arrastro al confesionario.
Yo dije: si esta mujer hubiera sabido que yo dudé en confesarla, porque
ya no me tocaba a mí, que dramático, que tremendo, pues, ahí tienen
otro sacramento.
Un sacramento que ustedes gracias a los capellanes de nuestros
colegios lo tienen todos los días, basta con pedírselo al director,
basta con pedírselo al capellán. ¡Qué formidable! cada día si estás
en pecado puedes recibir de nuevo la gracia de Dios, que te perdona,
que te limpia y que te da la fuerza para no pecar.
Defiendan la confesión todos los días, acérquense con ellos
vean que es lo más grande que les puede dar este colegio. Ya irán ustedes
a la universidad y luego a la vida y verán que no hay tantos sacerdotes
como parece y que de repente se dificulta un poco la confesión. Ustedes
la tienen ahí todos los días. Aprovechamos ese don, también, de la confesión,
¿nos acercamos con sinceridad, con honestidad, sabemos y amamos la confesión?
Vamos a pedirle a la Santísima Virgen, que como mediadora de
todas las gracias y desde aquí, desde el Tepeyac, desde este monumento
a la gracia de Dios, nos ayude a valorar y a ponderar lo que tenemos
en nuestros colegios y que tal vez no lo ponderamos como debiéramos.
No quisiera, yo, terminar esta homilía sin animarles a todos,
porque sé que ya están ilusionados muchos de ustedes, para las próximas
misiones, para la Mega Misión, piensen en esas almas que ustedes van
poder acercar a Dios nuestro Señor.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.