15 de agosto de 2008
Reflexión
de Juan XXIII
La
suave imagen de María se ilumina e irradia en la suprema
exaltación. ¡Qué bella escena la Dormición
de María, tal como los cristianos de Oriente la contemplan!:
Ella permanece distensa en el plácido sueño de la
muerte y Jesús está junto a ella y tiene en su pecho,
como a un niño, el alma de la Virgen para indicar el prodigio
de la inmediata resurrección y glorificación. Motivo
de consuelo y de confianza en los días de dolor para aquellas
almas privilegiadas, que Dios prepara en silencio para los más
altos triunfos. El misterio de la asunción nos familiariza
con el pensamiento de nuestra muerte, en una luz de plácido
abandono en el Señor, que queremos que esté cerca
en nuestra agonía para recoger entre sus manos nuestra alma
inmortal...
