Mensaje
del Cardenal
Norberto Rivera Carrera y su Consejo Episcopal a la Arquidiócesis
Primada de México con motivo de la emergencia
de la influenza.
30 de abril de 2009
A los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas, Pueblo
de Dios y personas de buena voluntad que peregrinan en la ciudad de
México.
Precisamente cuando la Iglesia Católica celebra el gozo pascual
de la Resurrección del Señor, los mexicanos enfrentamos una de las experiencias
más dolorosas de los últimos tiempos, debido a la alerta sanitaria por
la “influenza” que se ha convertido en una seria amenaza para la vida
de los habitantes de nuestro país y de otras naciones. Por ello, ante
la gravedad del problema y la consecuente zozobra que éste provoca,
sus Pastores les recuerdan que no están solos, estamos y estaremos siempre
con ustedes confirmándolos en la fe, fortaleciéndolos en la esperanza
e impulsándolos en la caridad, principalmente con nuestros hermanos
que se hallan en desgracia a causa de esta epidemia.
Somos conscientes de que la realidad es dura y dolorosa, por
ello les pedimos abrirse hoy más que nunca a la escucha y a la meditación
de la Palabra de Dios que, en estos días, nos presenta a Jesús imprimiendo
ánimo y fortaleza a su comunidad: “Aquél mismo domingo, por la tarde,
estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas cerradas
por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
‘La paz esté con ustedes’, y les mostró las manos y el costado. Los
discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de
nuevo: ‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, yo también
los envío a ustedes’ (Jn 20 19-21)”.
Ante la dolorosa situación que vivimos, también Jesús nos invita
a salir de nuestro miedo y cerrazón, nos pide abrir las puertas y nos
envía a ser portadores de su mensaje de amor y esperanza a todos aquellos
que viven enclaustrados en el pánico y paralizados por el temor a la
muerte. Sus Pastores, queridos hermanos, tenemos claro que no es momento
de escondernos, menos aún acobardarnos sino de trabajar, exhortar, consolar;
en pocas palabras, se trata de ser testigos del Señor, siendo instrumentos
de su caridad y de su misericordia para con el prójimo.
Desgraciadamente, pese a los enormes esfuerzos de nuestras
autoridades federales y locales, la proliferación del virus de la influenza
ha provocado un escalamiento de los grados de riesgo que determina la
Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, gracias a Dios Nuestro
Señor y a la intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, las víctimas
no se han multiplicado considerablemente, y esto nos llena de esperanza,
al igual que el hecho de saber que los afectados, siempre y cuando sean
atendidos a tiempo, pueden ser curados.
Para todos aquellos que han sufrido la irreparable pérdida
de un ser querido, van nuestra solidaridad y oraciones para que Dios
los conforte pronto con la esperanza de la futura resurrección.
Por otra parte, sea este mensaje un nuevo llamado a la sociedad
en general, a la que recordamos su deber moral de atender y obedecer
las constantes recomendaciones que emiten las autoridades sanitarias.
Debemos hacer conciencia de que la solución a esta amenaza no solamente
está en la actuación de nuestros gobernantes, sino que se requiere de
la colaboración de toda la sociedad, por lo que les pedimos prevención,
más que preocupación; acción, más que temor, y sobre todo responsabilidad.
Los cristianos, en particular, tenemos una enorme obligación
en estos momentos, ya que el Señor Resucitado sigue actuando a través
su Iglesia, y nos exige salir al encuentro de los necesitados. Por ello,
debemos asumir el papel de ser multiplicadores de las disposiciones
preventivas y sanitarias, y velar por quienes han sido infectados por
este virus, pues estas personas necesitan urgentemente de acompañamiento
y amor. Sólo así podrán experimentar la solicitud y la misericordia
divina que consuela, perdona y ama. Pero nuestro compromiso con Dios
va más allá de los nuestros, y resulta imperioso tender también la mano
a las personas solas y desamparadas.
A nuestros hermanos sacerdotes, les recordamos su compromiso
pastoral: el buen pastor no abandona al rebaño en el peligro, por el
contrario, lo cuida, lo alimenta y lo defiende, y da la vida por sus
ovejas (cfr. Jn 10, 7-16), por lo que les pedimos que estén al pendiente
de sus comunidades, que atiendan con caridad a los enfermos, que estén
prontos para auxiliarlos con los sacramento de la confesión, la unción
y la Sagrada Comunión, que consuelen y conforten a las familias, que
sean portadores de esperanza, que promuevan la oración confiada y perseverante,
que oren intensamente por la salud del pueblo, que fomenten la caridad
parroquial y que tomen como un deber, seguir las indicaciones prácticas
emitidas por la Arquidiócesis de México para la celebración de la Santa
Misa, procurando durante todo el tiempo de la emergencia que por ningún
motivo sean conglomeraciones multitudinarias que puedan poner en riesgo
de contagio a los fieles.
Debido a que la Organización Mundial de la Salud ha declarado
la etapa 5 de esta epidemia y en solidaridad responsable con nuestras
autoridades, una vez más, no sin gran dolor, para los pastores y los
fieles, el Sr. cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de
México pide con carácter de obligatorio la suspensión de las celebraciones
eucarísticas en todos los templos de la ciudad, en este cuarto domingo
de pascua, denominado del Buen Pastor. A su vez, les recuerda a los
sacerdotes su deber de celebrar la Eucaristía en privado aplicando la
intención por la salud del pueblo de México. Así mismo recordamos a
los fieles cristianos que quedan exentos del cumplimiento del precepto
dominical y los invitamos a que sigan las transmisiones por radio y
televisión que se harán a puerta cerrada de las eucaristías celebradas
tanto en la Basílica de Guadalupe, como en la Catedral Metropolitana
donde presidirá el Sr. Arzobispo.
No podemos dejar de dirigirnos al personal de salud, para felicitarlos
por su heroica labor humanitaria y para pedirles que sigan recibiendo
y velando con verdadera caridad cristiana a quienes han sido víctimas
de esta epidemia. Lo mismo, a ustedes, religiosas y responsables de
casas conventuales, para que hagan todo lo que está en sus manos a fin
de colaborar con las autoridades sanitarias en la atención de los dolientes
o en la oración.
Los laicos que se desempeñan en el ámbito gubernamental o empresarial
también tienen una gran obligación para que esta epidemia no afecte
las fuentes laborales y los ingresos de millones de mexicanos que hoy,
además del miedo que les genera la alerta sanitaria, se hallan preocupados
por una posible pérdida de empleo o disminución de sus recursos económicos.
Apelamos a su conciencia social para que protejan el trabajo de tantas
familias vulnerables.
En cuanto a la oportunidad de estar en casa que hoy tienen
tantas familias, debe ser una oportunidad para la convivencia y la oración,
la formación en nuestra fe, la lectura, el estudio, el cuidado de la
casa, y una serie de actividades que nos ayuden a cultivarnos íntegramente
como personas. Procuren que sus conversaciones sean promotoras de esperanza,
no fomenten las especulaciones que provocan incertidumbre y pánico;
por el contrario, mediten sobre el significado de estos signos de los
tiempos con los que Dios nos habla y nos mueve a la reflexión a fin
de ser conscientes de nuestros límites y fragilidades; es deber de todos
aumentar la caridad y despertar la solidaridad.
El Santo Padre, Benedicto XVI, nos recuerda en estos momentos
que “sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace
llevadero el presente” (Salvados por la Esperanza, 2).
Hermanos en Cristo, no olvidemos que el Señor se muestra en
medio de nuestro miedo y desconcierto, y nos dice: ‘¡Animo. No teman!’
Y si somos conscientes de que el Señor está con nosotros y se hace compañero
de camino en medio de nuestra desolación, tenemos que ver el futuro
con esperanza. No estamos abandonados a nuestras propias fuerzas y posibilidades,
contamos con la ayuda amorosa de Dios, que en medio del miedo nos dice:
¡La paz esté con ustedes! Y Él es nuestra paz.
La
Iglesia nos enseña que: “Los gozos y las esperanzas de los hombres
de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y cuantos sufren, son a
la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de
Cristo. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria
del género humano y de su historia” (GS 1).
Como ha sucedido en los momentos críticos de nuestra historia
nacional, una vez más recurrimos al amparo materno de la Señora del
Tepeyac, María Santísima de Guadalupe, para que interceda ante su Hijo
por nosotros, y en estos momentos de aflicción, no olvidemos sus dulces
y consoladoras palabras: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿Acaso
no estás en mi regazo? ¿A qué has de temer? ¿No soy yo tu salud?”.
Cardenal Norberto Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México