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Homilía
pronunciada por S.E. Mons. Carlos Briseño Arch, O.A.R., Vicario Episcopal de la II Vicaría
, en el Cuarto Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.

4 de diciembre de 2009

"El ministerio sacerdotal camino de esperanza para el cristiano"

Es el título que hoy nos convoca, vivimos momentos difíciles en este cambio de época y el mundo espera de los sacerdotes y de todos los católicos, que hemos recibido desde el bautismo el poder sacerdotal, una voz de aliento. Que seamos personas que sepan mostrar un camino de salida.

Nosotros debemos mostrar el rostro de Cristo, ser el mismo Cristo, para que a través de nosotros los demás puedan descubrir, que Cristo es el camino, la verdad y la vida. Se trata de anunciar a las gentes la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos a cerca de la dispensación del ministerio de Cristo oculto desde los siglos en Dios

En nuestro Ministerio Sacerdotal estamos llamados a mostrar que Cristo es Bueno, que Cristo es un Maestro Bueno, para que junto con el Padre y el Espíritu Santo, que ha creado el mundo son buenos y han creado un mundo maravilloso para nosotros.

El Adviento que estamos viviendo, lo vivimos desde una historia concreta con sus altas y con sus bajas, con sus momentos felices y con sus momentos no tan felices y las lecturas de hoy nos están diciendo, que este mundo tiene un remedio, este mundo precisamente, con sus defectos y calamidades, no otros mundos posibles. Que Dios nos quiere liberar de las injusticias que existen ahora, como en tiempos del profeta, de las opresiones, de los miedos. ¿Cuántas personas están, ahora mismo, clamando desde su interior? Esperando un Salvador, que no saben bien quién es y lo hacen desde su pobreza, desde el hambre, desde la soledad o la enfermedad, de la injustica y la guerra. Los dos ciegos tienen muchos imitadores aunque no todos sepan, que su deseo de curación coincide con la voluntad de Dios, que les quiere salvar. Pero nos podemos hacer nosotros mismos esta pregunta ¿en verdad queremos ser salvados? ¿nos damos cuenta de que necesitamos ser salvados? ¿nos identificamos con esos dos ciegos, que hoy en el Evangelio se le acercan a Jesús? ¿de qué ceguera nos tiene que salvar el Señor? Hay cegueras causadas por el odio, por el interés materialista de la vida, por la distracción, por la pasión, por el egoísmo, el orgullo o a veces por nuestra misma corta edad. No necesitamos, deberás, que Cristo toque nuestros ojos y nos ayude a ver y a distinguir lo que son valores y lo que son contra valores en nuestro mundo de hoy ¿o preferimos seguir siendo ciegos? permanecer en la oscuridad o en la penumbra y caminar por la vida desorientados sin profundizar en sus sentido manipulados por la última ideología de moda.

El Adviento nos invita a abrir los ojos, a esperar, a permanecer en búsqueda continua, a decir desde lo hondo de nuestro corazón: ven Señor, Jesús. A dejarnos salvar, a salir al encuentro del verdadero Dios, que es Cristo Jesús. Sea cual sea nuestra situación personal y comunitaria, Dios nos alegra con su mano y nos invita a la esperanza, porque nos asegura, que sí nosotros estamos con Él, Él siempre estará con nosotros.

La Iglesia peregrina hacía delante, hacía los tiempos definitivos, donde la salvación será plena. Por eso durante el Adviento se nos invita tanto a vivir en vigilancia y en espera exclamando: Maranatha, ven Señor, Jesús.

Al inicio de esta Eucaristía muchas veces repetimos, y ojala que lo hiciéramos siempre desde dentro, desde el fondo del corazón, creyendo lo que decimos. Siempre repetimos esa súplica de los ciegos Kyrie eleison, Señor ten piedad, Señor ten piedad de nosotros. Y lo hacemos haciéndonos consientes de que necesitamos de su luz, de que somos unos ciegos, de que necesitamos que nos purifiquen interiormente, que nos preste su fuerza, que nos cure de nuestros males y nos ayude a celebrar bien la Eucaristía, por eso decimos: Señor, ten piedad.

Es una súplica breve e intensa, que muy bien podríamos llamar oración de Adviento, porque estamos pidiendo la venida de Cristo a nuestras vidas, que es la que nos salva, la que nos fortalece, la que nos devuelve la luz. En este Adviento se tienen que encontrar nuestra miseria y la respuesta salvadora de Jesús, para ello los católicos del tercer milenio tenemos que fomentar en nuestra vida un trato no solamente afectivo, sino efectivo con Dios. Frecuentándolo a través de su Palabra, vivirlo en su Eucaristía, interiorizarla en el estudio para poder después mostrarlo a los hombres dando razón de nuestra esperanza, siendo portadores de la Buena Nueva en nuestro pensar, hablar y actuar.

Cuando nosotros encontramos a Cristo, como la perla preciosa, por lo que vale la pena vender todo con tal de conseguir, vivimos unidos a Él, comprometemos nuestra efectividad, nuestra emoción, nuestro corazón en la vida. Pero es un estado que estamos llamados a mantenerlo a lo largo de nuestra vida. La esperanza no nace de un esfuerzo personal, ni de una autosugestión, nace de abrirnos a la realidad de Dios, de abrirnos a la gracia de Dios y dejarlo entrar en nuestras vidas. La primacía de la gracia es un principio fundamental de la visión cristiana de la vida, como nos lo enseña Juan Pablo II en el Nuevo Milenio Ineunte hay la tentación, dice, que incida siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma, pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y por tanto nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del reino, pero no hemos de olvidar, que sin Cristo nada podemos hacer.

Leer nuestra vida desde Cristo implica un gran esfuerzo de salir de nuestros propios razonamientos y condicionamientos humanos, es un trabajo diario. Pues, además debemos de ser ejemplo para que todos nuestros hermanos caminen por esta senda seguir a Jesucristo es caminar con seguridad hacia la felicidad. Cantar, lo que cantaba el salmista, el Salmo de hoy: el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el que me da la seguridad, para llegar a ser feliz, Él que me da la vida bienaventurada, en definitiva Él que me hace santo.

Y el camino que Él nos propone, para lograr este fin es el camino de los mandamientos, por eso nosotros no debemos de verlo, como nos ve nuestra sociedad pagana, que nos enfoca como una ley que nos aplasta, sino los mandamientos es una ley que nos libera, que nos hace vivir con mayor profundidad nuestra propia humanidad.

Hace unos días un político me dijo: nosotros estamos para solucionar problemas humanos de los hombres, para humanizar la sociedad y ustedes están para resolver los problemas espirituales. Le hice ver, que precisamente Cristo vino a este mundo a humanizarlo, además Él realizó su humanidad a la perfección y nos mostró el camino con su vida, para poder llegar a humanizar en nuestro mundo, que precisamente la labor del católico, el cristiano, es humanizar su sociedad. Por eso la Iglesia a lo largo de los siglos ha buscado siempre servir al hombre dignificando su humanidad, humanizando. La Iglesia es la fundadora de escuelas, de hospitales, de asilos, de orfanatorios, de hospitales de enfermos crónicos, de niños de la calle, entre otras muchas obras.

Los católicos hemos salido y seguimos saliendo al paso, cuando hay inundaciones, terremotos o algún desastre natural. Las obras sociales, las obras de humanización, que tiene nuestra sociedad mexicana y el mundo, que tiene la Iglesia en ellas son incontables y la mayoría de las veces desconocidas para la mayoría de nosotros, porque no se les da publicidad, porque no se buscan los aplausos, ni los reconocimientos, ni las cámaras, ni las luces. Sin embargo, es necesario que nos sintamos orgullosos, como católicos de tantos hermanos y hermanas nuestras, que han dejado y siguen dejando sus vidas al servicio del prójimo ellos son una luz de esperanza para este mundo. Por el medio del cual nos invita Dios a imitarlos.

Los católicos seguimos siendo en este mundo desesperanzado promotores de esperanza, y si comento esto es porque un día un periodista me sorprendo con esta pregunta ¿cuándo la Iglesia va a realizar una obra social? Ahí me di cuenta, como muchas veces no tenemos conciencia de que nosotros estamos siendo factores de esperanza, para nuestra sociedad. Al vivir un cambio de época estamos viviendo momentos de decadencia humana donde la cultura de la muerte se levanta como un monstro que quiere comer a la humanidad, que quiere atentar contra la vida desde su concepción, que fomentan todo para destruir el núcleo familiar, privando a muchos infantes del acompañamientos de sus padres. Que al anciano lo promueve para quitarle positivamente la vida, que fomenta el consumo de sustancias en lugares donde se destruye la vida. El consumismo se presenta, como ideal para ser feliz, sino escuchemos los anuncios de la publicidad. Esta Navidad da felicidad regalando tal cosa, como si la felicidad fuera el tener, estuviera centrada en el tener y no en el ser.

Por eso hoy se nos pide, con una renovada urgencia, a los sacerdotes y a todos los laicos que ejercemos el sacerdocio común de los fieles, que nos identifiquemos con la causa que Cristo vino a sembrar al mundo, esa causa de esperanza y a reconciliar a los hombres entre sí. Que no desfallezcamos en la misión que tenemos como Cuerpo de Cristo de continuar la tarea, que Él nos ha asignado a cada uno de nosotros con la vocación a la que cada uno de nosotros ha sido llamado. Nosotros somos esperanza para los hombres. Transparentar el rostro humano de Cristo es transparentar el rostro humano de Dios. Rostro con sentimientos nobles, con un corazón integrado, con un corazón lleno de misericordia, con un rostro conciliador, con un rostro más humano.

Dios ha querido contar con los sacerdotes y con todos ustedes, hermanos, que por el bautismo, también, participan del sacerdocio común de los fieles, seres humanos con limitaciones. Limitaciones, que tenemos que ir subsanando con la gracia de Dios y también Señor nos ha dado carismas, dones, para ejercerlos hacia el vicio de nuestros hermanos.

Para poder lograr esta tan alta vocación necesitamos la oración de todos; necesitamos orar unos por otros, por los presbíteros y también por el pueblo sacerdotal. Pero, orar con esa esperanza: el Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Pero, también, en este IV Día del Dozavario en el que hacemos conciencia de que debemos ser promotores de esperanza, de nuestros hermanos, que viven en tinieblas y en zonas de muerte, debemos de recordar a nuestra Morenita del Tepeyac, que vino a dar un estimulo de esperanza a esta Nación, que se estaba forjando, debemos de pedirle a Ella, que interceda por nosotros para que nos haga también Dios promotores de la esperanza. Para que nos haga Dios con su intercesión hombres y mujeres de esperanza, como Ella lo fue y lo es para el pueblo de México.

Así sea.

 
 
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