Hermanos y hermanas, en
nuestro Señor Jesucristo.
Hoy hemos venido como peregrinos al Santuario
dedicado a Nuestra Madre Santa María de Guadalupe. Para celebrar
una vez más el Gran Acontecimiento que cambió los destinos de
la humanidad, el Memorial de la pasión, muerte y resurrección
de Nuestro Señor Jesucristo, el Mesías, el Señor. En este recinto
donde se encuentra como vigía, custodia y anfitriona la Señora
del cielo, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe, Madre
del verdaderísimo Dios por quien se vive, quien nos recibe y
nos da la bienvenida. En este día en que iniciamos el dozavario
de preparación rara celebrar el 478 aniversario de sus apariciones.
También, en el contexto del Jubileo Sacerdotal en donde el Señor
nos invita a vivir como discípulos y misioneros a imitación
de su Madre que fue la primera que dio testimonio de estar a
la escucha de su Palabra desde el momento en que aceptó el compromiso
de llevarlo en su seno y fue la primera en anunciar como misionera
las enseñanzas de su Hijo, ejercitando las virtudes de la humildad,
oración, servicio y entrega
Hoy como María, la sierva del Señor,
también nosotros queremos glorificar a Dios por las maravillas
que Él ha hecho con nosotros; lo cual nos llena de inmensa alegría
hacerlo, postrándonos aquí en su casa, ante su imagen.
Nos llena también de anhelo el hacemos
también nosotros, como Ella, mensajeros del Evangelio de su
Hijo, es decir sus discípulos y misioneros. Oímos justamente
en el oráculo de la paz mesiánica que el profeta Isaías anuncia
para su pueblo en la primera lectura diciendo: "Aquel
día la raíz de Jesé se alzará como bandera de los pueblos, la
buscarán todas las naciones a ella confluirán y será gloriosa
su morada"(Is 11,1-10). "Que lo aclamen dichoso
todas las naciones" (Sal 71, 17), nos dice el salmo de
hoy. María fue la que de manera particular glorificó y embelleció
la morada de Dios, llevándolo en su seno y fue la primera que
lo anunció como misionera; fue ella, también, quien se hizo
presente como mensajera en este nuestro pueblo en medio de los
montes, en esta colina del Tepeyac, para decimos que ha brotado
ya el renuevo del tronco de Jesé, sobre quien se ha posado ya
el Espíritu del Señor, y como nos dice en el evangelio de Lucas,
ha comenzado ya el año de gracia del Señor,
que es su salvación expectante hasta que venga de nuevo. Se
han cumplido los oráculos que pronunciaron los antiguos profetas,
y en Jesús el Emmanuel concebido por obra del Espíritu Santo
se ha gestado en el vientre purísimo de nuestra Madre y maestra
y ella, aquí en el Tepeyac, así se ha presentado como la mujer
encinte que está por dar a luz, como lo muestra el ceñidor negro
de su túnica; rodeada con el sol con la luna bajo sus pies y
en actitud de adoración, que evoca la mujer de la Apocalipsis
del Cap. 12, más aquí se hace presente para los habitantes del
valle del Anáhuac, de tez morena, manto de jade, turqueza y
túnica como rosa de castilla, como el horizonte de primavera
formada por pinceles celestiales. Ella nos anuncia que ha terminado
el oprobio, la opresión, ha terminado el tiempo de la esclavitud,
y ya despunta una nueva aurora. Porque ya de ahora en adelante
será la sabiduría encarnada y la inteligencia plena, quien nos
gobierne y quien se preocupará hasta el extremo por los pobres,
necesitados y oprimidos. Encarcelados y pecadores porque él
pondrá en práctica la justicia y la equidad y entonces nos mostrará
esa paz mesiánica, porque con la justicia, derecho y equidad
destruirá los lazos de injusticias, odios y maldad. y esa es
nuestra dicha y la más grande bendición que hemos tenido, porque,
a partir de su presencia, la fe y el evangelio arraigaron en
la conciencia y en la identidad de toda esta nación suya y nuestra.
Ahora nos toca también a nosotros mostrarlo,
hacemos nosotros también mensajeros de su Palabra, de su Evangelio,
sus discípulos y misioneros, porque precisamente ahora, desde
el encuentro de los obispos de Latinoamérica y los pueblos del
Caribe, reunidos en asamblea en Aparecida, Brasil, profundizaron
en el contexto de los signos de los tiempos de la necesidad
de ser discípulos misioneros, en nuestro mundo de hoy, poniendo
como modelo a nuestra Madre Santa María de Guadalupe, quien
se presentó en actitud de discípula de su hijo quien lo dio
a conocer con su testimonio de vida entregada a su servicio.
Con ello entendemos que a semejanza de María, tenemos que anunciarlo
desde nuestro corazón, con nuestra vida, con nuestra palabra,
con nuestra acción apostólica lo cual nos debe llenar de alegría,
como lo hicieron las discípulos desde el mismo llamamiento realizado
por Jesús.
Estamos en el contexto del Jubileo sacerdotal,
y con doble razón dirigimos nuestra mirada a Jesús el ungido
por el Espíritu de Dios, el sumo y eterno sacerdote, que nos
ha regalado también el don de "la unción sacerdotal', a
los ministros ordenados de nuestra Iglesia, ungidos con el óleo
sagrado para que como los apóstoles llevemos al mundo el mensaje
del Señor. El Señor nos llama a participar de su vida y de su
gloria, a caminar con él. Por ello como discípulos y misioneros,
estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y fidelidad
para hacernos prójimo con los más pobres.
Como sacerdotes, y en el contexto del
año sacerdotal con la vocación que el nos ha regalado, y de
acuerdo a lo que el evangelio nos dice hoy “Yo te alabo padre
porque has revelado estas cosas a la gente sencilla"
y como los discípulos, como María, no debemos olvidar nosotros
jamás que hemos sido:
1. Llamados por el amor del Padre: "Llamamiento
que hace Jesús, el Maestro, que conlleva una gran novedad...
los discípulos pronto descubren dos cosas del todo originales
en relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que
escogieron a su maestro; fue Cristo quien los eligió. De otra
parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender
la ley...) sino para alguien, elegidos para vincularse íntimamente
a su Persona...,
(Cfr. Mc 1, 17; 2, 14).
2. Configurados por el Padre en Cristo:
"Pues la admiración por la persona de Jesús, su llamada
y su mirada de amor buscan suscitar un respuesta consciente
y libre desde lo más íntimo del corazón como discípulo, una
adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por
su nombre,
para aprender de él (Cfr. Jn 10, 3) Es una respuesta de amor
a quien lo amó primero, nos amó "hasta el extremo"
(Cfr. Jn 3, 1). En este amor de Jesús madura la respuesta del
discípulo: "Te seguiré a dondequiera que vayas" (Cfr.
Lc 9, 57).
3. Enviados por Cristo a continuar su
misión: "El discípulo se fundamenta en la roca de la Palabra
de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación
a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras
de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de
Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos
salva (Cfr.Hech 4,12). En efecto, el discípulo sabe que sin
Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro".
4. Y finalmente, animados por el Espíritu
Santo: "... Como Jesús se presenta en el Evangelio de hoy,
"Se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó... te
doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra... ".
Ya desde el principio, los discípulos habían sido formados por
Jesús en el Espíritu Santo (Cfr. Jn 14, 26). Esta es la razón
por la cual los seguidores de Jesús especialmente los ministros
ordenados, deben dejarse guiar constantemente por el Espíritu
(Cfr. Gál 5, 25) Y hacer propia la pasión de Cristo, por el
Padre y el Reino.
Concluimos esta reflexión, encomendado
a Dios bondadoso y misericordioso, aquí a los pies de nuestra
madre la morenita del Tepeyac, Santa María de Guadalupe, madre
del verdaderísimo Dios por quien se vive, en donde encomendamos
a su intersección y protección a todos los sacerdotes, y que
leve a su hijo Jesucristo nuestras súplicas para que las reciba
nuestro Padre Dios, por la fuerza del Espíritu Santo. fin de
que: