7 de diciembre de 2009
"María acompaña la peregrinación en la
fe del sacerdote"
Hermanos presbíteros aquí presentes,
hermanos laicos que nos hemos dado cita en este lugar santo,
para expresar nuestro agradecimiento a Dios por la maravilla
de María Santísima, que nos trae a Jesucristo nuestro Salvador.
Hoy hemos escuchado un Evangelio,
que en lenguaje coloquial diríamos muy bien: no tiene desperdicio.
Podemos ver cada palabra, cada gesto, toda la escena del Evangelio,
y podemos sacar provecho para nuestra vida. Pero, nos vamos
a fijar, los invito, en ese término, en ese Palabra al final:
hoy hemos visto tus maravillas.
En este año de los sacerdotes,
no solamente para honrarlos, reconocerlos, animarlos, sino
para seguir redoblando el esfuerzo en pos de Jesucristo, Buen
Pastor. Los que hemos recibido el don del sacerdocio a nivel
ministerial a su servicio nos esforcemos más todavía. Identificándonos
con Jesús seamos más solícitos en lo que se requiera, en lo
que se mande. Para bien de toda la Iglesia; para esperanza
de esta humanidad. Pero, también, ustedes hermanos sacerdotes
por el hecho de estar bautizados. Creo que podemos sacar provecho
cada uno en su propia vocación y su estado de vida, en sus
propias circunstancias.
Viendo, pues, María nos acompaña
a los pastores a ser mejor sacerdotes al servicio del pueblo
de Cristo y a todo el pueblo de Dios también alentándoles
a ese sacerdocio allá en el propio campo de la vida familiar,
de la vida social. Voy a tomar esta última frase: hoy hemos
visto, Señor, tus maravillas. Y que nos viene a la memoria
casi en automático lo que María Santísima después de recibir
el gran don de ser elegida Madre del Salvador. Ella en esa
visita a su prima Isabel prorrumpe tomando palabras antiguas
y siempre presentes de alabanza a Dios: el Señor ha hecho
en mí maravillas. También, nosotros los presbíteros al
llamarnos, y no por meritos propios, sino por su infinito
amor a su pueblo nos llamó a colaborar en este servicio de
evangelización integral, como pastores, como servicio de Cristo
Cabeza, Buen Pastor, Eterno Pastor para su Iglesia. Él
ha hecho maravillas en estos hombres frágiles, porque
no somos más que simples hombres, seguiremos siendo eso simples
hombres, pero consagrados por amor de Dios para su servicio.
Y María nos va a enseñar un camino más de seguimiento, de
fidelidad y de entrega a modo de Cristo, Buen Pastor. Y a
ustedes, también, María les va a enseñar a ser fieles a su
propia vocación, a su propio servicio en el mundo.
Vemos, pues, como María reconoce
que al ser elegida y en Ella gestarse por obra del Espíritu
Santo, el máximo don, el total don de Dios, el mismo se nos
da en Cristo nuestro Salvador y empieza este caminito por
ser una mujer de fe, una fe sencilla, a toda prueba, no tiene
todas las respuestas, no tiene todas las claridades simplemente
cree en el Dios de sus padres, en el Dios de la historia que
se hace presente para consolar y responder, y animar a su
pueblo Israel. En el mismo Dios de las promesas, que hoy las
está cumpliendo a través de Ella para alegría y salud de toda
la humanidad.
Ahí empieza el camino y esa
es la invitación primera que nos hace María ser presbíteros,
sacerdotes, ser hermanos laicos de probada fe. Que aunque
no tengamos todas las razones más que las necesarias para
querer entregarnos a ese sí permanente, porque todos los días
en nuestro ministerio sacerdotal, como en su labor de familia,
de sociedad civil, es un desafío a la fe y ahí decirle al
Señor: sí, estoy dispuesto, estoy dispuesta, estamos dispuesta
a creer, a servir, a entregarlos a este ministerio que se
nos ha concedido, porque no es fácil. Ahí vemos a María, Ella
fue aprendiendo el significado de su “sí” inicial y se fue
confirmando a lo largo de su vida y no sin dolor, no sin conflicto.
Los primeros años con la ayuda de san José educando los primeros
pasos de este Niño, del Hijo de Dios. Cuando Él crece: el
dolor de la separación. Él tiene que tomar su camino, el que
le ha designado su Padre Celestial a favor de la humanidad
y toda madre y todo padre aunque sabe que educa para libertad
no deja doler esa segunda parida y ese segundo alumbramiento
de separarse del hijo, de la hija para que tome su camino,
como persona adulta. Y así Jesús, también, dejó la casa paterna
y tomó su camino el que le marcó su Padre y el que mueve su
caridad por la humanidad.
Y así, también, nosotros ¿cuántas
cosas vamos dejando en el camino de la vida, para seguir a
Dios, para servirle a Él? En las comunidades, en el caso de
los sacerdotes. Y sin alguna sombra de tristeza, ni de melancolía,
cuando menos en mi caso, creo que tampoco en el caso de los
padres que me acompañan. No podemos decir: hay es que deje
la posibilidad de una familia, de un matrimonio, de unos hijito.
Yo espero que estas alturas de la pelea estamos muy contentos,
hemos dejado muchas cosas con gusto, con conciencia, con generosidad
y hemos recibido al ciento por uno. Tiene sus desafíos, tiene
sus temores, su ministerio sacerdotal día a día en las parroquias,
en la diócesis, las diversas tareas que el Señor nos encomienda
a través de nuestro obispo. Igualmente ustedes un enorme desafío:
el que se casa, el que tiene una profesión, el que tiene un
servicio público, privado, etc., Es todo un desafío de decir:
que sí, mantenerse firme bajos ciertos criterios, bajo cierta
actitudes siempre buscando el bien común.
María fue aprendiendo y participó,
también, de las alegrías y esperanzas del pueblo y compartió
hasta una boda, así lo relata el Evangelio de san Juan y juntos
participan, como gente muy normal, común y corriente de las
aldeas. Como, también nosotros los sacerdotes participamos
de las alegrías de ustedes y no solamente con motivo de las
fiestas patronales, también en sus vidas particulares: que
si en su cumpleaños, que si la pérdida de un ser querido,
que si la alegría que llego un pequeño, etc., Vamos participando
de su vida y ustedes nos van enriqueciendo, nos van ayudando
a entenderlos más para acompañarlos mejor al participar de
esta vida cotidiana de familias, de comunidad.
Ustedes, también, van haciendo
otro tanto al compartir sus vidas entre vecinos, entre conciudadanos.
María nos enseña, pues, a que este sí de fe se vaya acrisolando,
vaya madurando, vaya dando fruto siempre caminando en el día
a día y no sin dolores y desafíos, pero confiados en Él. Hasta
el momento definitivo, doloroso de ver a su Hijo colgado de
una cruz. Estoy casi seguro que ahí es donde termino su aprendizaje
captando todo este misterio que se inició de un “sí” sencillo,
casi ingenuo, pero totalmente creyente en Dios. Como también
los sacerdotes cuando nos preguntan en el seminario ¿por qué
quieres entrar al seminario? Siempre decimos, y con cierto,
candor, pues, quiero seguir a Cristo, quiero evangelizar y
que con el tiempo a veces lo olvidamos un poco y habría que
rescatarlo. Ese candor, esa primera pasión, ese primer movimiento
de decir con atrevimiento, pero confiados en Dios: quiero
ser sacerdote, lo siento desde aquí adentro, quiero colaborar
a esta tarea si Tú así lo quieres Señor. Porque esto es lo
que nos va hacer capaces de disponernos en medio de tantos,
pues, movimientos de la vida, desafíos, oportunidades. Como
ustedes los que se casan o toman una decisión en algún trabajo,
los que se casan igual, basados en ese amor que inicia con
ciertos elementos se atreven decir: vamos a formar una pareja,
vamos a formar un proyecto en común, pero no saben lo que
va a pasar después, lo irán sabiendo, pero basados en ese
“sí” inicial y confiados en Dios van descubriendo, van enfrentado
y superando las diversas tareas de la vida, de su vida matrimonial,
de su vida familiar, de su vida social.
María, pues, es la gran Maestra
en los primeros pasos de Jesús, pero también la gran discípula,
que esta la cruz fue aprendiendo el gran misterio de su Hijo,
el gran misterio a la que estaba asociada, invitada desde
que dijo “sí” acepta ser la Madre del Redentor. Igualmente
a los sacerdotes, es en Cristo Jesús muerto y resucitado que
vamos aprendiendo el verdadero significado de nuestro ministerio
sacerdotal para ustedes. Pero, es también ustedes en este
Cristo muerto y resucitado van entendiendo sus vidas y la
van llevando a cabo haciendo lo mejor posible por aportar
no solamente a sus familias, sino a los pueblos de donde forman
parte ahí aportar. Pero desde esa experiencia del muerto y
resucitado Cristo Jesús.
Hermanos, hermanas, ojala,
pues, nosotros presbíteros como María podamos decir, con humilde,
pero también actitud abierta decir: en mí has hecho maravillas.
Hermanos sacerdotes permitamos, sigamos permitiendo ser brazos
largos del amor de Dios, atentos, afectuosos, cercanos, para
que de verás todo este don que se nos ha dado, que no es nuestro
y siempre nos va a quedar grande llegue a su objetivo: apacentar,
alimentar, consolar, acompañar en todas sus vicisitudes a
este pueblo de Dios del que formamos parte. No es sencillo,
no es nada sencillo, menos en estos tiempos, pero ahí tenemos
el modelo de seguimiento, de servicio: María. Una vez más
esta maravilla de Dios traía en su santo vientre para alegría,
esperanza de todos nuestros pueblos. Eso también nosotros
seremos a imagen de María preñados de Dios, llenos e identificados
con Cristo Sacerdote a su servicio.
Los tiempos que nos tocan vivir
son muy desafiantes, pero llenos de fe y de esperanza vamos
a aceptar las oportunidades que tenemos para evangelizarnos
nosotros mismos los pastores; para poder acompañarlos en su
reevangelización, hermanos, y podamos evangelizar un poco
más estas culturas, estos pueblos, este país, esta tierra.
Que María Santísima, también,
les diga a ustedes sacerdotes, también desde el bautismo para
que allá donde hagan la vida, donde la están compartiendo
sean eso un servicio sacerdotal, puente entre Dios y los hombres;
allá donde comercian, donde estudian, donde intercambian bienes
y servicios, donde hay desencuentros, pero también abrazos
fraternos para llegar a acuerdos justos y hacer que esta humanidad
camine un poco más según el Plan de Dios.
Hermanos, que todo lo demás
el Buen Señor Dios se lo diga a cada uno en su corazón según
su necesidad y según el ministerio que le ha confiado para
bien de todos.