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Homilía
pronunciada por el Pbro. Carlos Ruiz y Alvarado, Pro-Vicario Episcopal de la VIII Vicaría, en el Séptimo Día del Dozavario, en la Basílica de Guadalupe.

7 de diciembre de 2009

"María acompaña la peregrinación en la fe del sacerdote"

Hermanos presbíteros aquí presentes, hermanos laicos que nos hemos dado cita en este lugar santo, para expresar nuestro agradecimiento a Dios por la maravilla de María Santísima, que nos trae a Jesucristo nuestro Salvador.

Hoy hemos escuchado un Evangelio, que en lenguaje coloquial diríamos muy bien: no tiene desperdicio. Podemos ver cada palabra, cada gesto, toda la escena del Evangelio, y podemos sacar provecho para nuestra vida. Pero, nos vamos a fijar, los invito, en ese término, en ese Palabra al final: hoy hemos visto tus maravillas.

En este año de los sacerdotes, no solamente para honrarlos, reconocerlos, animarlos, sino para seguir redoblando el esfuerzo en pos de Jesucristo, Buen Pastor. Los que hemos recibido el don del sacerdocio a nivel ministerial a su servicio nos esforcemos más todavía. Identificándonos con Jesús seamos más solícitos en lo que se requiera, en lo que se mande. Para bien de toda la Iglesia; para esperanza de esta humanidad. Pero, también, ustedes hermanos sacerdotes por el hecho de estar bautizados. Creo que podemos sacar provecho cada uno en su propia vocación y su estado de vida, en sus propias circunstancias.

Viendo, pues, María nos acompaña a los pastores a ser mejor sacerdotes al servicio del pueblo de Cristo y a todo el pueblo de Dios también alentándoles a ese sacerdocio allá en el propio campo de la vida familiar, de la vida social. Voy a tomar esta última frase: hoy hemos visto, Señor, tus maravillas. Y que nos viene a la memoria casi en automático lo que María Santísima después de recibir el gran don de ser elegida Madre del Salvador. Ella en esa visita a su prima Isabel prorrumpe tomando palabras antiguas y siempre presentes de alabanza a Dios: el Señor ha hecho en mí maravillas. También, nosotros los presbíteros al llamarnos, y no por meritos propios, sino por su infinito amor a su pueblo nos llamó a colaborar en este servicio de evangelización integral, como pastores, como servicio de Cristo Cabeza, Buen Pastor, Eterno Pastor para su Iglesia. Él ha hecho maravillas en estos hombres frágiles, porque no somos más que simples hombres, seguiremos siendo eso simples hombres, pero consagrados por amor de Dios para su servicio. Y María nos va a enseñar un camino más de seguimiento, de fidelidad y de entrega a modo de Cristo, Buen Pastor. Y a ustedes, también, María les va a enseñar a ser fieles a su propia vocación, a su propio servicio en el mundo.

Vemos, pues, como María reconoce que al ser elegida y en Ella gestarse por obra del Espíritu Santo, el máximo don, el total don de Dios, el mismo se nos da en Cristo nuestro Salvador y empieza este caminito por ser una mujer de fe, una fe sencilla, a toda prueba, no tiene todas las respuestas, no tiene todas las claridades simplemente cree en el Dios de sus padres, en el Dios de la historia que se hace presente para consolar y responder, y animar a su pueblo Israel. En el mismo Dios de las promesas, que hoy las está cumpliendo a través de Ella para alegría y salud de toda la humanidad.

Ahí empieza el camino y esa es la invitación primera que nos hace María ser presbíteros, sacerdotes, ser hermanos laicos de probada fe. Que aunque no tengamos todas las razones más que las necesarias para querer entregarnos a ese sí permanente, porque todos los días en nuestro ministerio sacerdotal, como en su labor de familia, de sociedad civil, es un desafío a la fe y ahí decirle al Señor: sí, estoy dispuesto, estoy dispuesta, estamos dispuesta a creer, a servir, a entregarlos a este ministerio que se nos ha concedido, porque no es fácil. Ahí vemos a María, Ella fue aprendiendo el significado de su “sí” inicial y se fue confirmando a lo largo de su vida y no sin dolor, no sin conflicto. Los primeros años con la ayuda de san José educando los primeros pasos de este Niño, del Hijo de Dios. Cuando Él crece: el dolor de la separación. Él tiene que tomar su camino, el que le ha designado su Padre Celestial a favor de la humanidad y toda madre y todo padre aunque sabe que educa para libertad no deja  doler esa segunda parida y ese segundo alumbramiento de separarse del hijo, de la hija para que tome su camino, como persona adulta. Y así Jesús, también, dejó la casa paterna y tomó su camino el que le marcó su Padre y el que mueve su caridad por la humanidad.

Y así, también, nosotros ¿cuántas cosas vamos dejando en el camino de la vida, para seguir a Dios, para servirle a Él? En las comunidades, en el caso de los sacerdotes. Y sin alguna sombra de tristeza, ni de melancolía, cuando menos en mi caso, creo que tampoco en el caso de los padres que me acompañan. No podemos decir: hay es que deje la posibilidad de una familia, de un matrimonio, de unos hijito. Yo espero que estas alturas de la pelea estamos muy contentos, hemos dejado muchas cosas con gusto, con conciencia, con generosidad y hemos recibido al ciento por uno. Tiene sus desafíos, tiene sus temores, su ministerio sacerdotal día a día en las parroquias, en la diócesis, las diversas tareas que el Señor nos encomienda a través de nuestro obispo. Igualmente ustedes un enorme desafío: el que se casa, el que tiene una profesión, el que tiene un servicio público, privado, etc., Es todo un desafío de decir: que sí, mantenerse firme bajos ciertos criterios, bajo cierta actitudes siempre buscando el bien común.

María fue aprendiendo y participó, también, de las alegrías y esperanzas del pueblo y compartió hasta una boda, así lo relata el Evangelio de san Juan y juntos participan, como gente muy normal, común y corriente de las aldeas. Como, también nosotros los sacerdotes participamos de las alegrías de ustedes y no solamente con motivo de las fiestas patronales, también en sus vidas particulares: que si en su cumpleaños, que si la pérdida de un ser querido, que si la alegría que llego un pequeño, etc., Vamos participando de su vida y ustedes nos van enriqueciendo, nos van ayudando a entenderlos más para acompañarlos mejor al participar de esta vida cotidiana de familias, de comunidad.

Ustedes, también, van haciendo otro tanto al compartir sus vidas entre vecinos, entre conciudadanos. María nos enseña, pues, a que este sí de fe se vaya acrisolando, vaya madurando, vaya dando fruto siempre caminando en el día a día y no sin dolores y desafíos, pero confiados en Él. Hasta el momento definitivo, doloroso de ver a su Hijo colgado de una cruz. Estoy casi seguro que ahí es donde termino su aprendizaje captando todo este misterio que se inició de un “sí” sencillo, casi ingenuo, pero totalmente creyente en Dios. Como también los sacerdotes cuando nos preguntan en el seminario ¿por qué quieres entrar al seminario? Siempre decimos, y con cierto, candor, pues, quiero seguir a Cristo, quiero evangelizar y que con el tiempo a veces lo olvidamos un poco y habría que rescatarlo. Ese candor, esa primera pasión, ese primer movimiento de decir con atrevimiento, pero confiados en Dios: quiero ser sacerdote, lo siento desde aquí adentro, quiero colaborar a esta tarea si Tú así lo quieres Señor. Porque esto es lo que nos va hacer capaces de disponernos en medio de tantos, pues, movimientos de la vida, desafíos, oportunidades. Como ustedes los que se casan o toman una decisión en algún trabajo, los que se casan igual, basados en ese amor que inicia con ciertos elementos se atreven decir: vamos a formar una pareja, vamos a formar un proyecto en común, pero no saben lo que va a pasar después, lo irán sabiendo, pero basados en ese “sí” inicial y confiados en Dios van descubriendo, van enfrentado y superando las diversas tareas de la vida, de su vida matrimonial, de su vida familiar, de su vida social.

María, pues, es la gran Maestra en los primeros pasos de Jesús, pero también la gran discípula, que esta la cruz fue aprendiendo el gran misterio de su Hijo, el gran misterio a la que estaba asociada, invitada desde que dijo “sí” acepta ser la Madre del Redentor. Igualmente a los sacerdotes, es en Cristo Jesús muerto y resucitado que vamos aprendiendo el verdadero significado de nuestro ministerio sacerdotal para ustedes. Pero, es también ustedes en este Cristo muerto y resucitado van entendiendo sus vidas y la van llevando a cabo haciendo lo mejor posible por aportar no solamente a sus familias, sino a los pueblos de donde forman parte ahí aportar. Pero desde esa experiencia del muerto y resucitado Cristo Jesús.

Hermanos, hermanas, ojala, pues, nosotros presbíteros como María podamos decir, con humilde, pero también actitud abierta decir: en mí has hecho maravillas. Hermanos sacerdotes permitamos, sigamos permitiendo ser brazos largos del amor de Dios, atentos, afectuosos, cercanos, para que de verás todo este don que se nos ha dado, que no es nuestro y siempre nos va a quedar grande llegue a su objetivo: apacentar, alimentar, consolar, acompañar en todas sus vicisitudes a este pueblo de Dios del que formamos parte. No es sencillo, no es nada sencillo, menos en estos tiempos, pero ahí tenemos el modelo de seguimiento, de servicio: María. Una vez más esta maravilla de Dios traía en su santo vientre para alegría, esperanza de todos nuestros pueblos. Eso también nosotros seremos a imagen de María preñados de Dios, llenos e identificados con Cristo Sacerdote a su servicio.

Los tiempos que nos tocan vivir son muy desafiantes, pero llenos de fe y de esperanza vamos a aceptar las oportunidades que tenemos para evangelizarnos nosotros mismos los pastores; para poder acompañarlos en su reevangelización, hermanos, y podamos evangelizar un poco más estas culturas, estos pueblos, este país, esta tierra.

Que María Santísima, también, les diga a ustedes sacerdotes, también desde el bautismo para que allá donde hagan la vida, donde la están compartiendo sean eso un servicio sacerdotal, puente entre Dios y los hombres; allá donde comercian, donde estudian, donde intercambian bienes y servicios, donde hay desencuentros, pero también abrazos fraternos para llegar a acuerdos justos y hacer que esta humanidad camine un poco más según el Plan de Dios.

Hermanos, que todo lo demás el Buen Señor Dios se lo diga a cada uno en su corazón según su necesidad y según el ministerio que le ha confiado para bien de todos.

 
 
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