El recordado y amado Siervo
de Dios Juan Pablo II siempre declaró la gran importancia
del Acontecimiento Guadalupano como el hecho histórico que
ha dado inmensos frutos de salvación.
Juan Pablo II proclamó a Santa
María de Guadalupe como la Estrella de la evangelización
y forjó nuestra nación, nuestro pueblo, nuestra patria,
decía el Santo Padre: “Desde que el indio Juan Diego hablara
de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe,
entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo
de México.”
Esto lo constatamos a cada
momento en la historia de nuestra gran nación; Ella acompaña
a nuestro pueblo en los momentos trascendentales de su historia,
como en 1810 cuando fue enarbolada como estandarte por el
cura Miguel Hidalgo y Costilla; o cuando el cura José María
Morelos y Pavón la proclamó como la devoción más importante
para unir a todo un pueblo en busca de caminos de libertad;
Ella estuvo presente en la Revolución Mexicana como sucedió
en los ejércitos de Emiliano Zapata; y años más tarde, numerosos
testimonios del amor inconmensurable de tantos mexicanos
que dieron testimonio de su fe proclamando a voz en cuello:
¡Viva Cristo Rey, Viva la Virgen de Guadalupe!
Sí, efectivamente, la Virgen
de Guadalupe es la Madre y la forjadora de nuestra amada
nación; sin embargo, ahora nos damos cuenta que no es sólo
forjadora de esta patria, sino que su mensaje trasciende
tiempos y espacios. El Papa Juan Pablo II confirmó
la magnitud de este mensaje de Dios por medio de la Estrella
de la evangelización y su indudable y contundente repercusión
en todos los pueblos: “La aparición de María al indio Juan
Diego –reafirmó el recordado Santo Padre– en la colina del
Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para
la evangelización. Este influjo va más allá de los confines
de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. [...]
María Santísima de Guadalupe es invocada como «Patrona de
toda América y Estrella de la primera y de la nueva evangelización».”
Confirmamos pues que la fuerza
y la magnitud del mensaje guadalupano no es sólo para México,
tampoco es sólo para América Latina o el Continente Americano;
sino que es para todo ser humano. No importando distancias
ni divisiones; ya que Ella forma la nueva Civilización desde
esta casita sagrada del Tepeyac hogar del Dueño del cielo
y de la tierra. No cabe duda, Santa María de
Guadalupe nos ofrece un mensaje que trasciende cualquier
frontera y toca el corazón de todo ser humano de cualquier
cultura, raza o condición. Por ello, en el rostro mestizo
de la Virgen del Tepeyac, se comprende que es signo de su
maternidad universal. Ella trae en su inmaculado vientre
a Jesucristo Nuestro Señor. Por lo que el Acontecimiento
Guadalupano, en realidad, es un encuentro de Dios mismo
con todos los seres humanos por medio de su Madre, Santa
María de Guadalupe; Ella es el “Arca viviente de la Alianza”,
como dice el Santo Padre Benedicto XVI. Por lo que podemos
decir que Ella está centrada en Jesucristo Nuestro Señor;
Ella se manifiesta como una mujer encinta, embarazada, portadora
de Jesús; Ella es una mujer de Adviento, de Espera. Es la
Navidad Guadalupana, pues por medio de Ella se nos da al
Salvador, en el humilde pesebre del Tepeyac; y desde aquí,
Dios irradia su amor a todos los hombres de buena voluntad.
Esto nos confirma
con inmensa alegría que todos, absolutamente todos, estamos
llamados a la paz, a la unidad, a la armonía, al perdón,
al amor pleno de Jesucristo Nuestro Señor en Santa María
de Guadalupe. Todos los que integramos los cinco Continentes
podemos hacer nuestras las palabras de Santa María de Guadalupe:
“«porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya
y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno,
y de las demás variadas estirpes de hombres, los que me
amen, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen
en mí, porque ahí escucharé su llanto, su tristeza, para
remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias,
sus dolores».” (Nican Mopohua, vv. 29-32).
Y es verdad,
Ella viene para entregarnos a Jesucristo, que Él nazca en
nuestros corazones y que nosotros también participemos con
nuestra libertad y nuestra responsabilidad, Él quiere que
nosotros hagamos lo que nos corresponde, que quitemos de
nuestro corazón toda cadena que nos esclaviza, esos egoísmos
y odios, esas envidias y deshonestidades, Él quiere que
conquistemos la verdadera libertad, que nos apartemos de
corrupciones e injusticias, alcoholismo y drogadicción,
asesinatos secuestros y narcotráfico, prostitución y hedonismos,
que dejemos los ídolos del poder y del dinero, que cambiemos
de vida, que nos alejemos de todo lo que nos mata y nos
destruye; que luchemos por una vida donde no haya racismos
ni discriminaciones; donde podamos amarnos como verdaderos
hermanos, donde respetemos la vida desde su concepción hasta
cuando Dios Padre nos llame a su presencia.
Este es el tiempo de trabajar y entregarnos unidos todos los
que integramos este amado país, esta amada Iglesia Católica,
tiempo para proclamar el inmenso amor de Dios dentro de
su Iglesia para el mundo entero. Como todos los obispos
de este esperanzador Continente Americano, desde Aparecida,
Brasil, lanzamos la voz diciendo: “Todos los bautizados
estamos llamados a «recomenzar desde Cristo», a reconocer
y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el
mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo
su encuentro con los primeros discípulos, a las orillas
del Jordán, hace 2000 años, y con los «Juan Diegos» del
Nuevo Mundo. Sólo gracias a ese encuentro y seguimiento,
que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde
de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia
aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera,
la felicidad y la esperanza que nos ha sido dado experimentar
y gozar.”
María, Madre nuestra, tú que has dicho
“sí” al Señor, tú que proclamaste: “Mi alma
glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en
Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad
de su esclava”, ayúdanos a cumplir la misión de forjar una nueva
cultura de la vida y civilización del amor en el mundo entero.
Santa María de Guadalupe, mi morenita, mi muchachita, mi
niña, la más pequeña de mis hijas, que Jesús nazca en todo
corazón humilde y sencillo; tú sabes que somos parihuela,
somos cola, somos ala; “pesebre insignificante”, pero estamos
deseosos de estar abiertos al amor omnipotente de Dios.
Tómanos de la mano y llévanos al amor pleno de tu Hijo Jesucristo,
ilumínanos tú, Estrella de la Evangelización, para llegar
con Aquél por quien se vive, Jesucristo, razón de nuestro
existir. Madre mía, encauza todo nuestro ser en ese amor
pleno de Dios y danos la fuerza necesaria para cumplir con
alegría nuestras responsabilidades, como tú le dijiste a
san Juan Diego: “«Ya escuchaste, hijo mío el menor,
mi aliento mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte»”.
Que cada uno de nosotros y nuestra Patria toda se llene
de Esperanza, tú que viniste a sembrar estas tierras de
Esperanza cuando parecían que nada tenía futuro.
Notas