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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Protonotario Apostólico Supernumerario, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, y Rector del Santuario, en ocasión de la Celebración Eucarística a 800 años de la aprobación de la orden, a la Basílica de Guadalupe.
14 de abril de 2009
“Año Jubilar Paulino”

Muy queridos hermanos y hermanas de la Familia Franciscana.

Hoy la Providencia queridísimos hermanos y hermanas nos permite cantar en este tiempo florido de la Pascua de Resurrección, no sólo el alegre y gozoso himno de la victoria del Resucitado, sino también el Cántico de las creaturas, el cual ensalza la obra redimida por Cristo, lo hacemos ante la sagrada imagen de nuestra Niña y Señora santa María de Guadalupe, la Señora de la Nueva Vida; la creatura más excelente de la creación, la obra perfecta y acabada del Padre, quien es por antonomasia el primer fruto de la redención.

Amados hermanos y hermanas, estamos aquí en esta Casita Sagrada del Tepeyac para redescubrir desde Ella, desde su corazón maternal la misión que hace ochocientos años el pobrecillo de Asís encomendará a sus hermanos en la Porciúncula, pues en Ella, en María encontramos el modelo a seguir en el seguimiento de obediencia y docilidad a Cristo. Así mismo, para poner bajo su cuidado y protección de Madre, los trabajos de toda la Familia Franciscana.

Los textos que hemos proclamado, nos presentan cómo la comunidad cristiana entendió y vivió el mensaje post-pascual. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el apóstol Pedro, portavoz y jefe de los Doce, aparece predicando el primitivo kerigma. Presenta brevemente a Jesús, el anunció de su muerte y resurrección y la salvación que brota de ella.

En este anuncio se resalta la resurrección y la exaltación de Jesús atribuida al Padre: Es un hecho que Dios resucitó a Jesús; de esto todos nosotros somos testigos… Después de haber sido exaltado a la derecha de Dios, ha recibido del Padre el don que le había prometido… (Hech 2, 32-33) Así, en estos puntos encontramos el contenido fundamental de la predicación cristiana primitiva.

Este anunció de Cristo tiene un marcado acento soteriológico, no se queda en algo meramente teórico o distante, sino que tiene repercusiones en quienes lo aceptan y se expresa en la fórmula que Pedro ocupa en su predicación: para que queden perdonados sus pecados y entonces reciban el don del Espíritu Santo, esto entendido a través de la recepción del bautismo.

San Juan en el Evangelio presenta la resurrección de Jesús, como un acontecimiento capaz de suscitar la fe auténtica. Sin la experiencia personal del Resucitado no es posible creer. Nos basta el ejemplo de María Magdalena, quien llorosa busca el cuerpo de su Maestro. Sólo la fe puede encontrar al Resucitado. Cuando Jesús pronuncia su nombre, ella lo reconoce. La evocación del pasado une al Cristo de la fe con el Jesús de la historia. Surge entonces en María la fe verdadera que la lleva a exclamar: ¡Rabuní!.

O como Tomás el incrédulo, que finalmente recoge la auténtica confesión de la fe cristiana: ¡Señor mío y Dios mío! Cosa semejante pasó con los discípulos de Emaus, quienes lo reconocieron cuando Él sentado a la mesa, les partió el pan y les explicó las Escrituras. Entonces reconocieron y entendieron: con razón ardían nuestros corazones.

Mis amados hermanos y hermanas, el principio, el origen, el fundamento de nuestra misión, de nuestro quehacer pastoral está en la resurrección de Jesús. Nada mejor que este tiempo de Pascua queridísimos hermanos franciscanos para reinterpretar, para confrontar nuestro modo y su modo de ser misioneros, propagadores de la Buena Nueva de la salvación.

Es necesario detenernos, volver a las fuentes que nos inspiraron y que nos vieron nacer. En estos momentos difíciles de nuestra historia, se hace apremiante escuchar la voz del Señor que nos habla y nos envía a ser testigos de su amor y de su presencia misericordiosa en el mundo.

Ustedes queridos hermanos que forman la Familia Franciscana están llamados a guardar el Santo Evangelio de Jesucristo, el mismo que hoy hemos proclamado y que inspiró a Francisco de Asís, para hacer de ustedes auténticos misioneros en el corazón del mundo; convirtiendo el Evangelio en la primera fuente de la que hay que beber para continuar con la misión y ayudados por el testimonio de la pobreza evangélica.

Mis queridos hermanos, la predicación del Evangelio en México llegó a estas tierras en la persona de los tres primeros misioneros franciscanos, a los que se sumaron doce más, hasta los que hoy en día conforman esta fraternidad. Como no sentirse orgullosos, al tiempo que comprometidos, de ser los primeros religiosos en traer el mensaje de Jesús a estas tierras de misión.

Ustedes llegaron a América, recordemos, con una misión muy específica: seguir los pasos de Francisco en una total y absoluta obediencia a su Regla de vida. Entonces de esta fuente han de beber. Habría que predicar como lo hicieron los santos apóstoles que anduvieron por todo el mundo predicando la fe, con mucha pobreza y trabajos, levantando la bandera de la cruz en partes extrañas, además se les pidió que esta situación tan nueva y difícil no se complicaran con nimiedades, mejor guardaran el Evangelio y la Regla que prometieron. Pues habrían de plantar el Evangelio en los corazones de aquellos infieles, cuidando que su vida y conversión no se aparte de él.

Así mismo, no olviden que el 30 de octubre de 1523 fueron enviados, además de dárseles la patente y la obediencia a ir a la viña, no alquilados por un precio, como otros, sino como verdaderos hijos de tan grande Padre, buscando no sus propias cosas, sino las que son de Jesucristo, el cual deseó ser hecho el último y el menor de los hombres y quiso que ustedes sus hijos fueran los últimos en buscar la gloria del mundo, abatidos por vileza, solo teniendo la muy alta pobreza. No se turben porque no son alquilados por precio, sino enviados más bien, sin promesa de soldada.

Y así fue, efectivamente, en pobreza y en humildad, en cruz y en alegría, en amor desinteresado y pleno, hasta la pérdida de la propia vida, como llegaron los primeros doce hermanos suyos a predicar a México, formando aquí la custodia del Santo Evangelio.

La fuerza de la predicación de los primeros frailes franciscanos estuvo en su testimonio de vida, además de su inculturización, a quienes nuestros abuelos indios veían con admiración y sentían tan cercanos, pues los veían descalzos, con un viejo sayal, durmiendo sobre un petate, comiendo como ellos su tortilla de maíz y chile, viviendo en casas bajas y pobres. Veían en ellos su honestidad, su laboriosidad infatigable, el trato firme y amoroso hacia ellos, así como el esfuerzo por enseñarles y defenderlos. Tanto fue el cariño que los frailes se ganaron, que no quisieron a otros sino a los de san Francisco, porque ellos los conocían y amaban, así se lo expresaron al presidente de la Segunda Audiencia. Cuándo él les preguntó el porque ellos sólo querían a los franciscanos, a lo que respondieron: porque estos andan pobres y descalzos como nosotros, asiéntanse en nosotros, conversan entre nosotros mansamente. A tal punto era el cariño por los frailes, que al dejar un lugar, iban llorando los indios a decirles: que si se iban y los dejaban, que también ellos dejarían sus casas y se irían tras ellos; y de hecho lo hacían y se iban tras los frailes.

Otro aspecto que conviene señalar en el actuar pastoral de los primeros frailes menores llegados a México, fue el que prestaron al mundo de la cultura, a ellos debemos la conservación de las lenguas indígenas, así como la creación de escuelas, de talleres de artes y oficios, incluso, la construcción de grandes y ornamentadas edificaciones. Cómo no recordar al beato Sebastián de Aparicio, quien ideó la carreta, al insigne benefactor de los purépechas y tarascos, el queridísimo Tata Vasco, y quien fuera el arzobispo de esta ciudad, fray Juan de Zumárraga, siendo precisamente éste último quien reuniera la primera biblioteca importante de México. Algunos volúmenes de esta biblioteca con anotaciones de la mano del mismo Zumárraga.

Los franciscanos en América y en México como en España eran concientes de la importancia de una buena formación académica e intelectual, tanto para ellos como para las gentes de estas tierras. La evangelización no podía ir sino acompañada de una amplia instrucción, así lo expresó su ministro general, José Rodríguez Carballo, el primero de marzo de 2005 en Cholula, Puebla.

Afirmando también, que la orden franciscana heredó de su fundador la minoridad como “color y sabor”, en todo lo que hace, heredó también de la gran tradición franciscana, a partir del mismo san Antonio de Padua, un gran amor por la ciencia, unida siempre a la santidad de vida. Llevando esto a afirmar a Tomás de Eclestón, que la orden franciscana se sostiene sobre dos columnas: la santidad de vida y el estudio.

Como podemos ver queridísimos hermanos, en esta breve semblanza están los principios que inspiraron esta obra, los mismos que debe de responder a las muy diversas exigencias de nuestra actual sociedad. Es necesario sortear los desafíos que presentan la misión de la Iglesia y la sociedad moderna. Es tiempo de responder al hombre y a sus interrogantes.

Eh aquí queridos hermanos, el actuar de estos primeros frailes, quienes su doctrina era más de obra que por palabra. Testimonio que debe contribuir a los nuevos esfuerzos evangelizadores, para seguir siendo misioneros en el corazón del mundo.

Así pues, queridísimos hermanos, volvamos a las fuentes, bebamos de ellas y renovemos el rostro de la Iglesia y el de esta familia franciscana, la que en aquellas circunstancias misioneras, tan nuevas y tan difíciles, la pastoral de los franciscanos dio pruebas de sentido muy amplio y flexible.

Atentos a la voz del Espíritu, dóciles a sus inspiraciones, pidámosle, para quienes decidirán el rumbo de la Familia Franciscana, su sabiduría, verdad y paz. Que nuestra Niña y Muchachita santa María de Guadalupe, Estrella de la primera y de la nueva Evangelización, les alcance de su divino Hijo, cumplir firmemente con el testimonio de Francisco, que no hizo otra cosa que vivir el Evangelio en absoluta pobreza.

Que el Señor, por intercesión de san Francisco, renueve en ustedes su fidelidad a la Regla y su amor y entrega a la Iglesia hoy, aquí y ahora.

Dios les bendiga.

 
 
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