Muy queridos hermanos y hermanas de
la Familia Franciscana.
Hoy la Providencia queridísimos hermanos y hermanas nos permite
cantar en este tiempo florido de la Pascua de Resurrección,
no sólo el alegre y gozoso himno de la victoria del Resucitado,
sino también el Cántico de las creaturas, el cual ensalza
la obra redimida por Cristo, lo hacemos ante la sagrada imagen de
nuestra Niña y Señora santa María de Guadalupe,
la Señora de la Nueva Vida; la creatura más excelente
de la creación, la obra perfecta y acabada del Padre, quien
es por antonomasia el primer fruto de la redención.
Amados hermanos y hermanas, estamos
aquí en esta Casita Sagrada del Tepeyac para redescubrir desde
Ella, desde su corazón maternal la misión que hace ochocientos
años el pobrecillo de Asís encomendará a sus
hermanos en la Porciúncula, pues en Ella, en María encontramos
el modelo a seguir en el seguimiento de obediencia y docilidad a Cristo.
Así mismo, para poner bajo su cuidado y protección de
Madre, los trabajos de toda la Familia Franciscana.
Los textos que hemos proclamado, nos
presentan cómo la comunidad cristiana entendió y vivió
el mensaje post-pascual. En el libro de los Hechos de los Apóstoles,
el apóstol Pedro, portavoz y jefe de los Doce, aparece predicando
el primitivo kerigma. Presenta brevemente a Jesús, el anunció
de su muerte y resurrección y la salvación que brota
de ella.
En este anuncio se resalta la resurrección
y la exaltación de Jesús atribuida al Padre: Es un hecho
que Dios resucitó a Jesús; de esto todos nosotros somos
testigos… Después de haber sido exaltado a la derecha
de Dios, ha recibido del Padre el don que le había prometido…
(Hech 2, 32-33) Así, en estos puntos encontramos el contenido
fundamental de la predicación cristiana primitiva.
Este anunció de Cristo tiene
un marcado acento soteriológico, no se queda en algo meramente
teórico o distante, sino que tiene repercusiones en quienes
lo aceptan y se expresa en la fórmula que Pedro ocupa en su
predicación: para que queden perdonados sus pecados y entonces
reciban el don del Espíritu Santo, esto entendido a través
de la recepción del bautismo.
San Juan en el Evangelio presenta
la resurrección de Jesús, como un acontecimiento capaz
de suscitar la fe auténtica. Sin la experiencia personal del
Resucitado no es posible creer. Nos basta el ejemplo de María
Magdalena, quien llorosa busca el cuerpo de su Maestro. Sólo
la fe puede encontrar al Resucitado. Cuando Jesús pronuncia
su nombre, ella lo reconoce. La evocación del pasado une al
Cristo de la fe con el Jesús de la historia. Surge entonces
en María la fe verdadera que la lleva a exclamar: ¡Rabuní!.
O como Tomás el incrédulo,
que finalmente recoge la auténtica confesión de la fe
cristiana: ¡Señor mío y Dios mío! Cosa
semejante pasó con los discípulos de Emaus, quienes
lo reconocieron cuando Él sentado a la mesa, les partió
el pan y les explicó las Escrituras. Entonces reconocieron
y entendieron: con razón ardían nuestros corazones.
Mis amados hermanos y hermanas, el
principio, el origen, el fundamento de nuestra misión, de nuestro
quehacer pastoral está en la resurrección de Jesús.
Nada mejor que este tiempo de Pascua queridísimos hermanos
franciscanos para reinterpretar, para confrontar nuestro modo y su
modo de ser misioneros, propagadores de la Buena Nueva de la salvación.
Es necesario detenernos, volver a
las fuentes que nos inspiraron y que nos vieron nacer. En estos momentos
difíciles de nuestra historia, se hace apremiante escuchar
la voz del Señor que nos habla y nos envía a ser testigos
de su amor y de su presencia misericordiosa en el mundo.
Ustedes queridos hermanos que forman
la Familia Franciscana están llamados a guardar el Santo Evangelio
de Jesucristo, el mismo que hoy hemos proclamado y que inspiró
a Francisco de Asís, para hacer de ustedes auténticos
misioneros en el corazón del mundo; convirtiendo el Evangelio
en la primera fuente de la que hay que beber para continuar con la
misión y ayudados por el testimonio de la pobreza evangélica.
Mis queridos hermanos, la predicación
del Evangelio en México llegó a estas tierras en la
persona de los tres primeros misioneros franciscanos, a los que se
sumaron doce más, hasta los que hoy en día conforman
esta fraternidad. Como no sentirse orgullosos, al tiempo que comprometidos,
de ser los primeros religiosos en traer el mensaje de Jesús
a estas tierras de misión.
Ustedes llegaron a América,
recordemos, con una misión muy específica: seguir los
pasos de Francisco en una total y absoluta obediencia a su Regla de
vida. Entonces de esta fuente han de beber. Habría que predicar
como lo hicieron los santos apóstoles que anduvieron por todo
el mundo predicando la fe, con mucha pobreza y trabajos, levantando
la bandera de la cruz en partes extrañas, además se
les pidió que esta situación tan nueva y difícil
no se complicaran con nimiedades, mejor guardaran el Evangelio y la
Regla que prometieron. Pues habrían de plantar el Evangelio
en los corazones de aquellos infieles, cuidando que su vida y conversión
no se aparte de él.
Así mismo, no olviden que el
30 de octubre de 1523 fueron enviados, además de dárseles
la patente y la obediencia a ir a la viña, no alquilados por
un precio, como otros, sino como verdaderos hijos de tan grande Padre,
buscando no sus propias cosas, sino las que son de Jesucristo, el
cual deseó ser hecho el último y el menor de los hombres
y quiso que ustedes sus hijos fueran los últimos en buscar
la gloria del mundo, abatidos por vileza, solo teniendo la muy alta
pobreza. No se turben porque no son alquilados por precio, sino enviados
más bien, sin promesa de soldada.
Y así fue, efectivamente, en
pobreza y en humildad, en cruz y en alegría, en amor desinteresado
y pleno, hasta la pérdida de la propia vida, como llegaron
los primeros doce hermanos suyos a predicar a México, formando
aquí la custodia del Santo Evangelio.
La fuerza de la predicación
de los primeros frailes franciscanos estuvo en su testimonio de vida,
además de su inculturización, a quienes nuestros abuelos
indios veían con admiración y sentían tan cercanos,
pues los veían descalzos, con un viejo sayal, durmiendo sobre
un petate, comiendo como ellos su tortilla de maíz y chile,
viviendo en casas bajas y pobres. Veían en ellos su honestidad,
su laboriosidad infatigable, el trato firme y amoroso hacia ellos,
así como el esfuerzo por enseñarles y defenderlos. Tanto
fue el cariño que los frailes se ganaron, que no quisieron
a otros sino a los de san Francisco, porque ellos los conocían
y amaban, así se lo expresaron al presidente de la Segunda
Audiencia. Cuándo él les preguntó el porque ellos
sólo querían a los franciscanos, a lo que respondieron:
porque estos andan pobres y descalzos como nosotros, asiéntanse
en nosotros, conversan entre nosotros mansamente. A tal punto era
el cariño por los frailes, que al dejar un lugar, iban llorando
los indios a decirles: que si se iban y los dejaban, que también
ellos dejarían sus casas y se irían tras ellos; y de
hecho lo hacían y se iban tras los frailes.
Otro aspecto que conviene señalar
en el actuar pastoral de los primeros frailes menores llegados a México,
fue el que prestaron al mundo de la cultura, a ellos debemos la conservación
de las lenguas indígenas, así como la creación
de escuelas, de talleres de artes y oficios, incluso, la construcción
de grandes y ornamentadas edificaciones. Cómo no recordar al
beato Sebastián de Aparicio, quien ideó la carreta,
al insigne benefactor de los purépechas y tarascos, el queridísimo
Tata Vasco, y quien fuera el arzobispo de esta ciudad, fray Juan de
Zumárraga, siendo precisamente éste último quien
reuniera la primera biblioteca importante de México. Algunos
volúmenes de esta biblioteca con anotaciones de la mano del
mismo Zumárraga.
Los franciscanos en América
y en México como en España eran concientes de la importancia
de una buena formación académica e intelectual, tanto
para ellos como para las gentes de estas tierras. La evangelización
no podía ir sino acompañada de una amplia instrucción,
así lo expresó su ministro general, José Rodríguez
Carballo, el primero de marzo de 2005 en Cholula, Puebla.
Afirmando también, que la orden
franciscana heredó de su fundador la minoridad como “color
y sabor”, en todo lo que hace, heredó también
de la gran tradición franciscana, a partir del mismo san Antonio
de Padua, un gran amor por la ciencia, unida siempre a la santidad
de vida. Llevando esto a afirmar a Tomás de Eclestón,
que la orden franciscana se sostiene sobre dos columnas: la santidad
de vida y el estudio.
Como podemos ver queridísimos
hermanos, en esta breve semblanza están los principios que
inspiraron esta obra, los mismos que debe de responder a las muy diversas
exigencias de nuestra actual sociedad. Es necesario sortear los desafíos
que presentan la misión de la Iglesia y la sociedad moderna.
Es tiempo de responder al hombre y a sus interrogantes.
Eh aquí queridos hermanos,
el actuar de estos primeros frailes, quienes su doctrina era más
de obra que por palabra. Testimonio que debe contribuir a los nuevos
esfuerzos evangelizadores, para seguir siendo misioneros en el corazón
del mundo.
Así pues, queridísimos
hermanos, volvamos a las fuentes, bebamos de ellas y renovemos el
rostro de la Iglesia y el de esta familia franciscana, la que en aquellas
circunstancias misioneras, tan nuevas y tan difíciles, la pastoral
de los franciscanos dio pruebas de sentido muy amplio y flexible.
Atentos a la voz del Espíritu,
dóciles a sus inspiraciones, pidámosle, para quienes
decidirán el rumbo de la Familia Franciscana, su sabiduría,
verdad y paz. Que nuestra Niña y Muchachita santa María
de Guadalupe, Estrella de la primera y de la nueva Evangelización,
les alcance de su divino Hijo, cumplir firmemente con el testimonio
de Francisco, que no hizo otra cosa que vivir el Evangelio en absoluta
pobreza.
Que el Señor, por intercesión
de san Francisco, renueve en ustedes su fidelidad a la Regla y su
amor y entrega a la Iglesia hoy, aquí y ahora.
Dios les bendiga.