4 de abril de 2009
Queridos hermanos y hermanas, en su Evangelio el apóstol san
Juan afirma que Caifás profetizó que Jesús iba a morir por la nación
y no sólo por la nación, sino también para congregar a la unidad a
los hijos de Dios que estaban dispersos.
Congregar a los hijos de Dios dispersos. He ahí el objetivo de la pasión, muerte
y resurrección de Jesús: morir para rescatar al que está muerto;
morir en una muerte de cruz. Profecía de Caifás que nos remite
al Viernes Santo de la historia, a la hora de la cruz y también al
triunfo del amor, siguiendo el Evangelio contemplamos el misterio
pascual en toda su integridad, sin inutilizar la resurrección de Cristo
Jesús, pero también sin vaciar su cruz. El resucitado es el que fue
crucificado. Miramos nuestra realidad a través del misterio pascual
de Cristo incluyendo el Viernes Santo de la historia donde se manifiesta
doloroso, pero también triunfante el amor. El más grande amor jamás
manifestado a cada uno de los hombres y mujeres del mundo, revelando
en el rostro de Cristo crucificado la luminosidad y la belleza de
Dios de este Dios que es siempre amor. Con la mirada de fe
contemplamos el viernes de la humanidad, en el cual constatamos como
el hombre es continuamente herido en su dignidad más profunda, hombres
víctimas de otros hombres; rostros del Viernes Santo que miramos,
cuando se mata la vida y se desprecia la vida; muertes de inocentes
en el seno materno; niños explotados para lucrar; jóvenes heridos
por las drogas y la violencia ¿pero vivirá la humanidad en un permanente
Viernes Santo? ¿es la muerte la que tiene la última palabra? ¿es el
egoísmo más poderoso que el amor? ¿el pecado más fuerte que la gracia?
Aceptar esto significaría negar el valor de la pasión, de la muerte
en cruz y la resurrección de Jesús.
Ante este panorama es necesario mirar, también, con los ojos
y con los sentimientos del corazón de Cristo nuestra realidad, tantas
veces vendida, traicionada y crucificada y sin embargo llamada a ser
desde la esperanza y en la esperanza lugar privilegiado de comunión
y de auténtica participación. Esperar sí, es necesario contra toda
esperanza. Esperar junto a María a los pies de la cruz, en la persona
del discípulo amado. Esperar el sábado santo con su silencio, el silencio
de Dios tan profundo y al mismo tiempo sonoro que despierta y robustece
en la fe la esperanza; que es luz y fuerza, que ayuda a superar todo
desaliento y todo pesimismo que pudiera anidarse en los corazones
heridos o temerosos.
María, la Señora del Viernes Santo, la Madre de la Iglesia.
María, Madre de la espera y Señora del Sábado Santo, supo en el silencio
de Dios esperar contra toda esperanza, porque desde la fe miraba atentamente,
guardaba cuidadosamente y meditaba en su corazón los misterios de
Jesús. Ella, la Madre, supo estar de pie junto a la cruz. La cruz
de Jesús, el Hijo de Dios enseñándonos a confiar en el consuelo del
Padre para el cristiano que recorre el camino de la historia, cobijado
en la maternidad de María la gracia del Sábado Santo lo ayuda a vivir
su propio sábado de la historia en el silencio de una profunda y dinámica
esperanza. A vivir en espera, no sólo del día de la resurrección,
sino también del día definitivo, mirando la vida desde el prisma de
la Pascua con los ojos de Cristo que vive, pues, verdaderamente ha
resucitado.
Así creer en la resurrección significa creer en la vida y en
el amor que le da origen. Es aceptar que la luz es más fuerte
que las tinieblas. Que la vida es más grande que el dolor y la muerte.
Que la verdad es más poderosa que la mentira. Que el amor es más fuerte
que el odio o los egoísmos. Que la alegría es más persistente que
la tristeza y que la gracia es más potente que el pecado. El resucitado
muestra y mostrará a los hombres de todos los tiempos las llagas de
la cruz como señales del triunfo luminoso del amor ofreciéndonos su
paz. La paz que sólo Él puede darnos. Él mismo, pues, Cristo es nuestra
paz; paz que sana nuestros corazones heridos por el pecado y convierte
a los hombres en hijos de la luz.
Hoy queridos hermanos, en medio de las tinieblas, nubarrones
y oscuridades de nuestra historia el Hijo de Dios resucitado, Él mismo
que pasó por este mundo haciendo el bien, que padeció y que murió
en la cruz camina a nuestro lado, como caminó junto a los discípulos
entristecidos y desconcertados de Emaús. Haciéndose descubrir por
ellos a través de la Palabra y de la Eucaristía donde siempre se revela
a nosotros, sus nuevos discípulos, como el Señor que vive, que ama,
que reúne y que libera. Es cierto, mirando nuestro tiempo tal vez
podríamos en ocasiones caer en la tentación, demostrarnos indiferentes
ante sus retos o como los discípulos de Emaús recorrer nuestra historia
en actitud de fracaso, de desengaño por las falsas ilusiones o asumiendo
una actitud de fuga, que lleva consigo el abandono al quitarse de
en medio el desinterés. El peor impedimento que tuvieron los discípulos
de Emaús fue: convertir, la dificultad, la prisión, los sufrimientos,
la cruz. La muerte de Jesús en un impedimento absoluto que los
conducía por el camino de la falsedad, de la oscuridad, impidiéndoles
percibir las realidades sobrenaturales y relacionar lo dicho, y anunciado
con su momento presente, porque sus criterios no eran los de la fe
luminosa que da sentido verdadero a las realidades que nos rodean.
Pero, Jesús resucitado se manifiesta y se da, también, a los convencidos
de que lo sucedido tiene solución. Aman a Cristo pero su amor sea
ha convertido en algo nostálgico, irreal. Todo se ha derrumbado: tiene
a lado a Cristo y no lo ven, como a Magdalena y a otros discípulos
les faltan ojos; ojos de Pascua, les faltan el saber mirar con los
ojos de la fe, eso podría suceder, también, en nuestra vida concreta.
Jesús acercándose a los discípulos de Emaús se hizo compañero, compañero
fiel de ruta. Y así con nosotros Él se hace compañero nuestro; va
con nosotros a nuestro lado aún cuando a veces no lo reconozcamos.
A los discípulos de Emaús Jesús les hace confesar el motivo
de la tristeza y de la esperanza fallida que les impide darse cuenta
de que están dentro del milagro. Pues, Él está vivo y junto con ellos
caminando, no obstante todo a su lado y haciéndose ver aún, cuando
no logran reconocerlo. Hablando con ellos, consolándolos, haciéndoles
comprender y aceptar los designios del Padre. En el dolor y en la
muerte asumidos libremente con el amor de entrega, ahí está, hermanos,
la victoria de Jesús y también nuestra victoria. Jesús se queda con
ellos, se queda como entre hermanos para sostenernos y para partir
y compartir el pan. Es entonces en este ambiente de intimidad que
los ojos de los discípulos se abren, se dan cuenta de que Jesús está
con ellos y a partir de aquel momento quedan transformados, finalmente
han comprendido que verdaderamente el Señor Jesús ha estado, estará
siempre con ellos, con sus hermanos. Jesús está con ellos vivo, colmando
sus esperanzas y llenándolos de una fuerza, de un fuego y de un ímpetu
que los empuja a ser discípulos misioneros de este kerigma: anunciar
que Jesús ha resucitado, que Él vive y que yo lo he experimentado.
Queridos hermanos y hermanas, nosotros los nuevos discípulos
del Señor Jesús hemos comprendido que ser cristiano significa: optar
positivamente por Jesús, por su persona, por su mensaje. Que el
ser discípulo conlleva necesariamente el ser también misionero gastando
la propia vida en seguir a Jesús, en testimoniarlo, en anunciarlo
actualizando así constantemente la llamada a la misión que recibimos
desde nuestro bautismo. Todos los cristianos en efecto con razón a
nuestro bautismo estamos llamados a comprometernos en la misión de
la Iglesia con la pasión que experimentaron los discípulos de Emaús
luego de reconocer a Jesús en la fracción del pan y con la pasión
que sentía Pablo después de su encuentro con Cristo, misma que entusiasma
a millares de misioneros y misioneras dispersos por el mundo entero
y que hoy debe seguir entusiasmando el corazón de todos los bautizados.
Con la invitación de Jesús: vayan también ustedes a mi viña.
Nace la responsabilidad de todos su bautizados en el anuncio misionero,
pues, como afirma el documento de Aparecida: los discípulos, somos
misioneros en virtud del bautismo y la confirmación nos formamos con
un corazón universal, abierto a todas las culturas y a todas las verdades;
cultivando nuestra capacidad de contacto humano y de diálogo. Estamos
dispuestos con la valentía que nos da el Espíritu a anunciar a Cristo
desde donde no es aceptado con nuestra vida, con nuestra acción, con
nuestra profesión de fe y con su Palabra.
Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia los necesita y cuenta
con ustedes. Ustedes lo saben bien. El mundo y la Iglesia necesitan
de la valentía de personas animadas por la fe capaces de un amor gratuito,
lleno de compasión, respetuosas de la verdad sobre el hombre creado
a imagen y semejanza de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la
plenitud en Cristo Jesús. Ante la complejidad de las situaciones no
dejemos espacio al desaliento, sino más bien busquemos en la oración
la fuerza apostólica, permitiendo que el Evangelio sea la luz. La
única luz que guié nuestros pasos y recogiendo de Él con sabiduría,
con valentía las respuestas adecuadas a la petición de pan y trabajo,
y a las exigencias de libertad, paz, justicia, comunión y solidaridad
del hombre de hoy. Que ningún bautizado permanezca ocioso, pues, nuestra
generación tiene la misión de llevar el Evangelio a la humanidad del
futuro. Ustedes son parte de los testigos de Cristo en el nuevo milenio,
conscientes de ellos, respondan con pronta fidelidad a la llamada
misionera de Cristo y de la Iglesia. Y acojamos a María en nuestras
vidas; abrámosle nuestros corazones; hospedémosla en nuestra casa;
que su presencia nos convoque y reúna haciendo que cobre forma la
comunidad de la Iglesia como sacramento de salvación. La imagen de
María reunida con todos los apóstoles en la espera del Espíritu Santo
cristaliza la entrega que Jesús nos hizo de su Madre y la respuesta
del discípulo amado.
Entorno a María los apóstoles recibieron la fuerza para salir
con valentía a anunciar el Evangelio y el triunfo de la vida sobre
cualquier tipo de muerte. En la cruz de Jesús junto a María la Iglesia
se hace misionera.
Hoy aquí junto a María nosotros queremos ser Iglesia misionera.
Vayan, pues, hermanos, y anuncien durante esta semana la Buena Noticia.
Que el Espíritu haga de cada uno de ustedes instrumentos de amor,
de paz para una Iglesia más santa y para un mundo mejor. Les deseo
éxito en sus trabajos misioneros y que la alegría de esta Pascua llene
sus corazones de esperanza y de consuelo.
Que Santa María de Guadalupe, la primera misionera y Madre
de la Iglesia interceda por ustedes y les asista para que con Ella
y como Ella anuncien con la vida y con la Palabra el amor de Dios,
que se nos ha manifestado, se nos ha dado y se nos sigue dando, y
por medio de la Iglesia en Cristo Jesús nuestro Señor, que Él les
bendiga a todos y todas hoy y siempre.
Amén.