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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en la Misa de envío de Juventud y Familia Misionera, en su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

4 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas, en su Evangelio el apóstol san Juan afirma que Caifás profetizó que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para congregar a la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.

Congregar a los hijos de Dios dispersos. He ahí el objetivo de la pasión, muerte y resurrección de Jesús: morir para rescatar al que está muerto; morir en una muerte de cruz. Profecía de Caifás que nos remite al Viernes Santo de la historia, a la hora de la cruz y también al triunfo del amor, siguiendo el Evangelio contemplamos el misterio pascual en toda su integridad, sin inutilizar la resurrección de Cristo Jesús, pero también sin vaciar su cruz. El resucitado es el que fue crucificado. Miramos nuestra realidad a través del misterio pascual de Cristo incluyendo el Viernes Santo de la historia donde se manifiesta doloroso, pero también triunfante el amor. El más grande amor jamás manifestado a cada uno de los hombres y mujeres del mundo, revelando en el rostro de Cristo crucificado la luminosidad y la belleza de Dios de este Dios que es siempre amor. Con la mirada de fe contemplamos el viernes de la humanidad, en el cual constatamos como el hombre es continuamente herido en su dignidad más profunda, hombres víctimas de otros hombres; rostros del Viernes Santo que miramos, cuando se mata la vida y se desprecia la vida; muertes de inocentes en el seno materno; niños explotados para lucrar; jóvenes heridos por las drogas y la violencia ¿pero vivirá la humanidad en un permanente Viernes Santo? ¿es la muerte la que tiene la última palabra? ¿es el egoísmo más poderoso que el amor? ¿el pecado más fuerte que la gracia? Aceptar esto significaría negar el valor de la pasión, de la muerte en cruz y la resurrección de Jesús.

Ante este panorama es necesario mirar, también, con los ojos y con los sentimientos del corazón de Cristo nuestra realidad, tantas veces vendida, traicionada y crucificada y sin embargo llamada a ser desde la esperanza y en la esperanza lugar privilegiado de comunión y de auténtica participación. Esperar sí, es necesario contra toda esperanza. Esperar junto a María a los pies de la cruz, en la persona del discípulo amado. Esperar el sábado santo con su silencio, el silencio de Dios tan profundo y al mismo tiempo sonoro que despierta y robustece en la fe la esperanza; que es luz y fuerza, que ayuda a superar todo desaliento y todo pesimismo que pudiera anidarse en los corazones heridos o temerosos.

María, la Señora del Viernes Santo, la Madre de la Iglesia. María, Madre de la espera y Señora del Sábado Santo, supo en el silencio de Dios esperar contra toda esperanza, porque desde la fe miraba atentamente, guardaba cuidadosamente y meditaba en su corazón los misterios de Jesús. Ella, la Madre, supo estar de pie junto a la cruz. La cruz de Jesús, el Hijo de Dios enseñándonos a confiar en el consuelo del Padre para el cristiano que recorre el camino de la historia, cobijado en la maternidad de María la gracia del Sábado Santo lo ayuda a vivir su propio sábado de la historia en el silencio de una profunda y dinámica esperanza. A vivir en espera, no sólo del día de la resurrección, sino también del día definitivo, mirando la vida desde el prisma de la Pascua con los ojos de Cristo que vive, pues, verdaderamente ha resucitado.

Así creer en la resurrección significa creer en la vida y en el amor que le da origen. Es aceptar que la luz es más fuerte que las tinieblas. Que la vida es más grande que el dolor y la muerte. Que la verdad es más poderosa que la mentira. Que el amor es más fuerte que el odio o los egoísmos. Que la alegría es más persistente que la tristeza y que la gracia es más potente que el pecado. El resucitado muestra y mostrará a los hombres de todos los tiempos las llagas de la cruz como señales del triunfo luminoso del amor ofreciéndonos su paz. La paz que sólo Él puede darnos. Él mismo, pues, Cristo es nuestra paz; paz que sana nuestros corazones heridos por el pecado y convierte a los hombres en hijos de la luz.

Hoy queridos hermanos, en medio de las tinieblas, nubarrones y oscuridades de nuestra historia el Hijo de Dios resucitado, Él mismo que pasó por este mundo haciendo el bien, que padeció y que murió en la cruz camina a nuestro lado, como caminó junto a los discípulos entristecidos y desconcertados de Emaús. Haciéndose descubrir por ellos a través de la Palabra y de la Eucaristía donde siempre se revela a nosotros, sus nuevos discípulos, como el Señor que vive, que ama, que reúne y que libera. Es cierto, mirando nuestro tiempo tal vez podríamos en ocasiones caer en la tentación, demostrarnos indiferentes ante sus retos o como los discípulos de Emaús recorrer nuestra historia en actitud de fracaso, de desengaño por las falsas ilusiones o asumiendo una actitud de fuga, que lleva consigo el abandono al quitarse de en medio el desinterés. El peor impedimento que tuvieron los discípulos de Emaús fue: convertir, la dificultad, la prisión, los sufrimientos, la cruz. La muerte de Jesús en un impedimento absoluto que los conducía por el camino de la falsedad, de la oscuridad, impidiéndoles percibir las realidades sobrenaturales y relacionar lo dicho, y anunciado con su momento presente, porque sus criterios no eran los de la fe luminosa que da sentido verdadero a las realidades que nos rodean. Pero, Jesús resucitado se manifiesta y se da, también, a los convencidos de que lo sucedido tiene solución. Aman a Cristo pero su amor sea ha convertido en algo nostálgico, irreal. Todo se ha derrumbado: tiene a lado a Cristo y no lo ven, como a Magdalena y a otros discípulos les faltan ojos; ojos de Pascua, les faltan el saber mirar con los ojos de la fe, eso podría suceder, también, en nuestra vida concreta. Jesús acercándose a los discípulos de Emaús se hizo compañero, compañero fiel de ruta. Y así con nosotros Él se hace compañero nuestro; va con nosotros a nuestro lado aún cuando a veces no lo reconozcamos.

A los discípulos de Emaús Jesús les hace confesar el motivo de la tristeza y de la esperanza fallida que les impide darse cuenta de que están dentro del milagro. Pues, Él está vivo y junto con ellos caminando, no obstante todo a su lado y haciéndose ver aún, cuando no logran reconocerlo. Hablando con ellos, consolándolos, haciéndoles comprender y aceptar los designios del Padre. En el dolor y en la muerte asumidos libremente con el amor de entrega, ahí está, hermanos, la victoria de Jesús y también nuestra victoria. Jesús se queda con ellos, se queda como entre hermanos para sostenernos y para partir y compartir el pan. Es entonces en este ambiente de intimidad que los ojos de los discípulos se abren, se dan cuenta de que Jesús está con ellos y a partir de aquel momento quedan transformados, finalmente han comprendido que verdaderamente el Señor Jesús ha estado, estará siempre con ellos, con sus hermanos. Jesús está con ellos vivo, colmando sus esperanzas y llenándolos de una fuerza, de un fuego y de un ímpetu que los empuja a ser discípulos misioneros de este kerigma: anunciar que Jesús ha resucitado, que Él vive y que yo lo he experimentado.

Queridos hermanos y hermanas, nosotros los nuevos discípulos del Señor Jesús hemos comprendido que ser cristiano significa: optar positivamente por Jesús, por su persona, por su mensaje. Que el ser discípulo conlleva necesariamente el ser también misionero gastando la propia vida en seguir a Jesús, en testimoniarlo, en anunciarlo actualizando así constantemente la llamada a la misión que recibimos desde nuestro bautismo. Todos los cristianos en efecto con razón a nuestro bautismo estamos llamados a comprometernos en la misión de la Iglesia con la pasión que experimentaron los discípulos de Emaús luego de reconocer a Jesús en la fracción del pan y con la pasión que sentía Pablo después de su encuentro con Cristo, misma que entusiasma a millares de misioneros y misioneras dispersos por el mundo entero y que hoy debe seguir entusiasmando el corazón de todos los bautizados. Con la invitación de Jesús: vayan también ustedes a mi viña. Nace la responsabilidad de todos su  bautizados en el anuncio misionero, pues, como afirma el documento de Aparecida: los discípulos, somos misioneros en virtud del bautismo y la confirmación nos formamos con un corazón universal, abierto a todas las culturas y a todas las verdades; cultivando nuestra capacidad de contacto humano y de diálogo. Estamos dispuestos con la valentía que nos da el Espíritu a anunciar a Cristo desde donde no es aceptado con nuestra vida, con nuestra acción, con nuestra profesión de fe y con su Palabra.

Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia los necesita y cuenta con ustedes. Ustedes lo saben bien. El mundo y la Iglesia necesitan de la valentía de personas animadas por la fe capaces de un amor gratuito, lleno de compasión, respetuosas de la verdad sobre el hombre creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud en Cristo Jesús. Ante la complejidad de las situaciones no dejemos espacio al desaliento, sino más bien busquemos en la oración la fuerza apostólica, permitiendo que el Evangelio sea la luz. La única luz que guié nuestros pasos y recogiendo de Él con sabiduría, con valentía las respuestas adecuadas a la petición de pan y trabajo, y a las exigencias de libertad, paz, justicia, comunión y solidaridad del hombre de hoy. Que ningún bautizado permanezca ocioso, pues, nuestra generación tiene la misión de llevar el Evangelio a la humanidad del futuro. Ustedes son parte de los testigos de Cristo en el nuevo milenio, conscientes de ellos, respondan con pronta fidelidad a la llamada misionera de Cristo y de la Iglesia. Y acojamos a María en nuestras vidas; abrámosle nuestros corazones; hospedémosla en nuestra casa; que su presencia nos convoque y reúna haciendo que cobre forma la comunidad de la Iglesia como sacramento de salvación. La imagen de María reunida con todos los apóstoles en la espera del Espíritu Santo cristaliza la entrega que Jesús nos hizo de su Madre y la respuesta del discípulo amado.

Entorno a María los apóstoles recibieron la fuerza para salir con valentía a anunciar el Evangelio y el triunfo de la vida sobre cualquier tipo de muerte. En la cruz de Jesús junto a María la Iglesia se hace misionera.

Hoy aquí junto a María nosotros queremos ser Iglesia misionera. Vayan, pues, hermanos, y anuncien durante esta semana la Buena Noticia. Que el Espíritu haga de cada uno de ustedes instrumentos de amor, de paz para una Iglesia más santa y para un mundo mejor. Les deseo éxito en sus trabajos misioneros y que la alegría de esta Pascua llene sus corazones de esperanza y de consuelo.

Que Santa María de Guadalupe, la primera misionera y Madre de la Iglesia interceda por ustedes y les asista para que con Ella y como Ella anuncien con la vida y con la Palabra el amor de Dios, que se nos ha manifestado, se nos ha dado y se nos sigue dando, y por medio de la Iglesia en Cristo Jesús nuestro Señor, que Él les bendiga a todos y todas hoy y siempre.

Amén.

 
 
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