Mis amados hermanos y hermanas. Alabemos y glorifiquemos al
Señor nuestro Dios, porque es misericordioso y nunca odia a sus
creaturas, borra los pecados de los hombres que se arrepienten y
los perdona. Con el Miércoles de Ceniza empezamos, un año más, la
celebración de la Cuaresma. Toda la Iglesia está invitada a ponerse
en camino para celebrar la Pascua gloriosa de Cristo con un corazón
renovado. Estemos, mis hermanos, abiertos a este tiempo favorable,
si de verdad nos implicamos en esta propuesta de conversión, si
nos reconciliamos con Dios será un camino de liberación, será un
camino de vida renovada, es un volver a empezar y podemos empezar
de nuevo o renovar nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.
Hoy cada uno le hemos dicho al Padre: “crea en mí un corazón
puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Ahora es una
nueva oportunidad, tal como nos lo recuerda san Pablo: “ahora
es tiempo favorable, ahora es día de salvación”. Aprovechémoslo,
ya que nuestra felicidad y la de los que tenemos cerca ganarán con
todo esto, mis amados hermanos.
Los textos de la Sagrada Escritura que hemos proclamado nos
invita precisamente a la conversión, es decir: a centrarnos en lo
esencial, a preguntarnos ¿por qué tan a menudo cosas superfluas
pasan a ser importantes en nuestra vida hasta el punto de distraernos
de la relación con Dios, de nuestra buena relación con los demás
y descentrarnos a nosotros mismos? El profeta Joel llama al pueblo
y nos llama a cada uno de nosotros a la conversión interior, a la
conversión sincera, a huir de la ritualidad puramente externa: conviértanse
a Mí de todo corazón, dice el Señor, con ayuno, rasguen los
corazones, no las vestiduras. Conviértanse al Señor su Dios.
El apartará sus ojos de sus pecados, los perdonará porque es misericordioso,
se apiadará de todos. No odia nada de lo que ha creado y es siempre
fiel a su alianza. Y en el Salmo Responsorial hemos cantado en sintonía
con los textos de la Escritura proclamados: Por tu inmensa compasión:
Señor borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Y le insistimos al Señor: crea en mí un corazón puro, devuélveme
la alegría de tu salvación. A pesar de nuestros pecados, mis
amados hermanos, Dios es siempre ternura, Dios es siempre misericordia,
bondad. Y más lo vivimos nosotros, cuando contemplamos este rostro
dulce y sereno de nuestra muchachita Santa María de Guadalupe. Es
el trasunto, precisamente, de este Dios que siempre tiene ternura,
misericordia y bondad para con nosotros.
San Pablo describe la salvación, no como obra nuestra, sino
como don gratuito, es decir es una gracia. Es una gracia, que hemos
de acoger. Les pedimos que se reconcilien con Dios. Escuchemos,
pues, la propuesta de la Iglesia, mis hermanos, al empezar la Cuaresma,
porque ahora, hoy, no mañana, es tiempo favorable, hoy es el día
de la salvación, tiempo de remover los obstáculos, de abrir de nuevo
el corazón al don de Dios, cuando se trata de avanzar en la conversión
partimos siempre del protagonismo de nuestro Buen Padre Dios, que
nos ha regalado su gracia. Ésta nos capacita para amar tal como
Jesús amó, para actuar con misericordia para dar ternura, para orar
con confianza, para ser sencillos para perdonar a quienes nos han
ofendido, para reconocer la propia pequeñez, para ayudar con más
desprendimiento, con más generosidad, para ser más compasivos con
los pobres y los enfermos, los afligidos y otras tantas maravillas,
mis hermanos, que la gracia de Dios nos permite. Como nos dice la
Segunda Carta a los Corintios de Pablo: los exhortamos, nos exhortamos
a no echar en saco roto la gracia de Dios. Hemos recibido la gracia
a través del bautizo y la renovamos continuamente en la Eucaristía,
en el Sacramento de la reconciliación y desde luego en la plegaria,
en la oración.
Es Tiempo de Cuaresma y este tiempo es una nueva oportunidad
para aprovechar mucho más la gracia de Dios. La gracia de Dios nos
permite enternecer nuestro corazón y escuchar la Palabra de Dios,
como que hemos perdido esta dimensión de la ternura. Precisamos,
sin embargo, de una actitud humilde a fin de acoger los dones de
Dios, tener aquella confianza en los hijos, que esperan las caricias
de sus padres. Nosotros, mis hermanos, nosotros, también esperamos
que nos llegue la ternura de Dios, sus caricias. Sus caricias manifestadas
en los sacramentos, en su Palabra, en las personas, en los hechos
cotidianos, en los que sufren, etc., de mil maneras Dios nos va
expresando su amor, su ternura, su bondad, su misericordia para
con nosotros. Si miramos con sinceridad nuestro interior nos daremos
cuenta de que a veces estamos endurecidos. Somos tan indiferentes
unos de otros. Y no percibimos las caricias del Padre. O estamos
tan pendientes de nosotros que no nos damos cuenta de la gente que
nos rodea. O estamos tan angustiados, tan preocupados por cosas
secundarias, que no valoramos las más importantes. Todo esto, mis
amados hermanos, y más nos lo recuerda la ceniza que vamos a tomar
hoy: Acuérdate que eres polvo, al polvo te volverás. Acuérdate
que eres barro, pero conviértete, cree en el Evangelio, déjate acariciar
por Dios, recibe la ternura que Él te ofrece en Jesucristo el Señor,
que se ha entregado por nosotros hasta derramar la última gota de
su sangre.
Ahora, mis hermanos, es el momento de colaborar con Dios para
hacer posible nuestro cambio. La Cuaresma no le resta el protagonismo
a nuestro Padre Dios, sino que quiere recordarnos; que por nuestra
parte tenemos que hacer algo aunque todos sepamos que es muy poco.
Seguramente, ustedes vieron una película, que se estrenó el año
pasado, la película Bella. Empezaba esta película diciendo:
si quieres hacer reír a Dios explícale tus proyectos, porque
los proyectos de felicidad del Señor siempre son más esplendidos
que los nuestros, hermanos. Quizá es mejor llevar acabo los planes
del Señor, quizás es mejor realizar los proyectos de Dios y en este
Año Paulino recordemos cuales eran los proyectos de Pablo, cuando
se llamaba Saulo, y en el camino de Damasco se convirtió a los proyectos
de Dios. Y Saulo, Pablo dejó de hacer de hacer los suyos, dejó,
abandonó a los suyos.
Amados hermanos, pensemos en esto, un buen ejercicio cuaresmal
puede ser intentar descubrir, que quiere hacer Dios por mejorar
y aumentar nuestra felicidad. ¿Y qué quiere que hagamos habiendo?
¿qué nos pedirá algo posible y adaptado a la propia realidad? Y
un camino bueno, conseguirlo es poner amor, mucho amor en todas
las exigencias cuaresmales, a veces difíciles. Ponemos en amor y
seguramente se transforman en momentos de gozo aquellas cosas que
realicemos. Hagamos realidad el Evangelio de hoy con el amor, con
la ternura de Dios. Dar limosna a los pobres, a los necesitados,
es decir, compartir. Fíjense que no es gratuito que el Señor Jesús
ponga en primer lugar la limosna, es compartir, es pensar en los
demás, es lo más difícil. Como sea buscamos un rato de oración o
nos sacrificamos, nos mortificamos. Pero pensar en los otros, ayudar
a los otros, entregarnos a los demás, nos cuesta. Por amor a ellos
y a Dios sin buscar ser bien vistos o bien considerados, aplaudidos,
sin duda tenemos noticias de personas que sólo se ha sabido que
han sido muy buenas, muy caritativas y habían hecho muchos favores
hasta después de su muerte, y seguro que de muchas otras, no lo
sabremos jamás. Dios sí, Dios lo sabe y es tan importante, a Dios
no se les escapa nada. Y luego orar, cuando hagas oración, orar
con afecto a Dios, orar con confianza, orar porque lo necesito para
ser verdaderamente cristiano, orar porque a veces es el único medio
para solucionar problemas o aceptar situaciones difíciles, orar
con amor. Tener el coraje de apagar la televisión, la radio para
estar un rato en silencio en oración. Hagámoslo esta Cuaresma. Ayunemos
de televisión, ayunemos de cine, de radio para estar en silencio.
Ayunar, ayunemos de criticar, ayunemos de murmurar, ayunemos de
buscarnos a nosotros mismos. Ayunar y renunciar a cosas superfluas
con amor y por amor.
Esta es la verdadera alegría, mis hermanos, y seré más pobre,
y los pobres de verdad se podrán veneficiar más de mí. Dios permanecerá
en el corazón generoso con el don de la alegría siempre.
Recibamos, pues, ahora la ceniza como signo del inicio de este
Tiempo Cuaresmal y luego continuemos con la Santa Eucaristía, la
mayor realidad del amor de Dios para con todos nosotros.
Que nuestra Niña y Madrecita Guadalupe nos ayude a vivir hoy
este Tiempo de Cuaresma, de gracia y de salvación. Cuaresma para
que haya Pascua 2009 para todos nosotros.
Que así sea.