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Homilía
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en ocasión del 200° Aniversario Jura del Patronato de San José sobre el Cabildo de Guadalupe, en la Basílica de Guadalupe.

26 de septiembre de 2009

Hermanos y hermanas: El Venerable Cabildo de Guadalupe está de fiesta. Hoy, hace doscientos años, el 26 de septiembre de 1809 los muy ilustres señores canónigos de esta Colegiata de Guadalupe, juraron como patrono suyo al bienaventurado señor san José, después de haber experimentado entre ellos una considerada mortandad que los venía aquejando desde 1806.

El antecedente de este culto singular al padre adoptivo de Jesús, tiene su origen pasada la medianía del siglo XVIII, es decir, a partir del 21 de marzo de 1752, fecha en la que el Cabildo de Guadalupe aceptará la propuesta del canónigo Francisco Ruiz de Castañeda, presentada el 5 de febrero del mismo año, en la que pedía al Cabildo de Guadalupe que el culto al patriarca san José fuera celebrado de forma solemne.

La historia de los patrocinios data de los tiempos de la Roma imperial cuando los plebeyos tenían que elegir a un patricio -de aquí el término patronato- para que con su autoridad y riquezas los defendiesen y amparasen. El término "patrocinio" significa socorro, protección, tutela, auxilio, defensa, favor y amparo.

En la época tardomedieval, la imagen de patrocinio adoptó de manera definitiva el esquema de una figura central protectora que extiende su capa o ropaje para brindar auxilio y protección a quienes bajo su tutela se amparan. Fue esta modalidad la que pasó a la Nueva España y se difundió ampliamente. Tal y como lo podemos observar en el cuadro del patrocinio de san José que tenemos en esta Basílica, en la capilla que lleva su nombre, mandado realizar expresamente por deseo de los miembros del Cabildo de aquel entonces, que agradecían la intervención de san José en la detención de enfermedades que los acechaban hasta el punto de muerte.

Así pues, hermanos y hermanas, con estos mismos sentimientos de gratitud, esta mañana volvemos nuestros ojos, primero como Cabildo, en seguida como fieles cristianos, a la silenciosa figura de José, el varón justo, el padre de Jesús, esposo de María y protector de la Iglesia Universal.

La celebración de su patrocinio nos da oportunidad a los miembros del Cabildo de reflexionar sobre la importancia de nuestro ministerio en este lugar y de las obligaciones que nacen del mismo. Antaño, el celo, la probidad, la formación académica y la vida espiritual eran características propias de quienes ocupaban un sitio en esta Colegiata. No cualquiera podía ocupar este cargo, hermanos y hermanas, era necesario conocer sus probadas virtudes y dotes mismas que eran su carta de recomendación.

Tenemos el testimonio de insignes sacerdotes, hombres de recia formación humana, espiritual y apostólica. Ejemplos preclaros en cuanto a disciplinas eclesiásticas se refiere, incluso, muchos de ellos con conocimientos civiles; sabemos de latinistas, canonistas, abogados, conocedores de las Sagradas Escrituras, músicos, etc. Eran verdaderos maestros.

Nosotros, venerables hermanos, tenemos delante de sí una gran responsabilidad al estar al frente de este Santuario, no podemos ser menos que aquellos que nos precedieron en este lugar, no por adulación o arrogancia, sino en razón de nuestra propia vocación sacerdotal y, aunque nuestras tareas ahora son distintas, persiguen sólo un fin: que el Señor sea reconocido y honrado a través de nuestra Niña y Muchachita santa María de Guadalupe.

Ya sobre este particular, el 26 de noviembre de 1997, el entonces arcipreste Carlos Wahrnholtz, que en paz descanse, nos señalaba cuáles deberían ser las tareas que los miembros de este Cabildo deberían de ejercer, mismas que nacen de la relación entre san José y el Cabildo: La misión, oficio, tarea de san José era la de cuidar a la Virgen, protegerla, sustentarla, amarla; guardián de la Virgen, hoy en día el presidente del Cabildo en corresponsabilidad con sus venerables miembros.

Es el guardián de la imagen de la Virgen, encargado de su cuidado y conservación, conservándola como patrimonio de todos y bien espiritual de la Iglesia, así, Ella puede seguir ejerciendo entre nosotros su oficio maternal.

La renovación de nuestro juramento a san José, muy ilustres señores, queridos hermanos sacerdotes, sigue siendo una necesidad, pidámosle salud auxilio socorro defensa y ayuda en nuestras tareas diarias, que nos alcance la gracia de saber reconocernos como hermanos, distintos unos de otros en sus carismas y personalidades, que nos esforcemos por vivir en relaciones cordiales y fraternas haciendo realidad el Reino de Dios entre nosotros, que un servidor pueda experimentar de ustedes, su cercanía y colaboración espiritual y que pueda ser yo para ustedes, padre, hermano y amigo; este reconocimiento unidad comunión y participación en el trabajo apostólico será la mejor garante de nuestra colegialidad. Que para ello nos inspire nuestro santo patrón.

En nuestro trato con los peregrinos y las peregrinas, hermanos capitulares y clero de este santuario, luzca ante todo nuestro testimonio de vida, seamos, como se los he repetido una y otra vez; el rostro amable y sereno de la Virgen, nuestra Muchachita y Celestial Señora. En san José encontramos el mejor modelo de nuestra paternidad espiritual, que cada uno de los fieles que se acercan a nosotros en busca de ayuda, encuentren remedio saludable a sus necesidades.

Sirvamos a cada uno de ellos, mostrémonos acogedores en cada momento, las veinticuatro horas si es necesario, no como a quien se le hace un favor, sino con la conciencia clara de un gustoso deber que no debemos de soslayar. Quien se acerque a nosotros que escuche nuestras palabras nuestro consejo nuestro consuelo que brote de nosotros la palabra que salva, logrando con ello descubrir la presencia del amor y la misericordia de Dios, expresada bellamente en las palabras que un día le dijera la Morenita a nuestro santo indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin: "estoy aquí para escuchar tus quejas, penas y lamentos, curar todos tus males, que nada te preocupe, no estoy yo aquí que tengo el honor de ser tu madre" (N. M. 26).

San José, hermanos y hermanos, es el santo del silencio fecundo. Su silencio es misterio y revelación. Desde el silencio descubre el misterio que va a cumplirse en María, su mujer. Y cuando en silencio piensa dejar a su mujer, Dios le revela en el silencio de la noche, a través del ángel, que él será el padre legal de Jesús. Y en este mismo silencio acoge el misterio de Dios. Su humildad y sencillez es cosa de admirar y no sólo eso, sino de contemplar y hacer vida.

Señor san José no fue hombre de grandes protagonismos, de puestos públicos, de cargos importantes, sólo fue el padre de Jesús. Tan así es su silencio que en la misma iconografía cristiana aparece casi detrás de cámara. Apenas si se ve, pintado tenuemente como escondido, como si no quisiera aparecer.

Tal pareciera que no tuviera personalidad, luz propia, girando siempre en torno a algún solo algún planeta. Pero si el sol es Cristo y el planeta pudiera ser María, bien vale la pena acogerse a esa relación, que, lejos de despersonalizar, enriquece poderosamente a la persona: Porque en tu luz nos haces ver la luz, dice el texto bíblico, en tu luz nos haces luz. (Sal, 35-10). Es de agradecer que José aparezca siempre con el Niño, a quien puso por nombre Jesús, o con María, a la que llevó a su casa, o con los dos, formando la familia más santa de la tierra.

Así pues, la respuesta de José a los planes de Dios, lo llevan por las coordenadas del camino de la santidad, quien supo secundar a los mismos, siempre con admirable fidelidad.

Como Él amemos y sirvamos en Cristo. No queramos ser santos haciendo cosas raras y extraordinarias, sino extraordinariamente haciendo bien las cosas de todos los días; la oración, el trabajo, la escuela, etc. Viviendo a todo lo que da nuestra relaciones de compañerismo, familia y amistad, en alegría, paciencia y esperanza, en amor y caridad.

San José como padre de Jesús, hermanos y hermanas, vivía entre el cielo y la tierra, para él era tan natural lo humano y lo divino, amaba al Dios y al hombre, estaba cerca y lleno de Dios. Toda su vida fue una experiencia de Dios.

Que nos ayude san José, ante quien hoy nos inclinamos, pues está lleno de Dios. Que nos ayude a crear dentro de nosotros un oasis espiritual, en el que sea posible encontrar a Dios, dialogar con él y descubrir el sentido de nuestro destino. Que en este camino nos acompañe también la maternal protección de su esposa la Virgen, nuestra Señora santa María de Guadalupe, quien es nuestro auxilio y defensa.

Amén.

 
 
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