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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el 1° Aniversario del VI Encuentro Mundial de Familias en la Arquidiócesis de México, en la Basílica de Guadalupe.

10 de abril de 2010

Muy queridos hermanos y hermanas, fieles laicos de laicos de Cristo Jesús. Saludo con especial cariño a mis hermanos de Escuela de Pastoral, a mis hermanos que han venido de San Juan Xipitilco. Muy queridos hermanos sacerdotes.

Con ocasión del Primer Aniversario de la realización del VI Encuentro Mundial de Familias que se celebró en que nuestra iglesia particular de México, por voluntad de Su Santidad Benedicto XVI y queriendo dar continuidad al tema central propuesto "La Familia Formadora en los Valores Humanos y Cristianos", queremos poner en las maternales manos de Santa María de Guadalupe los trabajos catequéticos que ustedes coordinadores de la Escuela de Pastoral van preparando para fortalecer la formación de los laicos.

Estamos en las celebraciones del tiempo pascual, cincuenta días pascuales es el "tiempo fuerte" por excelencia y transcurre desde el Domingo de Pascua hasta el Domingo de Pentecostés, es tiempo del anuncio del triunfo de Jesús sobre la muerte, tiempo de alegría y de  liberación. Desde antiguo, es un tiempo fuerte. La comunidad cristiana celebraba ya la Cincuentena de alegría; al grado que quien durante estos días no expresara su gozo era considerado como quien no había captado el Evangelio, no había captado el corazón de la Buena Nueva: ¡Cristo ha resucitado!

Quizá para muchos una fiesta que se prolonga cincuenta días puede parecer excesiva. Sin embargo, para los cristianos era la manera de experimentar la fuerza de la Resurrección, y de asumir que "los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloría que algún día se nos descubrirá" (Rom. 8,18).

La Palabra de Dios nos ha invitado a vivir este tiempo pascual. El Evangelio de Marcos que escuchamos (16, 9-15) nos recuerda los primeros encuentros del Resucitado con sus discípulos que ante la impactante experiencia de la pasión y muerte de Jesús, estaban llorando, estaban afligidos. La tristeza y la desesperanza lo envolvían todo y no acertaban a creer. De manera que el Señor "se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado”. Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación".

A partir de este momento la certeza de la Resurrección acompañará a los discípulos, que poco después recibirán al Espíritu Santo y darán testimonio de que Jesús está vivo, que podemos participar de su triunfo porque nos ha entregado su Espíritu. A partir de ahora, los discípulos con valentía y sabiduría, comienzan la gran empresa de la evangelización con signos y prodigiosos que nadie puede negar. Al nombre del Señor Resucitado, se ilumina la conciencia y quedan liberados los enfermos, paralíticos y endemoniados. Las autoridades contrariadas ante la evidencia de estos signos milagrosos sienten temor y buscan por diversos caminos callar a los discípulos.

Ya desde entonces se ha querido silenciar con amenazas o persecuciones a los cristianos, a la Iglesia, para que no se hable ni se enseñe a nadie en este nombre, en el nombre del Señor Jesús. Sin embargo, la respuesta a lo largo de estos veinte siglos ha sido la misma: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”. (Hechos 4,13-20)

En la Carta que dirigí a los sacerdotes de la Arquidiócesis de México, con motivo de los preparativos del VI Encuentro Mundial de Familias, hablaba precisamente sobre el evangelio de la familia, al Buena Nueva de la familia y los retos que tenemos en nuestra Ciudad, los cuales tenemos que asumir con mucha seriedad y responsabilidad pastoral. Nadie debe quedarse con los brazos cruzados sobre todo al tener ante nosotros la oportunidad de despertar en la conciencia de todos los hombres y mujeres de buena voluntad la trascendencia que tiene el trabajar por la vivencia de los valores humanos y cristianos en la familia. Todo lo que sembremos en las familias lo cosecharemos en la sociedad y en nuestra Iglesia.

Un convencimiento que hemos de tener en relación a la familia es precisamente en la perspectiva que el Santo Padre, Benedicto XVI, ha señalado apropósito del VI Encuentro Mundial de las Familias: “La Familia formadora en los valores humanos y cristianos”. Hablar de la Familia como formadora en los valores hace referencia a una serie de implicaciones, a una serie de acciones, que forman todo un proceso para configurar precisamente una familia humana, una familia cristiana, un proceso que nos va orientando a lograr una definición, clara, una configuración, una firmeza de lo que es la familia. Procedimientos que tienen que mantenerse con reciedumbre, como un acabado de las personas. Es todo un proceso que evidentemente la familia no cambia de la noche a la mañana, se necesita una constancia en ese anuncio de los valores humanos y cristianos. Pero al estilo de Jesús con dichos y hechos. Es universalmente aceptado que la persona se configura, especialmente en los primeros años de la vida, en el seno de la propia familia; aquí es donde la familia tiene un lugar insustituible en la 'forja' de la personalidad humana y cristiana de las personas.

La familia es un fundamento indispensable para la sociedad y para los pueblos, así como un bien insustituible para los hijos, dignos de venir a la vida como fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Como puso de manifiesto Jesús honrando a la Virgen María y a San José, la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona. Es una verdadera escuela de humanidad y de valores perennes. Nadie se ha dado el ser así mismo. Hemos recibido de otros la vida, que se desarrolla y madura con las verdades y valores que aprendemos en la relación y comunión con los demás, sí con nuestros padres, pero también con nuestros hermanos y la familia ampliada. En este sentido, la familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral. (Cfr. Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la Santa Misa del V Encuentro Mundial de las Familias, Valencia, 9 de julio de 2006).

Los principales maestros de la humanidad son los mismos padres de familia que, sostenidos por la gracia divina, se esfuerzan por transmitir a sus hijos las virtudes de la fe en Cristo, la caridad operante y una gran esperanza, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por ser padres.

Sin embargo, esta labor educativa se ve dificultada por un engañoso concepto de libertad, en el que el capricho y los impulsos subjetivos del individuo se exaltan hasta el punto de dejar encerrado a cada uno en la prisión del propio yo. (Cfr. Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con motivo de la clausura del Encuentro Mundial de Familia en la Basílica de Guadalupe, 18 de enero de 2009)

Si tenemos en cuenta que el Cristiano de hoy tiene que ser un verdadero discípulo y misionero en la Iglesia y en el mundo -como lo han afirmado los obispos en Aparecida, los obispos de Latinoamérica- hemos de devolverle a la familia el lugar que ocupa en la formación de los Discípulos y Misioneros que la Iglesia nos pide hoy, aportando todos juntos al futuro de las familias en nuestra Ciudad de México y en nuestra Patria.

La Celebración del VI Encuentro Mundial de las Familias nos brindó la oportunidad única de retomar con entusiasmo, con unidad de criterios, con proyectos concretos, con creatividad y con mucho espíritu evangelizador la tarea de la Pastoral Familiar, para convertir realmente la Pastoral Familiar en una prioridad no de un enunciado, sino en una prioridad en cada una de nuestras comunidades. Cada comunidad parroquial, secundada y apoyada por la Comisión Diocesana de Pastoral Familiar y por los Movimientos Laicales y de Familia, ha asumido este compromiso. Este es el caso de la Escuela de Pastoral, y recordamos con verdadero cariño y admiración a Chentito, a Don Vicente Martínez Vázquez como una obra de laicos y para laicos, que fundó, que impulsada por este magno evento eclesial. Ahora la Escuela de Pastoral prepara un material orgánico a fin de que esos valores humanos y cristianos se hagan presente día tras día no solamente en el pequeño grupo de la Escuela de Pastoral, sino desde ahí difundirlo a toda la comunidad.

La respuesta cristiana ante los desafíos que debe afrontar la familia y la vida humana en general consiste en reforzar la confianza en el Señor y el vigor que brota de la propia fe, la cual se nutre de la escucha atenta de la Palabra de Dios y de la oración.

Hoy imploramos a nuestra Madre de Guadalupe para que nos alcance de su Divino Hijo hogares cristianos, en donde sus miembros sean personas libres y ricas en valores humanos y cristianos, en donde se viva la santidad y se sienta el orgullo de ser hijos de Dios, familias desde donde se irradie a la sociedad actual la fuerza del Resucitado para  que vivamos en alegría, para que vivamos siempre con la esperanza, para que vivamos en el amor.

Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 
 
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