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Versión estenográfica de la
H
omilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en la Festividad de la Presentación del Señor,
en la Basílica de Guadalupe.

2 de febrero de 2010


Mis amados hermanos y hermanas, en este día 2 de febrero a medio camino entre Navidad y Pascua celebramos la Fiesta de la Presentación del Señor. Hemos hecho una entrada solemne por el Rito del Lucernario. Litúrgicamente el mensaje de esta fiesta está en plena continuidad con el misterio de Navidad, proyectándose hacia el misterio Pascual al presentar a Cristo y a la Santísima Virgen María en la perspectiva de la futura pasión salvadora. Esta fiesta nace en oriente y se llama Ipapante, es decir: del encuentro del Señor con Simeón y Anna. Ipapante: encuentro. El encuentro del Señor también con su pueblo, con su comunidad. La liturgia ha recogido y ritualizado y descendido, sobre todo con esta procesión hacia el Santuario, que es el altar y en las luces encendidas de las candelas.

Hemos escuchado en el trozo del Evangelio, como el anciano Simeón movido por el Espíritu Santo fue al templo y ese mismo Espíritu le hace encontrarse con el Mesías prometido. Encuentra a su Mesías, y su Mesías encuentra en él a su pueblo. Y dirigiéndose a la Santísima Virgen María, Simeón le anuncia dichas y dolores: una espada te atravesará el alma. Ahí está el encuentro que pone relieve que Jesús entra en su pueblo, y como nos dirá san Juan en su Evangelio: vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron.

Esta fiesta es, pues, la Fiesta del Encuentro pero anticipadamente de la ofrenda y de la inmolación del Cordero. Por eso si en el misterio de la Navidad el Padre ha entrado al Hijo a la humanidad, ahora es el Hijo el que presenta al Padre la humanidad reconciliada en su oblación Pascual. A esto nos lleva la primera lectura de la Carta a los Hebreos que hemos proclamado. Y esto es lo que ahora la Iglesia en la oración sobre las ofrendas dentro de un momento: se grata a tus ojos Señor la ofrenda que la Iglesia te presenta llena de alegría a Ti que has querido que tu Hijo Unigénito se inmolara, como Cordero inocente para la salvación del mundo.

Mis amados hermanos, es la fiesta de la luz verdadera para alumbrar a todos los pueblos, la luz es vida y Cristo es luz de las naciones y la vida de todas ellas, por eso la Iglesia debe ser portadora de la luz de Jesús, por eso hemos caminado con cirios encendidos, dirigiéndonos hacia el Santuario, para celebrar la Santa Eucaristía. Pero, mis hermanos, que pena, que dolor vivir en una ciudad en tinieblas, vivir en un país en tinieblas, cuanta inseguridad, cuanta violencia, cuantas familias masacradas, cuantos jóvenes masacrados. A penas hace dos días 16 jóvenes, que bailaban, que cantaban en una fiesta sencilla, ahí fueron masacrados. Hace poco una familia, la familia de un marinero y así muchas otras familias. Mis hermanos, no podemos seguir caminando en las tinieblas, en la oscuridad, cuando hace 478 años nuestra preciosa Niña, Santa María de Guadalupe nos ha traído la luz verdadera. Ella viene envuelta en el Sol; Ella viene envuelta en la luz para iluminarnos con esa luz, para entregarnos la luz del arraigadísimo Dios por quien se vive Jesucristo. Si nuestra ciudad, si nuestro país está caminando en las tinieblas es porque no somos coherentes con nuestra fe cristiana, es porque no irradiamos la luz de Cristo. Hemos sido encendidos desde nuestro bautismo con esta luz de Cristo. Nosotros la Iglesia, mis hermanos, debemos ser portadores de la luz de Jesús y por eso lo hemos expresado con esta procesión solemne de los cirios encendidos dirigiéndonos hacia al Santuario para celebración de la Eucaristía.

Mostrando vigilantes, mostrando atentos con la luz encendida en las manos, para el día del Señor que viene.

Este 2 de febrero, mis amados hermanos, contiene, pues, esta nota especial. En parte reclama todavía elementos del ciclo de la manifestación del Señor: luz en la noche de la Navidad, luz en la visita de los magos, de oriente, luz en la presentación y por otro lado el tema de la luz en la noche de la Pascua. La luz que recibe la Iglesia en el bautismo, la luz que recibimos cada uno de nosotros los bautizados y que debemos de ser portadores, mis hermanos, de esta luz hasta el encuentro definitivo con el Señor.

Miren, mis amados hermanos, estas luces que hemos encendido nos recuerdan, pues, que nosotros debemos ser luz y la hemos de extender por medio de nuestro ejemplo, de nuestro testimonio, de nuestra vida, de nuestra coherencia en nuestra fe no podemos disculparnos diciendo: las autoridades no cumplen con su misión. Es cierto, por otro lado, pero somos nosotros los que debemos ser coherentes, consecuentes, somos luz. Por lo menos disipemos las tinieblas de nuestra propia casa, de nuestro propio hogar, cuanta desintegración, cuanta desunión, cuantos conflictos, cuanta violencia en la familia. Que se proyecta desde luego en la sociedad en las estructuras, en los ambientes.

Amados hermanos, tenemos que ser luz de Cristo y extender esa luz en todas nuestras realidades, sociales, políticas, económicas, culturales. Tenemos que ser luz con el testimonio de vida y extenderlo hasta los confines de la tierra. En la liturgia hay, pues, este momento tan importante, que nos recuerda, que somos luz. Nosotros tenemos como centro de nuestra vida cristiana un acontecimiento central, fundamental: la Pascua del Señor. Y esa es la Vigilia Pascual en la que la Resurrección de Jesús y nuestro nacimiento a la vida de Dios por el bautismo se expresan a través del símbolo de la luz del Cirio Pascual y de las Candelas que encendemos de la llama de aquel hermoso cirio. El paso de las tinieblas a la luz, tantas veces citado por san Pablo en sus cartas. Nos dice: los que seguimos a Cristo y hemos sido bautizados en su nombre hemos de aparecer ante los ojos de los demás, como hijos de la luz. No olvidemos que el Señor Jesús, mis amados hermanos, quien es, y así lo decimos en el Credo: Dios de Dios, Dios de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Jesús en determinado momento en su predicación revela abiertamente quien es Él: Yo soy la luz del mundo, quien me siga no anda en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida.

Por tanto, mis amados hermanos, si de verdad decimos que seguimos a Cristo imitémoslo, dejémonos impregnar de su luz, dejemos llenar de la fuerza de Espíritu, hemos de ser también luz. ¡Qué bello! ¡qué hermoso Salmo cantamos al inicio de la celebración! Si el Señor es mi luz, si el Señor es mi salvación ¿a quién voy a tenerle miedo? ¿a quién? bebo irradiar siempre esta luz de Cristo.

Jesús nos lo ha dicho en el Evangelio de san Mateo: ustedes son la luz del mundo, brille su luz ante las gentes, ante los pueblos. Así verán sus buenas obras y glorificarán al Padre Celestial que está en los cielos.

Amados hermanos, pensemos en esto, interioricemos en esta Palabra, tarde o temprano quizás alguien reconocerá nuestra luz y por ella alabará y glorificará al Padre Celestial, pero no será por nuestra iniciativa de hacernos ver, no, tan sólo dependerá de que estamos en el lugar que nos corresponde, que florezcamos donde debemos florecer y que la pequeña lucecita de nuestra vela, de nuestra veladora que hemos encendido hoy.

Mis hermanos, la pequeña candela que somos alumbre a todos los que nos rodean. El directorio de piedad popular nos dice claramente: las velas conservadas en los hogares deben ser para los fieles un signo de Cristo luz del mundo. Y por lo tanto un motivo para expresar la fe.

Que nuestra preciosa Niña, Santa María de Guadalupe quien nos trajo al Sol de justicia, al Niño luz, ahí está en su vientre, entregándolos. Que Ella siga intercediendo por nosotros y que le hagamos caso: quiero mi casita, quiero mi templecito. Que tirado tenemos su templo, que tirada tenemos su casa, su casa Ciudad de México, su casa país Nación Mexicana. Tenemos que cumplirle a la Señora, digámosle que interceda por nosotros, que nos contagie de su disponibilidad, de su sencillez, de su fidelidad al Espíritu para que como Ella seamos auténticos discípulos de Cristo, luz del mundo sal de la tierra para que como Ella seamos misioneros enviados a encender esta luz en nuestro mundo de hoy en donde nos encontramos.

Amén.
 
 
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