Mis amados hermanos y hermanas, en este día 2 de febrero
a medio camino entre Navidad y Pascua celebramos la Fiesta de la Presentación
del Señor. Hemos hecho una entrada solemne por el Rito del Lucernario.
Litúrgicamente el mensaje de esta fiesta está en plena continuidad con
el misterio de Navidad, proyectándose hacia el misterio Pascual al presentar
a Cristo y a la Santísima Virgen María en la perspectiva de la futura
pasión salvadora. Esta fiesta nace en oriente y se llama Ipapante,
es decir: del encuentro del Señor con Simeón y Anna. Ipapante: encuentro.
El encuentro del Señor también con su pueblo, con su comunidad. La liturgia
ha recogido y ritualizado y descendido, sobre todo con esta procesión
hacia el Santuario, que es el altar y en las luces encendidas de las
candelas.
Hemos escuchado en el trozo
del Evangelio, como el anciano Simeón movido por el Espíritu Santo
fue al templo y ese mismo Espíritu le hace encontrarse con el Mesías
prometido. Encuentra a su Mesías, y su Mesías encuentra en él a su
pueblo. Y dirigiéndose a la Santísima Virgen María, Simeón le anuncia
dichas y dolores: una espada te atravesará el alma. Ahí está
el encuentro que pone relieve que Jesús entra en su pueblo, y como
nos dirá san Juan en su Evangelio: vino a los suyos, pero los suyos
no lo recibieron.
Esta fiesta es, pues, la Fiesta
del Encuentro pero anticipadamente de la ofrenda y de la inmolación
del Cordero. Por eso si en el misterio de la Navidad el Padre ha entrado
al Hijo a la humanidad, ahora es el Hijo el que presenta al Padre
la humanidad reconciliada en su oblación Pascual. A esto nos lleva
la primera lectura de la Carta a los Hebreos que hemos proclamado.
Y esto es lo que ahora la Iglesia en la oración sobre las ofrendas
dentro de un momento: se grata a tus ojos Señor la ofrenda que
la Iglesia te presenta llena de alegría a Ti que has querido que tu
Hijo Unigénito se inmolara, como Cordero inocente para la salvación
del mundo.
Mis amados hermanos, es la
fiesta de la luz verdadera para alumbrar a todos los pueblos, la luz
es vida y Cristo es luz de las naciones y la vida de todas ellas,
por eso la Iglesia debe ser portadora de la luz de Jesús, por eso
hemos caminado con cirios encendidos, dirigiéndonos hacia el Santuario,
para celebrar la Santa Eucaristía. Pero, mis hermanos, que pena, que
dolor vivir en una ciudad en tinieblas, vivir en un país en tinieblas,
cuanta inseguridad, cuanta violencia, cuantas familias masacradas,
cuantos jóvenes masacrados. A penas hace dos días 16 jóvenes, que
bailaban, que cantaban en una fiesta sencilla, ahí fueron masacrados.
Hace poco una familia, la familia de un marinero y así muchas otras
familias. Mis hermanos, no podemos seguir caminando en las tinieblas,
en la oscuridad, cuando hace 478 años nuestra preciosa Niña, Santa
María de Guadalupe nos ha traído la luz verdadera. Ella viene envuelta
en el Sol; Ella viene envuelta en la luz para iluminarnos con esa
luz, para entregarnos la luz del arraigadísimo Dios por quien se vive
Jesucristo. Si nuestra ciudad, si nuestro país está caminando en las
tinieblas es porque no somos coherentes con nuestra fe cristiana,
es porque no irradiamos la luz de Cristo. Hemos sido encendidos desde
nuestro bautismo con esta luz de Cristo. Nosotros la Iglesia, mis
hermanos, debemos ser portadores de la luz de Jesús y por eso lo hemos
expresado con esta procesión solemne de los cirios encendidos dirigiéndonos
hacia al Santuario para celebración de la Eucaristía.
Mostrando vigilantes, mostrando
atentos con la luz encendida en las manos, para el día del Señor que
viene.
Este 2 de febrero, mis amados
hermanos, contiene, pues, esta nota especial. En parte reclama todavía
elementos del ciclo de la manifestación del Señor: luz en la noche
de la Navidad, luz en la visita de los magos, de oriente, luz en la
presentación y por otro lado el tema de la luz en la noche de la Pascua.
La luz que recibe la Iglesia en el bautismo, la luz que recibimos
cada uno de nosotros los bautizados y que debemos de ser portadores,
mis hermanos, de esta luz hasta el encuentro definitivo con el Señor.
Miren, mis amados hermanos,
estas luces que hemos encendido nos recuerdan, pues, que nosotros
debemos ser luz y la hemos de extender por medio de nuestro ejemplo,
de nuestro testimonio, de nuestra vida, de nuestra coherencia en nuestra
fe no podemos disculparnos diciendo: las autoridades no cumplen con
su misión. Es cierto, por otro lado, pero somos nosotros los que debemos
ser coherentes, consecuentes, somos luz. Por lo menos disipemos las
tinieblas de nuestra propia casa, de nuestro propio hogar, cuanta
desintegración, cuanta desunión, cuantos conflictos, cuanta violencia
en la familia. Que se proyecta desde luego en la sociedad en las estructuras,
en los ambientes.
Amados hermanos, tenemos que
ser luz de Cristo y extender esa luz en todas nuestras realidades,
sociales, políticas, económicas, culturales. Tenemos que ser luz con
el testimonio de vida y extenderlo hasta los confines de la tierra.
En la liturgia hay, pues, este momento tan importante, que nos recuerda,
que somos luz. Nosotros tenemos como centro de nuestra vida cristiana
un acontecimiento central, fundamental: la Pascua del Señor.
Y esa es la Vigilia Pascual en la que la Resurrección de Jesús y nuestro
nacimiento a la vida de Dios por el bautismo se expresan a través
del símbolo de la luz del Cirio Pascual y de las Candelas que encendemos
de la llama de aquel hermoso cirio. El paso de las tinieblas a
la luz, tantas veces citado por san Pablo en sus cartas. Nos dice:
los que seguimos a Cristo y hemos sido bautizados en su nombre
hemos de aparecer ante los ojos de los demás, como hijos de la luz.
No olvidemos que el Señor Jesús, mis amados hermanos, quien es,
y así lo decimos en el Credo: Dios de Dios, Dios de luz, Dios verdadero
de Dios verdadero. Jesús en determinado momento en su predicación
revela abiertamente quien es Él: Yo soy la luz del mundo, quien
me siga no anda en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida.
Por tanto, mis amados hermanos,
si de verdad decimos que seguimos a Cristo imitémoslo, dejémonos impregnar
de su luz, dejemos llenar de la fuerza de Espíritu, hemos de ser también
luz. ¡Qué bello! ¡qué hermoso Salmo cantamos al inicio de la celebración!
Si el Señor es mi luz, si el Señor es mi salvación ¿a quién voy
a tenerle miedo? ¿a quién? bebo irradiar siempre esta luz de Cristo.
Jesús nos lo ha dicho en el
Evangelio de san Mateo: ustedes son la luz del mundo, brille su
luz ante las gentes, ante los pueblos. Así verán sus buenas obras
y glorificarán al Padre Celestial que está en los cielos.
Amados hermanos, pensemos en
esto, interioricemos en esta Palabra, tarde o temprano quizás alguien
reconocerá nuestra luz y por ella alabará y glorificará al Padre Celestial,
pero no será por nuestra iniciativa de hacernos ver, no, tan sólo
dependerá de que estamos en el lugar que nos corresponde, que florezcamos
donde debemos florecer y que la pequeña lucecita de nuestra vela,
de nuestra veladora que hemos encendido hoy.
Mis hermanos, la pequeña candela
que somos alumbre a todos los que nos rodean. El directorio de piedad
popular nos dice claramente: las velas conservadas en los hogares
deben ser para los fieles un signo de Cristo luz del mundo. Y
por lo tanto un motivo para expresar la fe.
Que nuestra preciosa Niña,
Santa María de Guadalupe quien nos trajo al Sol de justicia, al Niño
luz, ahí está en su vientre, entregándolos. Que Ella siga intercediendo
por nosotros y que le hagamos caso: quiero mi casita, quiero mi templecito.
Que tirado tenemos su templo, que tirada tenemos su casa, su casa Ciudad
de México, su casa país Nación Mexicana. Tenemos que cumplirle a la
Señora, digámosle que interceda por nosotros, que nos contagie de su
disponibilidad, de su sencillez, de su fidelidad al Espíritu para que
como Ella seamos auténticos discípulos de Cristo, luz del mundo sal
de la tierra para que como Ella seamos misioneros enviados a encender
esta luz en nuestro mundo de hoy en donde nos encontramos.
Amén.