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Homilía
pronunciada por
el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en ocasión de la Eucaristía de Inauguración del II Congreso Latinoamericano y del Caribe de Doctrina Social Cristiana.

11 de septiembre de 2006

IMAGINAR UN CONTINENTE PARA TODOS
Justicia, solidaridad y esperanza ante los nuevos desafíos sociales

Mi saludo más afectuoso de pastor de esta Iglesia local, que les da la más calurosa bienvenida a todos los participantes del II Congreso Latinoamericano y del Caribe de Doctrina Social. Como custodio de esta imagen entrañable de la Virgen de Guadalupe, también les doy la palabra de bienvenida a este Santuario que abraza a todos nuestros pueblos, y saludo a cada uno de mis hermanos en el episcopado; a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos que han venido desde distintas partes de nuestro continente, hermanado en la fe, en la historia y, también, hermanado en la esperanza de que el futuro ya presente en la Resurrección del Señor Jesús nos haga avanzar -en humildad y audacia, como María- por los caminos de la justicia y de la solidaridad.

Se ha proclamado para todos nosotros en esta tarde, a los pies de la Patrona de América, la Palabra de Dios que les invito a acoger en una actitud de escucha interior. El verdadero lugar de la oración -del diálogo con Dios- lo sabemos, es el corazón, en el sentido bíblico de la palabra. Nosotros cristianos oramos con el corazón. No oramos con la memoria ni con la inteligencia, ni con la sensibilidad, aunque nuestras facultades deben de ayudamos a ello. Lo íntimo del hombre, "el hombre interior" como lo llama San Pablo, es más profundo que sus facultades. El corazón es la raíz, de nuestro ser, la sede de nuestra libertad, la fuente de nuestras relaciones. El profeta Isaías nos ha dicho: "hasta que se derrame sobre nosotros un aliento de lo alto, entonces el desierto será un vergel”:.. (32, 15); en el Salmo 85 hemos dicho al Señor: "voy a escuchar lo que dice Dios"... (9) y el Evangelio de Mateo nos anuncia: "dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios" (5, 8).

El proyecto de Dios es, en primerísimo lugar, una revelación interior para nosotros, para nuestros pueblos. Esta revelación interior es "gracia", es una "luz", es presencia del Espíritu en nuestros corazones. El Espíritu Santo, en nosotros, va produciendo a Jesucristo, nos va dando forma de discípulos y misioneros del único "bienaventurado" -Cristo Señor- quien a través de sus seguidores continúa anunciando eI Reino por todos los confines del mundo y curando, sanando de toda dolencia y sufrimiento (cfr. Mt 4,23).

No podemos olvidar lo que con tanta fuerza nos decía el recordado y querido Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Novo Millenio Ineunte: "En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que acecha siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada" (cf. Jn 15,5). (Cfr. No. 38).

"Imaginar un continente para Todos", como reza el lema del II Congreso Latinoamericano y del Caribe de Doctrina Social Cristiana que estamos inaugurando, supone en primer lugar dejamos guiar y animar por el Espíritu de Jesús. Por eso estamos aquí, reunidos ante el altar del Señor. El Espíritu que animó a Jesús aparece ante nosotros en la Palabra de Dios escuchada en esta celebración como un espíritu de unidad en la diversidad; de reconciliación, de perdón, de justicia y de paz.

  • Porque ante el reto de conjugar unidad y diversidad en nuestros pueblos, la Iglesia tiene la misión de servir e iluminar: su experiencia y su misma fe en el Dios cristiano, la Trinidad, que es unidad y diversidad, se lo permite.
  • Porque ante el reto de sanar fracturas, de promover el diálogo, de perdonar, Ia Iglesia podría ofrecer más y más su experiencia: ella ha nacido de un acto de reconciliación.
  • Porque ante el reto de la desigualdad y de la pobreza, ella puede tener el espíritu y la experiencia secular que suscite la imaginación de nuevos caminos de justicia y de paz.
  • Porque la Iglesia en el Continente puede promover la comunión, como alma de una relación que fomente la libre articulación de la diversidad en un contexto cada vez más global.

La Iglesia en América Latina y el Caribe tiene que imaginar caminando en el Espíritu nuevas oportunidades de desempeñar su misión de ser sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre sí.

Sólo lleno del Espíritu de Jesús el "hombre de las bienaventuranzas" irá apareciendo en nosotros, en nuestras comunidades y en nuestros pueblos; así nos haremos portadores de una nueva energía espiritual para nuestro continente, energía imaginativa y creativa que irá, a partir de la luz de la Doctrina Social Cristiana, proyectando caminos de justicia y de paz, de igualdad y de respeto a la diferencia.

El "hombre de las bienaventuranzas" -que hemos escuchado en la proclamación de Mateo- no es sin embargo, en primer lugar, el discípulo, sino Jesús mismo. Las bienaventuranzas adquieren sentido, concreción, peso y atractivo sólo si las contemplamos en la vida de Jesús, totalmente proyectada hacia la cruz.

Por ese motivo, la Exhortación Ecclesia in America nos recuerda que es desde el encuentro personal, encuentro vivo con Jesucristo, y desde esa centralidad del Señor en toda nuestra vida, como podemos avanzar en la tarea y misión de anunciar el Reino y promoverlo junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad en nuestro continente.

La Iglesia en América Latina y en el Caribe se prepara con esperanza para la próxima Conferencia del Episcopado Latinoamericano, convocada en Aparecida, Brasil, para el próximo año. El tema de la Conferencia es: Discípulos y Misioneros. En efecto, ser discípulos de Jesucristo, implica conocerlo, permanecer con él, amarlo y seguirlo de modo que los hombres, al ver al discípulo, digan: ¡he ahí a Jesucristo!

Las bienaventuranzas son la presentación de Jesucristo: el pobre, el afligido, el desposeído, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el limpio de corazón, el pacífico, el perseguido, el hijo de Dios. Ése es el camino del discípulo. Ése es el camino de la Iglesia al servicio del Reino.

Una cuestión especial es necesario considerar con ocasión de esta Eucaristía que sirve de gran pórtico del Congreso: eI tema del a justicia social y de la Doctrina Social Cristiana. A este propósito quisiera referirme a la reciente encíclica del Papa Benedicto XVI “Deus Caritas est'” que habremos de tener muy presente a lo largo de estos días.

Evocando la distinción clásica entre lo que pertenece al César y a Dios (cf. Mt 22, 21) -y la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la legítima autonomía de las realidades temporales- la encíclica afirma: la Iglesia y el Estado «son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca», La tarea del Estado es perseguir la justicia y garantizar a cada uno lo necesario para vivir dignamente, respetando el principio de subsidiaridad. La Iglesia, por su parte, dada la naturaleza ética de la política, tiene la misión de sanar, -con la luz de la revelación, la razón práctica p ara que desarrolle mejor su cometido: «realizar la justicia aquí y ahora». La razón necesita ser iluminada por la fe, en modo alguno eliminada o suplantada. «En este punto, política y fe se encuentran». Por ello, concluye el Papa: «La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia». Como la política «es una tarea humana primaria, la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente razonables», Aquí se inserta el magisterio social de la Iglesia, su doctrina social.

La lucha por la justicia no invalida la necesidad del servicio de la caridad. «El amor -caritas- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo». Una justicia sin amor cae en la burocracia y en una concepción materialista del hombre. La persona queda humillada y privada de su dimensión trascendente.

Por otra parte, la Iglesia estimula a los fieles laicos «a participar en primera persona en la vida pública». Como ciudadanos del Estado han de hacerse presentes en la «multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común». A ellos les corresponde, animados por la «caridad social», cooperar con los otros ciudadanos en la búsqueda un orden cada vez más justo; y esto, bajo su responsabilidad personal.

La Iglesia tiene el derecho y la obligación de organizarse. Ella «nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los y creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor».

El Papa hace un llamamiento para que la humanidad se una en la lucha par la justicia y la solidaridad a escala planetaria. En la línea del magisterio social de sus predecesores y del Concilia Vaticano II, Benedicto XVI insiste en la necesidad de globalizar la solidaridad y humanizar la globalización. Pugna por que se aprovechen las medias de nuestra saciedad para una ayuda más rápida y humanitaria de las pobres de la tierra. Es urgente un diálogo de todos los actores sociales para socorrer las pobrezas materiales y espirituales que afectan a las hambres y mujeres de nuestro mundo.

Concluyo citando Ecclesia in America aquí, en este lugar, en donde Juan Pablo II consagró a María de Guadalupe el continente americano:

"He aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Confiando en esta promesa del Señor, la Iglesia que peregrina en el continente americano se dispone con entusiasmo a afrontar los desafíos del mundo actual y los que el futuro pueda deparar. En el Evangelio la buena noticia de la resurrección del Señor va acompañada de la invitación a no temer (cf. Mt 28, 5.10). La Iglesia en América quiere caminar en la esperanza, como expresaron las Padres sinodales: «Con una confianza serena en eI Señor de la historia, la Iglesia se dispone a traspasar el umbral del tercer milenio sin prejuicios, ni pusilanimidad, sin egoísmos, sin temor ni dudas, persuadida del servicio primordial que debe prestar en testimonio de fidelidad a Dios y a las hombres y mujeres del continente". (No. 75).

 
 
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