Hermoso y único Altar de Dolores se exhibe en la Basilíca
de Guadalupe
*Rescata una tradición
de siglos en la iglesia católica
Entre las festividades marianas celebradas con especial devoción
por la religiosidad popular aquí en
México, sobresale la de Nuestra Señora de los Dolores.
En honor de esta advocación de María, “El viernes de Dolores”,
o sea el viernes que precede al Domingo de Ramos, se levantan
ante su imagen --en templos y domicilios particulares-- rutilantes
altares plenos de poesía y simbolismos llamados “Incendios”
por las abundantes luces que los iluminan.
La tradición del “ALTAR DE DOLORES” data del siglo
XVI, sin embargo, no fue sino hasta el siglo XVIII cuando aparecieron
crónicas y relatos con alusiones concretas a la celebración.
Es entonces cuando se sacó de la Iglesia el culto a la Dolorosa
y se hizo extensivo a los hogares mexicanos.
Los cronistas relatan que la instalación del ALTAR DE DOLORES
se efectuaba ocho días antes del Viernes Santo, con la intensión
de consolar a la Santísima Virgen, ya que ocho días después,
ella iba a estar acongojada por la muerte de su Hijo Jesús.
Los mexicanos, con ese ingenio y creatividad característicos,
buscaron la manera de consolarla y halagarla, instalándole un
altar con algunos presentes, para distraerla y atenuar un poco
su pena.
Todos los elementos colocados en el Altar tienen un mensaje
específico, nada está puesto al azar y nos comunican un discurso
teologal con un rico lenguaje artístico.
En todo el Altar no hay un espacio perdido, no hay descanso
en la colorida ornamentación.
Por ejemplo, las alfombras de flores, semillas y aserrín coloreado
son una manera de hacer menos penoso el camino de la Madre Dolorosa
“por la calle de la amargura”; el trigo germinado, hecho crecer
con las lágrimas de sus ojos, alude a su fecundidad como Corredentora
de la humanidad, al mismo tiempo sugiere la materia con que
se elabora la Sagrada Eucaristía.
Las aguas de colores, siempre en vistosos botellones recuerdan
sus lágrimas derramadas a los pies de la cruz. Los angelitos
pasionarios cargan las “armas de Cristo”: cruz, corona de espinas,
esponja, lanza y manto de la Verónica.
La Virgen Dolorosa se suele representar con una espada o un pequeño puñal (o siete
pequeños puñales), símbolo de su aflicción, clavado en el corazón.
Nuestro país está considerado como un pueblo con
una sorprendente creatividad artística que emana de lo más profundo
del ser.
A través del arte mexicano se retiene la presencia de nuestras
costumbres y nos permite mantener viva nuestra esperanza.
Por esta razón el ALTAR DE DOLORES es una forma de transmitir
una de nuestras hermosas tradiciones y con ella nuestros valores.
Esta hermosa tradición de los altares de dolores
pretendía también c_onMover a los fieles, a través de todos
los elementos, a través de los sentidos de la vista y del olfato,
para exaltar su compasión por las aflicciones de la Virgen Santísima.
¿Cómo se preparaban antes para colocar el altar
de Dolores?
En pequeñas macetas u objetos de barro, dos o tres
semanas antes, se sembraban diversos granos como: chía, alpiste,
trigo, cebada o amaranto cuidando de regarlas diariamente para
que el día de la colocación del altar estuvieran debidamente
germinados.
Algunas naranjas se doraban para que sirvieran
de base para encajar en ellas banderitas con papel picado de
diferentes colores, otras de papel plateado o de oro volador.
Para darle colorido al altar, se teñía agua con composiciones
químicas (ahora se simplifica esta acción con las anilinas),
y se vertían en recipientes transparentes como: copas, botellones
y vitroleros. Se obtenían esferas de cristal de colores o azogadas
de mercurio con tonalidades púrpuras, doradas o plateadas.
Los cirios eran colocados en ostentosos candeleros,
así como lámparas con aceite, con el objeto de que al encenderlas
iluminará vivamente el agua de colores, el calor de las llamas
hiciera que el papel picado crujiera y se moviera, introduciendo
suaves destellos y tenues murmullos semejando el leve crepitar
de la leña.
En la parte principal de la casa se colocaban gradas
de madera cubiertas con un mantel de lino blanco o encaje y
sobre éstas se iban poniendo artísticamente los objetos.
Al centro del altar destacaba la figura principal de la Dolorosa,
cuyos atributos son: un puñal clavado sobre el pecho, los signos
de la pasión como: la corona de espinas, clavos, martillo, una
escalera, la bolsa con 30 monedas y los dados con los que algunos
soldados se jugaron la túnica de Cristo.
Las familias de escasos recursos suplían los encajes,
calados y blondas con el famoso “papel picado” de china, de
diversos colores.
El trabajo de papel picado era, y sigue siendo, un reto para
la imaginación de los artistas populares.
El suelo se cubría con pétalos de flores naturales
o aserrín pintado de colores semejando un artístico tapete,
cuyas figuras se obtenían mediante complicados patrones de papel.
También se utilizaban algunos elementos naturales como salvado,
café, obleas de harina desmenuzadas y papel de china picado;
herencia prehispánica que nos legaron nuestros antepasados llamado
Xochipetate, que da por resultado una fragante y efímera alfombra
que antiguamente se ofrecía a la diosa Xochiquetzalli, deidad
femenina de las flores, protectora de los poetas, pintores y
danzantes.
Por otra parte, la señora de la casa preparaba
aguas frescas de diferentes sabores como: horchata, chía, limón,
tamarindo, jamaica, timbiriche, semilla de melón y se ofrecía
a los familiares y amigos o simplemente devotos que caminaban
de casa en casa admirando los famosos ALTARES DE DOLORES.
A estas aguas frescas, el ingenio popular les dio el nombre
de “Lagrimas de la Virgen” en recuerdo de las que ella derramó
durante la semana de Pasión. Las lágrimas que para algunos son
amargas y para otros simplemente saladas, no pueden ser desagradables
tratándose de las de la Madre de Cristo.
La costumbre del ALTAR DE DOLORES, por otra parte, era una
oportunidad para que amigos y extraños convivieran amistosamente,
pues a todos se les recibía con el mismo agrado.
La familia entera solía rezar el Rosario a una hora determinada
y a ese homenaje piadoso se unían los visitantes.
Origen
y Significado de la festividad de Nuestra Señora de los Dolores
Si nos ponemos a indagar sobre el origen de esta
festividad tenemos que remontarnos hasta la edad media en Europa,
cuando la piedad popular había inspirado ya el arte gótico.
La fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, preparada
por la literatura ascética del siglo XII, fue introducida primeramente
en Alemania por el Sínodo Provincial de Colonia en 1423 e inserta
en el viernes de la tercera semana después de Pascua.
Benedicto XIII en 1727 la extendió a toda la Iglesia con el
titulo de “Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada
Virgen María”, poniéndola el viernes después de la dominica
de la Pasión, es decir, el sexto viernes de Cuaresma, el viernes
anterior a la Semana Santa, para recordar los dolores que padeció
la Santísima Virgen María durante la pasión de su Hijo.
La Orden de los Siervos de María,
fundada en Florencia en 1240, difundió mucho el culto de la
Dolorosa y obtuvo del Papa Inocencio XI (1676-1698), una fiesta
propia de la tercera dominica de septiembre, después Pío VII
la extendió a toda la Iglesia. Pío X la asigno establemente
al 15 de septiembre.
Durante el siglo XVI, después de la Conquista,
esta devoción fue introducida a México por los primeros frailes
franciscanos, dándola a conocer a los indígenas recién conversos
mediante el “teatro evangelizador”, que era un medio eficaz
para conquistarlos a través de las imágenes, ya que la comunicación
verbal no era posible, debido a que no hablaban las lenguas
aborígenes.
Los evangelizadores le dieron interés principal
a la Liturgia, y con ella al conjunto de formas externas, gestos,
signos, símbolos, etc., con que habrían de realizarse las celebraciones
religiosas, dadas las circunstancias novedosas en el habrían
de desarrollar la tarea evangelizadora.
La suntuosidad del culto prehispánico fue tomada
en cuenta por los religiosos, quienes trataron de promover mediante
nuevo resplandor los ritos antiguos, tan elaborados en ceremonial
y ornato.
En la capital de la Nueva España, durante los siglos
XVIII y XIX, el viernes de Dolores también se realizaba un colorido
paseo conocido como “Jamaica de las flores”, en el que todo
el pueblo, pobres y ricos, se reunían en la Acequia de Roldán
o el Canal de la Viga para comprar las flores que venían desde
las chinampas de Iztacalco o Santa Anita.
Por la noche del mismo viernes las familias capitalinas
y las de la región del Bajío, acostumbraban mostrar sus “incendios”,
colocados en las salas de sus casas, convidando a propios y
extraños un vaso de agua fresca para aliviar los calores de
la primavera y compartir de cerca los misterios de la Pasión
de Jesucristo.
LA DOLOROSA EN LA BASILICA
En el antiguo santuario de Guadalupe, la Virgen
de los Dolores tenía un altar permanente y durante su fiesta,
todo el Cabildo la celebraba con un oficio especial que incluía
la participación de su Capilla Musical (hoy Coro de Infantes)
que entonaba el Stabat Mater, que es un canto ofrecido en desagravio
a este duro trance de la Pasión de Jesucristo.