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Homilía
pronunciada por Mons. José G. Martín Rábago,
Obispo de León, Presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana, en la Apertura de la LXXXII Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano en la Basílica de Guadalupe.

13 de noviembre de 2006

Saludo con atención y respeto a los Eminentísimos Señores Cardenales y al Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico. Muy cordialmente y con fraternidad saludo a mis hermanos Arzobispos y Obispos.

Quiero expresar un saludo de singular cercanía espiritual al Reverendo Padre superior de los Misioneros de Guadalupe y a más sacerdotes de esa sociedad de vida apostólica que le acompañan. Saludo a todos los demás sacerdotes y diáconos, los saludo a todos ustedes hermanos y hermanas participantes en esta concelebración Eucaristía. Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo y Dios de misericordia que nos permite congregarnos para vivir la fraternidad en el comienzo de nuestros trabajos de nuestra Asamblea Episcopal.

Esta Asamblea Plenaria inicia presentando los actividades que vamos a realizar como ofrenda que colocamos ya desde ahora sobre el altar para que transformadas por la obra del Espíritu sean recibidas, junto al Cuerpo y la Sangre de Cristo, como sacrificio agradable al Padre. Queremos que todos los trabajos de nuestra Asamblea sean espiritualmente como una gran Eucaristía, una acción de gracias, de alabanza y bendición al Dios de las bondades que nos permite ser colaboradores en la obra salvifica que Él encomendó a Jesús, nuestro gran, Pastor, de quienes nosotros somos sacramentalmente sus prolongadores en el Tiempo.

Acción de gracias por la Canonización de Mons. Rafael Guízar y Valencia.

Nuestra acción de gracias tiene, en esta ocasión, un motivo de peculiar significado: por primera vez nos reunimos, como Conferencia Episcopal, después de la Canonización de Mons. Rafael Guízar y Valencia, el primer Obispo Santo nacido en el continente americano. El 15 de Octubre el Papa Benedicto XVI canonizó a quien ya habíamos elegido nosotros como Patrono, para ser más legitimo, como Patrono secundario de nuestra Conferencia y a quien invocábamos siempre al comienzo de nuestras actividades diciendo: ¡Beato Rafael Guízar Valencia, ruega por nosotros!

Ahora lo tenemos como Patrono Santo; que su ejemplo sea un llamado fortificante en nuestro caminar de pastores; que sea, como dijo el Papa en la Misa de Canonización: "Para los hermanos obispos y sacerdotes un modelo fundamental en los programas pastorales, que aliente el espíritu de pobreza y de evangelización, así como el fomento de las vocaciones sacerdotales y religiosas y su formación según el corazón de Cristo".

Por primera vez, los obispos mexicanos reunidos, podemos invocarlo diciéndole: ¡San Rafael Guízar Valencia, ruega por nosotros tus hermanos en el episcopado; trasmítenos tu entusiasmo misionero; contágianos de tu caridad pastoral, del desprendimiento de las cosas materiales; ayúdanos a sobrellevar con paciencia los sacrificios que comporta nuestra vocación; que aprendamos, como tú, a imitar a Cristo manso y humilde de corazón!

Nos congratulamos con nuestros hermanos obispos de las diócesis de Veracruz y expresamos una fraterna y cálida felicitación a Mons. Sergio Obeso y a todos los fieles de la Arquidiócesis de Jalapa.

Referencia al Texto de la Escritura.

La carta a Tito que ha sido proclamada en la primera lectura de esta misa inicia con tres versículos que se consideran entre los de mayor densidad doctrinal de toda la Escritura. En ellos se resumen las principales verdades de la religión cristiana y nos ofrecen la descripción más completa del ser y del quehacer del apóstol de Cristo, señalando su origen, su naturaleza, su objetivo y a quienes está destinado su servicio. La Carta hace alusión al origen de la vocación apostólica que viene directamente de Dios mismo; esta es la razón de su nobleza y el fundamento de su misión en la economía salvifica.

Independientemente de las discusiones exegéticas sobre la identidad teológica de quienes son designados como episcopos en las Cartas Pastoral es, la rica reflexión sobre la espiritualidad que debe ser característica de quienes están colocados al frente de la dirección de las comunidades, nos ofrece a nosotros, obispos de esta hora, una exhortación que nos conduce a un serio examen de conciencia y a formular los proyectos de transformación de nuestra vida. Dice: "el episcopo debe ser irreprochable", es decir, debe poseer una digna reputación que lo ponga al cobijo de críticas infundadas tanto de fieles, como de paganos, porque el es Administrador de Dios. Señala luego los defectos más graves que le impedirían cumplir su tarea. Se designan como indignos del episcopado a quienes son altivos, quienes no saben escuchar los consejos que se les ofrecen y son obstinados en su opinión, quienes son autosuficientes y prefieren mantenerse en un dorado aislamiento. Luego en forma positiva, se enumeran siete cualidades, entre las cuales sobresalen las cuatro virtudes cardinales; la última cualidad se desarrolla con excepcional amplitud diciendo: "el episcopo debe permanecer fielmente apegado a la fe enseñada, para que sea capaz de predicar una doctrina sana y refutar a sus adversarios". Esta es una proclamación de la vocación del obispo como hombre de fe, como hombre de ortodoxa.

En efecto, el obispo es maestro que con sus instrucciones y exhortaciones ofrece, con absoluta fidelidad, la verdad de la doctrina cristiana. Esta vocación profética ha sido constantemente enseñada en el magisterio eclesiástico; baste señalar lo que afirma el Papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica Pastores Gregis: "El gesto previsto en el Rito Romano de Ordenación Episcopal, cuando se pone el Evangeliario abierto sobre la cabeza del electo, expresa, por una parte, que la Palabra arropa y protege el ministerio del obispo y, de otra, que ha de vivir completamente sumiso a la Palabra de Dios" (N. 28).

El Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, al hablar de la espiritualidad propia del obispo señala, además de las virtudes teologales, las dotes humanas de humildad, de pobreza, de obediencia, de castidad, de fortaleza, de prudencia y de lealtad, es decir de una vida rica en madurez espiritual y humana.

La verdad es que esta nobilísima, pero exigente vocación, presenta un ideal que es inalcanzable en su plenitud. El Papa Benedicto XVI decía recientemente: "el afán nos impulsa a ser evangelistas y apóstoles de Cristo, pero todo esto debería ir unido a la humildad y al reconocimiento de nuestros límites. Habría que hacer tantas cosas, dice el Papa, pero no soy capaz. Mis fuerzas no son suficientes para hacer todo. Tengo que aprender y hacer lo que puedo y dejar el resto a Dios ya mis colaboradores".

En este mismo sentido el Cardenal Pironio hace algunos años decía: "es preciso comprender, ante todo, el momento episcopal que vivimos. Está lleno de riquezas y de riesgos, de claridad y de sombra, de comunión, y de tensiones. A la luz del Espíritu hemos de descubrir las exigencias de nuestra hora y esforzarnos por ser fieles, asumiendo con gozo nuestro compromiso y con serenidad nuestras propias limitaciones" (Boletín CELAM - Junio 1970 - N. 34).

Al igual que los apóstoles dijeron a Jesús, como así también nosotros debemos decir: "auméntanos la fe". Nosotros debemos pedir: ¡Señor, fortalece nuestra debilidad y, a pesar de nuestras limitaciones auxílianos para ejercer el ministerio que nos has confiado con la seguridad puesta en el poder del Espíritu que nos ha revestido de fortaleza para ser testigos de tu pascua!

Asamblea LXXXII.

Con esta Asamblea culminan los trabajos de un trienio en que nos propusimos la prometedora tarea de revisar y actualizar las estructuras internas de nuestra Conferencia. Tal vez alguien piense que un trienio fue un tiempo demasiado largo. Sin embargo, teníamos conciencia de que ese trabajo es parte de la labor que nos corresponde como pastores. Este Servidor lo señaló al comienzo de la LXXIX Asamblea: "La novedad de los tiempos que nos toca vivir, la rapidez con que se producen los cambios, la complejidad de los fenómenos culturales y sus interrelaciones, nos confirman en el dicho evangélico ‘a vino nuevo, odres nuevos"'. Podríamos decir que las estructuras son como los odres, el vino nuevo es la fuerza vivifican te del Espíritu. Esto nos habla de la grandeza y la humildad de las estructuras: ellas no son lo principal, ellas no producen la santificación, ellas no son el objetivo último, pero sin ellas, sin su aporte, en los planes ordinarios de Cristo, no seremos los centinelas atentos que vigilan el curso de la noche para anunciar con gozo la llegada del nuevo día.

Gracias a la acción bondadosa del Padre de quien procede todo don perfecto, hemos ido recorriendo un camino que hoy nos permite iniciar un trabajo más articulado, más acorde a lo que nos corresponde desde una eficiente colegialidad episcopal y más ágil para responder a los retos que hoy nos plantean las exigentes circunstancias que nos toca vivir.

Por otra parte, también en esta Asamblea tendremos la elección de los nuevos directivos de los organismos de la CEM. Deberá ser un momento conducido por la luz del Espíritu; quede lejos de nosotros toda aspiración a ocupar cargos, ambicionando poder, prestigio o afán de dominio. Los oficios entre nosotros son sólo servicios, que suponen mucho amor, generosa abnegación y luminoso testimonio.

Comunión fraterna con nuestros hermanos de Oaxaca.

Mientras nosotros nos reunimos aquí fraternalmente, bajo la mirada de maternal ternura de Nuestra Señora de Guadalupe, afuera hay quienes viven situaciones de tensión y de dolor. Quiero referirme, con especial afecto a nuestros hermanos del sufrido Estado de Oaxaca. En nombre de todos los obispos miembros de esta Conferencia Episcopal, expresamos nuestra solidaridad a todas las comunidades oaxaqueñas; también nuestra fraternidad y cercanía espiritual a los hermanos obispos que sirven como Pastores en ese Estado de la República y, de manera especial quiero referirme, al Sr. Arzobispo D. José Luis Chávez Botello y a su Auxiliar Mons. Oscar Campos Contreras. Hemos seguido, con interés y preocupación, el desarrollo de los acontecimientos; hemos estado atentos a los comunicados emanados por los obispos de esas comunidades. Hemos orado por ellos y con ellos. Sabemos que los conflictos que ahí se viven han sido generados por situaciones que vienen de mucho tiempo atrás.

Para encontrar la solución nos vienen a la mente las palabras proféticas, pronunciadas hace ya más de cuarenta años en el Concilio Vaticano II: "En nada aprovecha trabajar por la paz mientras los sentimientos de hostilidad, de menosprecio y de desconfianza, los odios raciales y las ideologías obstinadas dividen a los hombres y los enfrentan entre si... para edificar la paz se requiere, ante todo, que se desarraiguen las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre esas causas deben desaparecer, dice el documento, principalmente las injusticias. No pocas de estas provienen de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias" (G. et Sp.82).

Ante la complejidad de los acontecimientos y el enrarecimiento del clima entre los sectores sociales, los obispos queremos alzar la voz para proclamar que hay esperanza para alcanzar la paz; que confiamos en el amor de Dios que habita en cada persona para lograr el respeto a la dignidad del ser humano y conformar, por el ámbito del diálogo la construcción de una sociedad oaxaqueña en comunión y en solidaridad.

Centenario de Mons. Alonso Manuel Escalante.

Con gusto hemos aceptado la invitación de los sacerdotes Misioneros de Guadalupe a unimos al agradecimiento a Dios por el centenario del nacimiento de Mons. Alonso Manuel Escalante. Esta Sociedad de Vida Apostólica está íntimamente vinculada con el episcopado mexicano. Fue fundada en 1949 por iniciativa de los obispos mexicanos, con el fin de enviar misioneros a los países no cristianos. Mons. Escalante, nacido en Mérida, Yucatán fue ordenado sacerdote como miembro de los misioneros de Maryknoll. Después de algunos años de apostolado misionero, fue designado Vicario Apostólico de Pando en Bolivia; recibió la Ordenación Episcopal en la antigua basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, de manos del Excmo. Sr. Luis María Martínez, Arzobispo de México. El mismo Episcopado Mexicano invitó, con el consentimiento de Su Santidad Pío XII, a regresar a México para fundar y ser Rector del Seminario Mexicano de Misiones, acto que se realizó en octubre de 1949. La Santa Sede lo nombró Director Nacional de las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe y de San Pedro Apóstol, cargo que desempeñó hasta su muerte, ocurrida el 21 de junio de 1967 en la isla de Hong Kong mientras realizaba un viaje para visitar las misiones.

Unidos a todos los muy apreciados miembros de la Sociedad Apostólica de Misioneros de Guadalupe, nos congratulamos por el gran regalo que significó para nuestra Iglesia el ministerio misionero de Mons. Escalante; gracias a su generosidad y capacidad organizativa, hoy esta institución se ha fortalecido y cuenta con cerca de 150 misioneros diseminados por todo el mundo. A través de Mons. Escalante se hizo realidad el anhelo del Episcopado Mexicano de formar y enviar misioneros a los países donde el evangelio no se había predicado.

Conclusión.

Quiero concluir, hermanos, queremos iniciar nuestra Asamblea pidiendo a San Rafael Guízar Valencia que este sea un momento que nos haga más sensibles para fortalecer nuestra tarea de evangelizadores; esa es nuestra misión y la tarea para la que fuimos elegidos. Su caridad pastoral y su impulso misionero nos dispongan a celebrar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Con cuanta satisfacción veríamos que este Santo Obispo misionero en varios países de nuestra región fuera proclamado Patrono de los obispos del continente junto con Santo Toribio Mogrobe.

A nuestra Señora de Guadalupe volvemos esperanzados nuestros corazones, en esta hora difícil, pero también cargada de esperanza de nuestra historia. A ella le pedimos que nos recoja a todos en el hueco de su manto y que nos haga crecer en sentimientos de fraternidad, que seamos sensibles al clamor de los que sienten que se les ha arrebatado la fuerza vivificante de la esperanza; que nos convirtamos en merecedores de la bienaventuranza evangélica: "Bienaventurados los constructores de la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt. 5, 9).

 
 
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