Queridos hermanos en Cristo Jesús, saludo
con especial afecto a los familiares del padre Carlos, a todos
aquellos que lo han acompañado en su ministerio sacerdotal y en
su proceso de formación.
Quiero saludar con cariño a toda la familia de agustinos recoletos
y las demás familias de agustinos que hoy se sienten felices por
la consagración del padre Carlos.
Doy la bienvenida y agradecimiento
sincero a mis hermanos obispos que en este día ponen un signo
de comunión para con nuestro hermano Carlos que ingresa al episcopado.
Agradecemos esos sacrificios y los reconocemos en lo que valen,
porque muchos de nuestros hermanos obispos han venido de todo
el continente, desde tierras lejanas. Sean bienvenidos a su
casa, a esta Casita de Nuestra Señora de Guadalupe. Padre Carlos,
esta comunidad y la Iglesia entera, en este día presenta ésta
plegaria: “Padre Santo, tú que conoces los corazones, concede
a este siervo tuyo a quién tú escogiste para el episcopado,
que sea buen pastor para tu santa grey.
Esta figura del buen Pastor, es privilegiada de toda la Escritura
y en la Tradición de la Iglesia, para que tanto los presbíteros
como los obispos tengamos un manantial seguro de espiritualidad.
Esta figura que en primer lugar nos hace ver a Cristo como el
modelo, el buen Pastor, que dio su vida por las ovejas, al buen
Pastor que se entregó por nosotros hasta el extremo.
Esto de configurarse con Cristo no
es capacidad de ningún ser humano, esa configuración solamente
se da por la fuerza, la Gracia, por el regalo que el Espíritu
nos concede, por eso la Iglesia te consagra con la imposición
de las manos y la invocación del Espíritu, ese Espíritu que
debe permanecer en ti para siempre.
El Espíritu de Dios que hoy desciende continuamente debe ser
invocado por ti y ese don que te regala el Espíritu, continuamente,
lo tienes que renovar para que siempre estés en tensión de identificarte
con Cristo el buen Pastor.
Pero tampoco podría venir de ti la
entrega al pueblo santo de Dios a esta grey santa adquirida
por Cristo si el Espíritu no te lo concede, si Él no te da la
fortaleza, la sabiduría, si no te abre los caminos para que
estés continuamente en contacto con el pueblo al cual vas a
servir, al que entregarás tu propio vida.
Cuando los obispos del mundo entero
nos reunimos en Sínodo, convocados por Juan Pablo II, empezó
una lista interminable de las cualidades que deben adornar a
áquel que ha sido elegido y consagrado como obispo, imposible
de tener esas cualidades en un solo ser humano, como diría santo
Tomas: “algunas excluyen a otras”. Pero haciendo un resumen
por parte de la asamblea presidida por Juan Pablo II, llegamos
a ver que el obispo es el servidor del Evangelio para la esperanza
del mundo.
Como en otros tiempos quizá brillaron
o deberían brillar otras capacidades, virtudes, otros dones,
en nuestro tiempo vimos que la virtud que debe de distinguir
al obispo es la esperanza. Y como no recordar a Juan Pablo II,
que hizo de ésta página del Evangelio lo que acabamos de escuchar,
su programa para el siglo presente. El Papa empezando por este
texto, nos describe la cualidad, la virtud fundamental de la
esperanza.
Desde la barca de Pedro, Jesús invita
a sus apóstoles a remar mar adentro, viene la voz de Pedro:
“Señor hemos trabajado toda la noche y no hemos logrado nada,
ellos ya habían guardado sus redes, nada tenían que hacer Señor,
pero en tú palabra echaremos las redes”. Muchas situaciones Carlos, se te presentarán
en el ministerio episcopal y siempre tendrás necesidad de ésta
página del Evangelio, en primer lugar contigo mismo.
Muchas veces verás que el ministerio que se te confía va más
allá de tus fuerzas, que ya tú pusiste todo lo que humanamente
podías poner, ya podrías decir con satisfacción: “Señor ya le
hice la lucha, no doy para más”, y guardar tus redes.
Ahí es cuando debe venir la esperanza que proclama Pedro: “Señor,
en tu Nombre de nuevo lanzaré las redes, yo no sé lo que suceda,
lo que siga, pero no me puedo retirar, no puedo guardar estas
redes, seguiré aquí donde me has puesto”.
Creo que todos los obispos con mucha
frecuencia sentimos nuestras limitaciones, incapacidades, para
realizar aquello que se nos ha confiado y solamente con esa
confianza y esperanza en el poder de Dios seguimos adelante
lanzado las redes.
En lo más precioso, en lo que más te va a tocar el corazón,
en muchas ocasiones sentirás la desesperanza; a muchos hermanos
nuestros se les cierran los caminos, se dejan atrapar por los
ídolos de éste mundo y al obispo le corresponde abrir esos caminos
de esperanza, lanzar de nuevo las redes y llamarlos de nuevo
para que confiando en el Señor sigan siendo pescadores de hombres.
Necesitan de tu ministerio episcopal,
lleno de esperanza en nuestro mundo tan materialista. Muchas
veces tu palabra de obispo ya no tendrá resonancia, parecerá
que estas predicando en el vacío; y sin embargo, tienes que
mostrar en el aquí y en el ahora, pero también para la vida
futura, la esperanza que nos mueve. Que nadie te arrebate la
esperanza del corazón.
Tarde o temprano, el Evangelio, la
buena semilla, encontrará tierra buena, tienes que seguir proclamando
la palabra de Dios con ocasión o sin ella. Deberás tener una
gran esperanza de que el Espíritu de Dios puede hacer nuevas
todas las cosas. Tú ni siquiera en esos momentos te podrás imaginar
cuando va a actuar el Espíritu de Dios en aquella situación
que para ti en un determinado momento puede parecer irremediable.
Es tiempo de esperanza, de estar junto
con áquel que nos ha dicho: “Yo he vencido al mundo”,
y el Espíritu de Dios seguirá actuando a través de ti si no
te dejas arrebatar esa esperaza que el Espíritu de Dios deposita
en tu corazón. Con este ánimo, con esta plegaria,
con este deseo, esta Iglesia va a hacer oración y nosotros impondremos
las manos sobre ti para que el Espíritu de Dios permanezca para
siempre en ti.