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Segunda Aparición
(Nican Mopohua, vv. 46-67)


Salió, pues, Juan Diego, abatido de tristeza porque su encomienda no se realizó de inmediato. En seguida se regresó. Poco después, ya al acabar el día, se vino luego en derechura a la cumbre del cerrito, y allí tuvo la grande suerte de reencontrar a la Reina del Cielo: allí precisamente donde por primera vez la había visto. Lo estaba esperando bondadosamente.

Y apenas el la miró, se postró en su presencia, se arrojó por tierra,  tuvo el honor de decirle: –«Dueña mía, Señora, Reina, Hijita mía la más amada, mi Virgencita, fui allá donde Tú me enviaste como mensajero,  fui a cumplir tu venerable aliento, tu amable palabra. Aunque difícilmente, entré al lugar del estrado del Jefe de los Sacerdotes.

Lo vi, en su presencia expuse tu venerable aliento, tu amada palabra, como tuviste la bondad de mandármelo. Me recibió amablemente y me escuchó bondadosamente, pero, por la manera como me respondió, su corazón no quedó satisfecho, no lo estima cierto. Me dijo: Otra vez vendrás; aún con más calma te escucharé, desde el principio examinaré la razón por la que has venido, tu deseo, tu voluntad».

«Me di perfecta cuenta, por la forma cómo me contestó, que piensa que el templo que Tú te dignas concedernos el privilegio de edificarte aquí, quizá es mera invención mía, que tal vez no es de tus venerados labios. Por lo cual, mucho te ruego, Señora mía mi Reina, mi Virgencita, que ojalá alguno alguno de los ilustres nobles, que sea conocido, respetado, honrado, a él le concedas que se haga cargo de tu venerable aliento, tu preciosa palabra para que sea creído. Porque yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros y a cargo ajeno, no es mi paradero ni mi paso allá donde te dignas enviarme, Virgencita mía, Hijita mía la más amada, Señora, Reina.

Por favor, perdóname: afligiré tu venerado rostro, tu amado corazón. Iré a caer en tu justo enojo, en tu digna cólera, Señora Dueña mía».

Y la siempre gloriosa Virgen tuvo la afabilidad de responderle: «–Escucha, hijito mío el más pequeño, ten por seguro que no son pocos mis servidores, mis embajadores mensajeros a quienes podría confiar que llevaran mi aliento, mi palabra, que ejecutaran mi voluntad, mas es indispensable que seas precisamente tú quien negocie y gestione, que sea totalmente por tu intervención que se verifique, que se lleve a cabo mi voluntad, mi deseo. Y muchísimo te ruego, hijito mi consentido, y con rigor te mando, que mañana vayas otra vez a ver al Obispo. Y de mi parte adviértele, hazle oír muy claro mi voluntad, mi deseo para que realice, para que haga mi templo que le pido. Y de nuevo comunícale de manera nada menos que yo, yo la siempre Virgen María, la Venerable Madre de Dios, allá te envío de mensajero.»

Y Juan Diego le respondió respetuosamente, le dijo reverentemente: «-Señora mía, Reina, Virgencita mía, ojalá que no aflija yo tu venerable rostro, tu amado corazón; con el mayor gusto iré. Voy ciertamente a poner en obra tu venerable aliento, tu amada palabra; de ninguna manera me permitiré dejar de hacerlo, ni considero penoso el camino. Iré, pues, desde luego, a poner en obra tu venerable voluntad, pero bien puede suceder que no sea favorablemente oído, o, si fuere oído, quizá no seré creído; pero mañana, por la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a devolver a tu venerable aliento, a tu amada palabra lo que me responda el Jefe de los Sacerdotes. Ya me despido, Hijita mía la más amada, Virgencita mía, Señora: Reina. Por favor, quédate tranquila». Y, acto continuo, él se fue a su casa a descansar.

Salve, tú que siempre esperas que el enviado o extraviado retorne,
Salve ternura materna que invitas a interpelarte como "Dueña nuestra, Reina, Hijita más amada, Virgencita nuestra".
Salve, tú que, con pruebas y obstáculos, el mérito acrecientas.
Salve, tú, que cual tu Hijo, al débil del mundo eliges para confundir al fuerte.

Salve, reina de los ángeles, prestos a servirte.
Salve, tú que para tus maravillas, sin dejar nadie fuera, has preferido la miseria humana;
Salve, tú que nuestro bien con rigor ordenas y con ternura ruegas.
Salve, por siempre Virgen, Madre del altísimo, que nuestra pobre intermediación procuras.

Salve, tú que supiste infundir aliento al temeroso,
Salve, tú que nuestras cobardías y timideces, aunque legítimas, aceptar rehúsas,
Salve, Tú que nos dejaste el ejemplo animoso de Juan Diego, tu más pequeño hijo.
Salve, que en él nos muestras la grandeza del vencimiento y sacrificio.

Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Señora y Niña nuestra!

 
 
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