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Presentación

El pueblo judío tuvo, como vemos en sus salmos, la genialidad y la fe de entonar himnos al Señor, no sólo exaltando su grandeza, sino evocando su amorosa intervención en su propia historia.

También, al menos desde el siglo VI, el genio, la piedad y fervor de la Iglesia griega, fue forjando el poema que llamamos Akáthistos, prodigio de belleza y devoción, que va considerando la corredención de María, proponiendo breves cuadros en los que se compendia lo histórico y lo meta histórico, lo temporal y lo eterno, lo inmanente y trascendente de la interacción divina en nuestra salvación, y a los cuales va respondiendo con férvidas aclamaciones de asombro y alabanza. Ese poema alimentó, en todos los momentos, trágicos o gloriosos de su historia, no sólo a generaciones de fieles bizantinos, sino también fue modelo que inspiró a otros, más modestos o circunstanciales, sobre todo en la Iglesia rusa.

En México, casi desde nuestro nacimiento como Patria e Iglesia, tenemos un relato similar en el Nican Mopohua. Es una joya literaria que de algún modo puede comparársele, pues con rigor histórico y arrobo místico, narra y canta la misericordia divina que quiso que naciéramos a su Evangelio en los brazos cariñosos de su Madre, y de un modo tan singular que Benedicto XIV evoco el salmo 147, 20: No hizo cosa igual con ninguna otra nación. Sólo nos hacia falta tratar de responderle, manifestando también nuestro grato asombro y rendida alabanza.

Hoy empezamos a conocer mejor, y a asombrarnos aún más de cuán maravilloso fue este don y cuánto nos compromete agradecérselo y a proclamarlo a todos nuestros hermanos, por eso pretendemos ahora añadir a los miles y miles de cantos guadalupanos que ya han plasmado nuestros padres, este modesto intento de aprovechar, cual nuestros hermanos rusos, el modelo de nuestros hermanos griegos, repasando esa historia nuestra, uniéndonos y convocando a la humanidad toda a cantar eternamente las misericordias del Señor  (Sal. 8, 22), a través de este Akáthistos Guadalupano.

Que estas alabanzas hechas a la Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, quien desde hace 475 años nos ha acompañado, nos alcancen de su maternal intercesión, profundizar en nuestra fe y alcanzar caminos de progreso, justicia y reconciliación.

Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de Guadalupe
Rector del Santuario.
 
 
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