Autor
y Género literario del Nican Mopohua
Coincidimos,
con diversos investigadores (la mayoría de los modernos y la totalidad
de los antiguos), en considerar como posibilidad más segura que
el Nican mopohua fue compuesto, al igual que el Códice
1548, y también a mediados del siglo XVI, por Don Antonio Valeriano.
En todo caso, y aunque no fuera exclusiva su autoría del relato
que hemos hecho Novena, prácticamente no existen dudas de que
este indígena de raza tecpaneca, muy culto, nacido en Atzcapotzalco
entre los años 1516 y 1526, fue al menos uno de sus coautores
y su redactor.
Si
bien no era de una familia de la nobleza americana,
al casarse con doña Isabel Huanitzin pasó a ser sobrino del emperador Moctezuma
y posiblemente también sobrino político de Juan Diego
Cuauhtlatoazin. Reconocido por su elevada capacidad intelectual,
fue un excelente alumno, investigador y maestro del Colegio
de la Santa Cruz de Tlatelolco.
Dicha
institución educativa, funcionó en las mismas instalaciones en las que antes lo
había hecho el templo-escuela Calmécac de ese lugar.
Con fines análogos, en cuanto buscaba formar también futuros
líderes, fue una iniciativa brillante para esa época. En sus
claustros, a los que debemos mucha información sobre el México
precolombino, se dio un diálogo y mutua asimilación entre culturas
diversas. Eso sí, esto ocurrió como resbalón no controlado,
es decir, de forma fortuita y como consecuencia no deseada,
y no porque se buscara intencionadamente un intercambio o hibridismo
entre lo traído por los españoles con lo de los naturales de
América.
Comprometido
con los intereses de su pueblo y con la defensa de los mismos,
Valeriano también incursionó en el campo político y ocupó un
lugar destacado y distinguido en esa sociedad que empezaba a
surgir. Se desempeñó como gobernador de indios en México, desde
el año 1573 hasta el momento de su muerte (ocurrida en el año
1605), siendo muy querido tanto por los de su raza, como por
los representantes de la corona e hispanos en general.
El
relato lo muestra como un perfecto conocedor de la teología
católica y de la sabiduría y psicología de su cultura de origen;
como un cristiano sincero, y a la vez, muy consustanciado con
diversos aspectos del pensamiento indígena. En consonancia con todo lo expresado,
su obra lo revela entonces como un hombre de dos mundos diversos,
que logra describir cómo los une, haciendo que se encuentren
y mezclen etnias, tradiciones e ideas provenientes de cada uno
de los mismos, y en su caso sí con toda intención y no como
dinámica no deseada, la intervención de Nuestra Señora de Guadalupe.
Intervención que de esta forma entonces, mejoraba y trascendía
incluso a la pedagogía del Colegio de la Santa Cruz, una de
las mejores (sino la mejor) de su tiempo.
La
narrativa de la obra, en la que aparecen coordenadas de referencia
y localización, que indican que se estaría escribiendo precisamente
desde Tlatelolco, lo revela entonces, contemplada desde
su horizonte cultural originario, como un escritor mentalmente
mestizo. Como un autor partícipe de la circunstancia que se
da luego del contacto entre los españoles y americanos; pero
que se manifiesta, al mismo tiempo y con rigor, como un pensador
nahuat. Es que Valeriano, para concretar su descripción o transmisión,
elabora un tlahtolli o narración con abundantes características
temáticas, estilísticas y estructurales propias de los diversos
subgéneros narrativos prehispánicos.
Y
si bien lo anterior, no es obstáculo para que se manifiesten
en el Nican mopohua algunas particularidades propias
de los cuícatl o cantos indígenas, es propiamente y sin
duda una narración. Hemos visto, al meditar su contenido, cómo
presenta una serie de hechos sucesivos, que ocurren en distintos
lugares y tiempos que se enuncian con precisión, hasta alcanzar
una plenitud de sentido. Y todo para relatar un acontecimiento
originario, y acciones protagonizadas por personajes nobles
o vinculados de modo diverso con Dios y la cultura. Así, cuenta
y dice sobre ellos, lo que hicieron y el fruto de su acción,
manifestando a la vez una profunda conciencia histórica, ocupación
por conocer el destino y por el culto religioso.
Aflora
en su textualidad, como en toda la narrativa india, la utilización
de elementos concretos o metafóricos, para expresar y alcanzar
a través de ellos sutiles abstracciones. Lo que se transmite
se organiza acumulando predicados, atribuciones o explicitación
de circunstancias o rasgos, para decir mucho, pero en forma
gradual y paso a paso. Además, se realizan múltiples descripciones
para expresar un hecho o idea desde muy variados puntos de vista.
Incluye
muchas veces difrasismos y paralelismos, lo cual es muy relevante
si consideramos que la estructura de su cultura exigía, que
la comunicación más importante o el pensamiento que se deseaba
destacar, se concretara en base a estos recursos o procedimientos.
El primero, consiste en expresar una misma idea por medio de
dos palabras o símbolos yuxtapuestos (flechas y escudos -ver
Esta obra, subtítulo
“Segundo día”-, flor y canto -ver Esta
obra,
subtítulo “Séptimo día”-, rostro y corazón -ver Esta obra,
subtítulo “Noveno día”-), que se completan o complementan
en el sentido, ya por ser equivalentes, ya por ser adyacentes,
y de los que brota una particular significación. El paralelismo,
que es un desarrollo de lo anterior, consiste en el uso de dos
expresiones paralelas, que reiteran una idea; es decir, en aparear
dos frases complementarias, generalmente sinónimas, que iluminan
desde doble perspectiva lo que se quiere decir.