
La
iglesia y el convento de las madres capuchinas, rama femenina de
los frailes franciscanos, fueron construidos en 1787 por el arquitecto
Ignacio Castera.
El templo, como todas las construcciones de su tipo, tiene la puerta
de acceso paralela a la calle, es decir, no frente al altar mayor, pues
así se facilitaba que las monjas asistieran a misa sin romper
con su voto de clausura, aquél en que juraban no salir a la calle
una vez que habían consagrado su vida a Cristo.
La decoración de la fachada o portada es bastante
sencilla, sobresaliendo el juego de colores entre el tezontle rojo y
el gris de la cantera.
El convento, que se extiende hacia el lado norte, ha sufrido muchos
daños a lo largo del tiempo por las características propias
del terreno, tal como se puede apreciar en los arcos de uno de lo patios
interiores visible desde el costado oriente de la Basílica Antigua.
El edificio de las madres capuchinas fue ocupado
como cuartel y hospital después de que las leyes de Reforma,
establecidas a mediados del siglo XIX, les prohibieran permanecer en
este sitio.
Algunos años más tarde, la iglesia
volvió a culto, pero como se había inclinado peligrosamente,
fue cerrada en los años 70 para su renivelación (primer
caso mundial), reabriéndose en 1996.