Nuestra Señora de Guadalupe
sana el dolor del pueblo
Al iniciarse el cuarto encuentro, se percibe también cómo Nuestra
Señora de Guadalupe, al mismo tiempo que conoce y respeta
conductas sociales de las indios, no las sigue y las transgrede
con el fin de favorecer su respuesta y diálogo con el indio
y los otros protagonistas. Por lo primero, cuando Juan Diego
pretende esquivarla para satisfacer más rápido el pedido
de su tío, «...entiende y agradece la treta [...] ni remotamente
aludiéndola, ni insinuando el más leve disgusto o desaprobación,
(que además no podía tener tratándose de una obra de caridad)...»; por lo segundo, obra
de un modo inadmisible para una persona educada en ese contexto
cultural, y sale al cruce «...de alguien que le rehuía precisamente para no apenarla,
puesto que no podía concederle lo que pedía...». Pero esto último, para provocar el encuentro
y sanar el dolor de su pueblo.
Destacamos que cuando Juan
Diego intenta esquivar a Nuestra Señora de Guadalupe es
muy amable, y procede de acuerdo a la más fina etiqueta
india: no quiere contestarle que no, quiere evitar tener
que expresarle una ruda y directa negativa al compromiso
de llevar la señal al obispo, algo que en ese momento no
puede satisfacer, por atender algo muy importante como lo
es el pedido de su tío moribundo. También cuan desinteresado es el indito,
a quien no se lo ocurre de ningún modo “cobrarle” a María
por su servicio, y no le pide por la salud de su tío cuando
Ella se le presenta y sale al cruce de su camino. Y por último cómo, confiando muchísimo
en la Amada Niña Celestial, cree y sigue el pie de la letra
su palabra, que le expresa que ya curó a su tío y lo manda
a buscar flores en un lugar y en un tiempo en los cuales
era imposible su crecimiento.
Comunión con Dios
Era real y objetivamente verdad que los indios podían hallar
en el contenido de la fe católica, en forma igual o mejor,
lo mismo que habían venerado con anterioridad, pero a la mayoría de ellos les era imposible
percibirlo oscurecido «...como estaba por las humanas
limitaciones de los misioneros, y deturpada por el contratestimonio
de los crímenes de los conquistadores...». Sin embargo, en el relato, vemos como Nuestra Señora de Guadalupe logró presentarlo
en «...una síntesis magistral con el entonces a todas luces
incompatible ‘paganismo’ mexicano...», saciando las máximas aspiraciones
de los indios. Entre ellas se encontraba el «...anhelo de que Dios
llenara su vida entera, de vivir en comunión con El...», pues eran muy sensibles respecto
de lograr esta unión permanente y ser siempre colaboradores
y familiares de la divinidad. Es este contexto y teniendo en cuenta
el sentido religioso de las flores, que manifestaban la
presencia y cercanía divina, se comprende por qué éstas
les resultaban tan apreciadas y amables; y eran para ellos
objeto de gratitud y estima.
Por eso, a los antiguos mexicanos «...se
les pasaba la vida en flores...», porque eran, con respecto
a ellas, «...en general estos naturales sensualísimos y aficionados,
poniendo su felicidad y contento en estarse oliendo todo
el día una rosita, o un
xuchitl, compuesto de diversas rosas, los cuales
todos sus regocijos y fiestas celebran con flores...».
Ante la mirada española, esta actitud aparecía como idolátrica;
pues según ellos, los indios vivían esta experiencia
«...con tanta ceguedad y tiniebla, que,
engañados y persuadidos del demonio, viéndolos tan aficionados
a las flores y rosas, celebraban una fiesta solemnísima
a las rosas, y era cuando ya se iban acabando, que entonces,
como venían ya los hielos, y habían de faltar por algunos
días[...]
Demás de ser día de rosas, era día
de una diosa [...] la cual diosa era abogada de los pintores
[...] y de todos aquellos que tenían oficio [...] tocante
a cosa de labor o dibujo...»
Debido a este sentido religioso profundo, los indios eran muy
aficionados al arte de las flores; así «...componían
de las nuevas rosas que empezaban a nacer, componían (sic)
rosas para recrearse [...] de lo cual había y hay grandes
maestros». Pero no sólo las arreglaban para contemplarlas,
sino para llevarlas e intercambiarlas; y más aún para acompañar
los regalos que ofrecían y daban, los
cuales era gestos muy deseados y valorados.
Incluso para ellos, y a través de la mediación humana, Dios
creaba las cosas pintándolas con flores
«Dentro de ti vive
dentro de ti escribe,
crea el autor de la vida [...]
¡Oh, tú con flores
pintas las cosas
dador de la vida [...]
a todo lo que ha de vivir en la tierra!»
Y también Nuestra Señora de Guadalupe, tomando esa estima y
modos de proceder humano y divino, acomoda y obsequia flores
y además regala su pintura, acompañada por ellas e incluyéndolas
en su vestido.