La Madre de Dios y de los hombres manifiesta con su ser y proceder
mucho amor y cercanía; por lo tanto, gran autoridad y gobierno.
Ello concreta o plasma un camino de diálogo, que manifiesta
esas dos dimensiones indisociables de su persona: lo primero,
en cuanto es capaz de escuchar y responder desde el lugar
del interlocutor; lo segundo, en cuanto esa respuesta origina
acciones obedientes, que suscitan progresivamente el protagonismo
generalizado de todos los actores del acontecimiento, para
de este modo comunicar y conducir a concretar todo su mensaje
de vida.
Es por su maternidad así entendida,
que se dejó afectar por las experiencias vitales de sus interlocutores colectivos e
individuales, y se hizo presente para conducirlos efectivamente
a su superación.
Toda su generosidad y firmeza, que
media la salvación y aleja la perturbación, es para todos
los que la busquen y continúa operando hoy. Es por esto que, tal como lo dijo, su visita sigue hasta nuestros
días. Ella permanece amando y, de este modo, mostrando a
su Hijo, al asumir y remediar las penas, miserias y dolores
de todos aquellos hombres que confíen y se dejen guiar por
su maternidad.
De este modo, su mirada de sumo respeto, delicadeza y autoridad,
continúa ofreciendo en su preciosa imagen, lo que ella quiere
dar y hacer alcanzar a los hombres.
«...‘Mirada compasiva’, ‘mirar con compasión’, son expresiones contínuamente referidas
al gobernante. En náhuatl ‘te-ixtlapal-itta’ sería,
literamente, ‘Ver’= Itta,
‘de soslayo’, ‘de lado’= ‘ixtlapal’,
‘a las personas’= ‘te’, exactamente como aparece
en su imagen», como se suponía también que miraba
el mismísimo Dios: «...el Señor del cielo, el amado, el digno de ser rogado, que
de través, de lado nos ha mirado a nosotros...» y cómo enseñaba a mirar la madre a su hija: «...no irás siguiendo con la
mirada a la gente, no mirarás de frente a las personas...».
De este modo entonces, su compasiva mirada misericordiosa,
ligada a la buena educación y al gobierno, sigue comunicando
a su Hijo y todo lo que Ella, al mostrarlo a Él, quiere
ayudar a lograr.
Escucha y responde
La base fundamental y centro de su proceder es ese diálogo,
global y permanente, mucho más amplio que el intercambio
de meras palabras en el que Ella, para emitir su anuncio
como respuesta, se adapta con total eficacia a los modos
específicos de percibir, pensar, comunicarse y expresarse
de los demás, teniendo en cuenta las capacidades y límites
de indios y españoles.
Consecuentemente, el relato la presenta escuchando o conociendo
las coyunturas históricas y características personales de
sus interlocutores, y utilizando con soltura, para presentar
su palabra y mensaje, pautas culturales de todos ellos.
Y es de este modo, en diálogo auténtico, como «...arma una obra maestra de comunicación, admirable hasta
en sus más finas minucias...», «...clara, elocuente, precisa... perfecta, para sus destinatarios, hasta en sus
menores detalles...», que
combina con belleza un gran despliegue de distintos símbolos
teofánicos de ambos pueblos. Ellos
hicieron sentir y entender a todos lo que Ella quería transmitir,
empleando mayormente el náhuatl noble, pero utilizando palabras
latinas o españolas, cuando tiene que realizar identificaciones
sin dar lugar a equívocos.
En consecuencia, el anuncio de Nuestra Señora de Guadalupe
es manifestado entonces por la globalidad de su proceder;
y así está compuesto no sólo por lo que Juan Diego y su
tío han oído, sino también por lo que ellos han visto y
admirado; es decir, por todo el acontecimiento inicial del
fenómeno guadalupano, que es palabra
integral a sus pueblos destinatarios; palabra presentada
en respuesta a lo que estaban viviendo.
De este modo, su accionar y palabra siempre asumen y responden
globalmente a sus interlocutores. Concreta así su intervención
y origina un diálogo vencedor de incomprensiones, que pide
a su mensajero participe a los demás. Las pláticas entre
Ella y Juan Diego son el punto de partida que origina nuevas
conversaciones entre dicho indio y el obispo, sus cercanos
y el tío, entre este último y el obispo, entre los pueblos.
Más aún, Juan Diego dialoga con los otros como Ella dialoga
con él; es decir, desde la situación de su interlocutor,
poniéndose al servicio de sus demandas y respondiendo a
las mismas con su acción y palabra. Y para que realmente las conversaciones
sean verdaderos y recíprocos diálogos, en los casos en que
sea necesario hacerlo en alguno de los protagonistas, la
intervención de Nuestra Señora de Guadalupe corregirá actitudes
personales y modificará la temática y tono de lo hablado.
Ella, además, sigue escuchando y respondiendo a
aquéllos que van a verla en su imagen y a presentarle sus
plegarias. Hay que destacar entonces, que este final abierto
en el que todos van a dialogar con Ella no es sólo la meta,
sino también el camino y mediación para que la acción de
Nuestra Señora plasme su propósito materno y salvador.
Suscita acciones obedientes
A partir de todo lo que venimos desarrollando, se puede observar
que Nuestra Señora de Guadalupe entabla relaciones significativas
que originan acciones obedientes, por convicción y aceptación,
de todos sus interlocutores. Lo anterior ocurre cuando éstos
descubren que Ella los entiende, sabe tratarlos
y da importancia a lo que ellos consideraban relevante.
Así como el diálogo materno entre la Señora y Juan Diego suscitó
la obediencia y acción del indio, los encuentros que irá
entablando Ella en persona y a través de su mensajero con
los otros interlocutores, van generando y animando gradualmente
acciones obedientes, y un protagonismo generalizado de todos
los que intervienen en el acontecimiento.
El diálogo se constituye así en un camino de realización, que
se participa o ensancha, haciendo crecer el círculo de los
convencidos e implicados en la concreción del suceso o mensaje
guadalupano en el que, sin agotarlo,
tiene Ella la iniciativa. Lo que ocurre es que, como la
finalidad de su acción y palabra es al mismo tiempo colectiva
e individual, habla a todos y busca el protagonismo responsable
de cada uno en el despliegue de ese hecho y verdad, que
hace nacer un pueblo y madura a las personas.
Y si bien queda muy claro que tanto su presencia como su mensaje
primero se manifiestan a Juan Diego y a Juan Bernardino,
luego a fray Juan de Zumárraga y sus cercanos
y por último a todos; y que, en el caso de los dos primeros,
la perciben a Ella y reciben su palabra de un modo más extraordinario
que los demás, su cercanía en la imagen o anuncio testimonial
llega a la totalidad de los personajes y los transforma
en actores.
Por eso, en la difusión de su mensaje, Nuestra Señora de Guadalupe
«... exige la intervención de Zumárraga, pero no
es menos explícita en cuanto a exigir la de Juan Diego...», cuando éste tiene otra pretensión.
Con respecto a las flores, «...no fue Ella tampoco quien
las cortó, sino pidió e insistió en que las cortara y trajera
un mexicano, aunque de él las recibió y en su
tilma las reacomodó, para que las llevara, en su
nombre, al...» señor
obispo, que las vio asociadas a su aparición o estampación
de su preciosa imagen.
Si consideramos la totalidad de los hechos, no sólo vemos entonces
que Juan Diego es el mensajero y el obispo el que discierne,
sino también que el tío da el nombre; algunos van a ver
el lugar elegido por la Señora y acompañan a su sobrino;
muchos construyen el templo y todos, sin que falte ninguno,
van a admirarla y a rezarle.
Este criterio de protagonismo progresivo y cada vez más generalizado,
también se percibe en el crecimiento cuantitativo y cualitativo
de espacios y tiempos compartidos por los actores del relato.
Juan Diego es enviado a “lugares a donde no anda y no para”,
y en los cuales desplegará su actividad con dificultades
en primer lugar y, por último, terminará siendo recibido
y alojado. Pero a su vez, también los españoles terminarán
yendo a lugares que antes no frecuentaban, o sólo se aproximaban
persiguiendo y enojándose; pero al que finalmente concurrirán
junto con los indios, para encontrarse con la Señora y
su Hijo.
En redundancia y corroborando todo lo anterior, las
cinco referencias al canto en el cerro de las apariciones,
simbolizan para los indios el quinto rumbo o dirección;
y lo muestran como el lugar donde se cruzan los caminos
del hombre y de Dios; el espacio en el cual uniendo sus
esfuerzos y trabajos, pueden superar cualquier situación
por más contradictoria que sea. Es, por lo tanto, sede de
un acontecimiento o verdad superadora, que sólo se realiza
totalmente en la unión y colaboración de los esfuerzos humanos
con los divinos.
Breves ideas para ayudar a
la apropiación