En referencia a su extracción social de origen, cuestión sobre
la que hay distintas posturas, a la luz de su condición
de heredero y dueño de inmuebles y dado que esto era un
privilegio de los nobles, no nos quedan dudas al respecto. Posiblemente, además de noble, haya sido un príncipe;
de todos modos, nuestro texto lo denomina
y presenta pobre. Lo cual, por otro lado, coincide con la
situación en que quedó también la aristocracia india que
había ayudado al triunfo español. De haber sido de este modo, sin duda, su circunstancia
a los 57 años de edad, era mucho más dolorosa y vergonzosa,
fruto del impacto de la conquista que había cooperado a
consumar.
De este modo, Juan Diego era ya sea «...por nacimiento o por empobrecimiento,
un macehual, un hombre del pueblo...». Es por todo esto que, por más austeramente
que viviera Zumárraga, su situación la percibiría como opulenta
este indio pobre y tan distanciado, socialmente hablando. Al concurrir a ver al obispo
y por más que anteriormente hubiera sido un príncipe, su
actual condición, la certeza de que el obispo era un sacerdote
Tlatoani o de la máxima jerarquía, la memoria del
despotismo y el terror que en ocasiones se había vinculado
a ese título en tiempos prehispánicos y, posiblemente, su conocimiento
del proceder de Zumárraga en relación con las imágenes y
templos indios (ver meditación sobre Zumárraga), aumentarían
el temor e inseguridad de Juan Diego.
Por otro lado, no le fue bien en la primera entrevista con
el prelado, y esto reforzó su estado anímico negativo. Herido
en su fina sensibilidad india porque no se había creído
en él, y por haber en consecuencia fracasado inicialmente
en su misión, se comprende pues el abatimiento de Juan Diego.
También, y ante el temor de que nuevamente fuera rechazado
el pedido que era enviado a hacer, su tristeza, llanto y
ponerse de rodillas durante la segunda entrevista.
Viviendo dichas situaciones, se lo describe como un hombre
de admirable personalidad, llena de cualidades y de un comportamiento
hondamente enraizado en virtudes muy queridas y cultivadas
en el México prehispánico.
Así, en sus saludos, palabras y actitudes, se encuentran muchos
ejemplos de la sutil delicadeza y cortesía india que se
les inculcaba desde la niñez. Delicadeza que combinaba ternura
y formalidad, familiaridad y solemnidad, y por la cual también
se reconoce inepto e indigno para el cargo que se le encomienda
cumplir. Grosería y petulancia hubiera sido para
con quien lo enviaba no utilizar frases autodenigratorias;
frases que eran de rigor y expresaban honestidad, buena
educación e idoneidad y que no manifestaban entonces una
baja autoestima o una minusvaloración de las propias capacidades
y posibilidades; aunque él aquí también las emplea para
sugerirle, pensando más en los intereses de Nuestra Señora
que en él mismo, que envíe un mensajero más creíble para
el español.
Por dicha fineza y exquisitez tampoco en ningún momento cuenta,
ni se queja ante Nuestra Señora, de lo malos tratos que
recibe de los españoles.
«Si alguien a algún lugar te
envía, si allá sólo eres reprendido [...] no por eso vendrás
enojado. No en tus labios, no en tu boca vendrá prendido
lo que así te ocurrió, lo que te hizo sufrir el haber ido.
Y cuando hayas regresado, si luego te pregunta el que te
envió, si te dice: ¿Cómo te fue allá a donde fuiste?, luego,
con buenas palabras, le contestarás; sólo con suavidad,
no jadearás, no luego así le dirás lo que así te afligió...»
Cualquier queja hubiera sido un reproche y una ofensa a Ella
que lo enviaba. Su gentileza hace incluso que sea muy suave
al describir el comportamiento de Zumárraga y sus colaboradores,
y que se atribuya a sí mismo el fracaso de su gestión.
También en la ocasión en la que Juan Diego intenta esquivar
a Nuestra Señora de Guadalupe es muy amable, y procede de
acuerdo a la más fina etiqueta india: no quiere contestarle
que no, quiere evitar tener que expresarle una ruda y directa
negativa al compromiso de llevar la señal al obispo, algo
que en ese momento no puede satisfacer, por atender algo
muy importante como lo es el pedido de su tío moribundo.
Nótese incluso lo desinteresado de Juan Diego, a quien no se
lo ocurre de ningún modo “cobrarle” a María por su servicio,
y no le pide por la salud de su tío cuando Ella se le presenta
y sale al cruce de su camino.
Sin tener nunca una actitud desafiante o de reproche, a pesar
de que lo enviaba la Reina del Cielo, siempre se presenta
ante Zumárraga con muchísima humildad. En su tercera entrevista
con él, y al resumir todo lo que ha vivido hasta la misma,
también evita hacer referencia a las humillaciones y las
angustias que le ha tocado padecer. Detalla sólo los intereses
de Nuestra Señora y de este manera suma, a la cortesía y
delicadeza, la discreción. Discreción de palabra muy asociada a dicha
gentileza y que aconsejaban los mexicanos: «...ni
hables demasiado, ni cortes á otros la plática [...] Si
no fuere de tu oficio, ó no tuvieres cargo de hablar, calla,
y si lo tuvieres, habla, pero cuerdamente, y no como bobo
que presume, y será estimado lo que dijeres...».
Además,
Juan Diego es presentado muy diligente
y bien dispuesto a renunciar a sí mismo y a obedecer a todos:
a Nuestra Señora y a riesgo de su propia vida, cuando lo
envía en forma reiterada a pedir al obispo un templo en
un lugar sospechado de idolatría. Y cuando, confiando muchísimo
en Ella, cree y sigue el pie de la letra su palabra, que
le expresa que ya curó a su tío y lo manda a buscar flores
en un lugar y en un tiempo en los cuales era imposible su
crecimiento.
También obedece a su tío, en
los momentos en que se queda a cuidarlo y va a buscarle
un confesor, aún cuando para realizar estos servicios deba
postergar sus compromisos con la Madre de Dios y con el
señor obispo. Y a este último, al mostrarse disponible
a sus exigencias de ir a pedir una señal y de que se quedara
en el palacio episcopal, cuando ya había entregado la prueba
y desearía ir a reencontrarse con su tío al que había dejado
moribundo.
Breves ideas para ayudar a
la apropiación